BIJOU o «La belleza que conmueve»

O «La belleza que conmueve».

 

            Lo primero que me ha venido a la mente al invocar la canción que habría de servirme como excusa para escribir sobre la belleza, es el corte número once del disco Innuendo de Queen. Bijou me trastornó desde la primera vez que la escuché. Aunque es ya de por sí un disco inconmensurable, el hecho de que fuera el último que grabó Freddie antes de morir lo convierte en transcendental. Contiene canciones cuya sensibilidad cambia la historia de la música. Imagino el ambiente que se debía respirar durante la grabación y se me empañan los ojos. El aire era litúrgico pero, gracias a Freddie, también alegre. Brian May dijo: «Temas como The Show Must Go On, en mi caso, o en These Are Days of Our Lives en el caso de Roger, era material que le ofrecíamos a Freddie para que pudiera trabajar junto a nosotros. Estábamos intentando anticipar el final antes de llegar a él». A la hora de grabar The Show Must Go On, los chicos se ofrecieron a hacer las partes agudas. Freddie apuró un chupito de vodka, dijo aquello de: «I’ll fucking do it, darling» y grabó la puta canción en una sola toma. La vida se le escapaba y, quizás por eso mismo, cantó como nunca. Era uno de los mejores vocalistas de la historia pero apenas podía hablar o caminar solo. Y lo que hizo fue dejar cuatro minutos y medio de pura y perfecta agonía para la historia. Pero la realidad es que, independientemente de las circunstancias, este disco es de una grandeza apabullante por sí mismo porque, aparte de los éxitos que contiene, se aprecia el gusto estético, y por tanto, de la belleza, que siempre fue la característica principal del grupo y que alcanza su madurez justo en este momento.

             Cuando escuché Bijou por primera vez, tenía nueve años y apenas conciencia de quién era el grupo ni de su repercusión. Me gusta categorizar a los fans de Queen en tres generaciones: los que vivieron la época (los setenta y ochenta), los que se enteraron de su existencia en el noventa y uno a la muerte de Freddie y los que han descubierto su música ahora, con la película Bohemian Rhapsody. Yo me encuentro entre los segundos. En el noventa y uno, mi hermano mayor, que contaba doce años, oyó I want it all en el anuncio del Seat Toledo y se volvió loco. Desde ese momento, en casa se empezó a escuchar Queen en todas partes: en la minicadena de la cocina, en el radiocasete del coche, a través de la pared que mi hermano y yo compartíamos. Se me metió en las venas, como no podía ser de otra forma. No nos sobraba el dinero, así que yo me grababa cintas de Varios con sus canciones pero no llegué a tener nunca un disco entero. Así los he escuchado siempre. Por eso me cuesta mucho entrar en detalles de qué canción está en qué disco, ni les puedo poner apenas portada en mi cabeza. El concierto en el Wembley era mi biblia. Pero sí tuve una cinta grabada de un disco entero: el Innuendo (mientras escribo, está sonando esa misma cinta). En algún momento, llegué a Bijou. Me quedé ahí, pillada. Sólo recuerdo hacerla sonar una y otra vez dándole al REW. La estructura de la canción se compone de solos de guitarra como estrofas y una solitaria estrofa cantada en mitad del tema como estribillo, que es parte de otra canción nunca se editó de Freddie llamada You and me. Toda la canción es un despliegue de la guitarra Red Special de Brian May. De cómo se construyó su propia guitarra hablaremos otro día. Una base de teclados es la encargada de crear atmósfera. Sólo en el estribillo podemos oír algunos arreglos puntuales. Es una estructura contraria a lo habitual y sin embargo, resulta de una belleza abrumadora por la pureza de las notas que May saca de la Special. ¿Cómo sería de haberse compuesto de forma canónica? Seguramente, preciosa también. Pero, quizás, esa particularidad es lo que le da la textura de belleza. Y de ahí me surge el punto de partida: ¿Qué define la belleza? ¿Es la simetría o la singularidad? ¿Cómo nos hace sentir la belleza pura frente a la impura?

             El artista Toulouse-Lautrec fue un ser torturado por la belleza. Por la ausencia de ella en su persona y por el anhelo que tenía de la misma. Trabajó incansable a pesar de las reticencias de su familia (pues un hijo de la nobleza no debía dedicarse al infame oficio de artista) y de los impedimentos físicos, hasta convertirse en uno de los mayores representantes del postimpresionismo (a pesar de que jamás pudo categorizarse su arte), no sólo por sus carteles y litografías, sino por su obra pictórica, injustamente menospreciada por un tiempo. En el musical Moulin Rouge, aparece un trasunto del artista hablando del ideario bohemio que, según él, está basado en los principios de verdad, libertad, amor y belleza. “¿Crees en la belleza?”, pregunta con brillo en los ojos. Él sí creía. Henri, un ser deforme, buscó infatigable todo rastro de belleza en las calles mugrientas del Montmartre del cambio de siglo y lo pintó una y otra vez. Hilanderas, prostitutas, bailarines decadentes. Toda la gentuza de la noche parisina pasó por su filtro de pasiones para quedar inmortalizada. Pero la belleza que él buscaba era, en realidad, la esencia del ser y eso pasaba por reflejar la fealdad. «¿Por qué me haces tan espantosamente fea? Mil gracias», escribió en una de sus cartas la bailarina Yvette Guilbert. La misma búsqueda de esa belleza lo destruyó, pues no era capaz de asimilar que nunca sería amado por aquellas mujeres que idealizaba y que nunca alcanzaría. Sumergió su atrofiado cuerpo en todo el alcohol que pudo hasta morir a la edad de treinta y seis años. Toulouse encontró consuelo en la decadencia y consiguió trasmitirla con todo su dolor. Viendo sus obras, no podemos dejar de pensar que la estética que Platón definió como la búsqueda de la perfección y Aristóteles como la armonía entre la simetría y el orden, salta por los aires cuando las pasiones entran en juego. Kant, sin embargo, adujo que la belleza era la representación que produce un placer inmediato. Pienso que lo que nos produce placer es subjetivo e inabarcable, por tanto, difícil de definir. Me detengo, pues, ya que dejamos atrás la objetividad de la antigüedad y entramos en el siglo de las luces.

             La filosofía ha distinguido entre la belleza y la percepción de la misma. Tenemos lo que se definió como belleza clásica (término que seguimos utilizando) y la belleza romántica, es decir, la subjetiva. El creador del liberalismo, Edmund Burke, planteaba que la primera se asociaba al balance (el concepto platónico de la bondad) y la segunda a la verdad. Podemos, pues, admirar algo objetivamente bello, pero jamás podremos juzgar esa verdad que cada uno encuentre, en tanto en cuanto estará supeditada a su propia sensibilidad. Es por ello que algunos encuentran belleza donde, aparentemente, no debería haberla. Las obras perturbadoras pueden parecer bellas porque encierran una verdad única para cada uno. Y lo cierto es que llegar a ella provoca placer. Así llegamos al hedonismo que nos dice que para que algo resulte bello, debe provocar placer. Entonces, ¿puede lo repulsivo resultar bello? El empirismo defiende la subjetividad del gusto, así pues, ¿por qué no? Los románticos empezaron a encontrar belleza en lo oscuro y tenebroso, en lo irracional. La melancolía pasó a ser tema para el arte. Goya hizo belleza de la locura. Fotógrafos como Joel Peter Witkin han dado un paso más allá llevando la muerte y la putrefacción a la luz, sublimándolas. Witkin comenzó su carrera como fotógrafo en el ejército y se dedicó a retratar los cuerpos de los soldados fallecidos en combate o por suicidio, pero el detonante de su inspiración viene de un trauma infantil. Presenció la decapitación de una niña en un accidente de coche. La cabeza rodó hacia él y quiso tocarla. Esa pulsión ha continuado en su forma descarnada de mostrar las cosas más perturbadoras. La alegoría de sus fotografías aniquila el concepto de belleza clásico, retuerce la violencia hasta hacerla atrayente dejando esos cuerpos insepultos al servicio de la teatralidad. Si la belleza radica en el observador y no en el objeto, la fascinación puede considerarse instrumento de belleza y él lo demuestra.

Joel-Peter Witkin, Ars moriendi. Cortesía: Galería Baudoin Lebon
Joel-Peter Witkin, Ars moriendi. Cortesía: Galería Baudoin Lebon

             El filósofo Theodor Adorno reivindicaba el arte en su relación con la libertad. Dostoyevski escribió en El idiota: «La belleza salvará el mundo». Juntando estos dos conceptos, libertad y salvación, pienso que la belleza no es sino un instrumento de consuelo. Y ¿quién nos puede decir qué nos consuela? Un sonido distorsionado, la piel rugosa de una quemadura, el tacto del pétalo de una flor, el olor del azufre de una cerilla al apagarse. La belleza clásica existe y es apreciable por todos, pero la belleza que encierra la verdad nos destroza de manera diferente a cada uno de nosotros. Si nos conmueve, entonces estamos ante la belleza. Brian May utilizaba una moneda de seis peniques para tocar su Special porque decía que conseguía un sonido limpio y puro. Toulouse reflejó un momento de profunda ternura y sentido de protección entre dos prostitutas en su obra La cama. Ambos son ejemplos de belleza en espectros opuestos. Uno por su pureza y otro en su descarnada imperfección.

             Ambos son verdad. Ambos conmueven. Ambos consuelan. Y eso, más o menos, es la belleza.

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