Capítulo 10. El poder de la palabra. Parte I

(Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de nada)            

 

 

          Hoy ha sido un mal día. Hay que reconocerlo. Cuando las cosas salen mal, salen mal. Bueno, tampoco es que todo haya salido mal; de hecho, casi todos los que han venido esta noche se irá de aquí sin siquiera ser consciente de que algo ha fallado. Pero ellos sí lo saben y los putea. Y os podéis imaginar a quién putea más que a los demás. Exacto, a nuestro pequeño dictador. Los problemas han empezado por la venta de entradas. Barcelona es un lugar que siempre ha acogido a la tropa de forma excepcional. El ambiente musical de la ciudad es abierto y recibe muy bien al mundo indie y roquero. Han llenado muchas veces la sala Apolo y esta vez no sólo daban un concierto, sino dos. Esta noche era el primero. El problema es que cierta empresa de reventa de entradas que rima con pedagogo y que se encarga de facilitar la estafa a los pobres seguidores que tienen la mala suerte de caer en su página web, ha desatado el caos al revender más entradas de las disponibles. Justo antes de abrir se ha formado un follón entre la cola de acceso y la taquilla que por poco termina en batalla campal. Mucha gente se ha quedado sin poder entrar y eso nada más ya los ha descentrado. No soportan que jueguen así con las ilusiones del público que viene a verlos. Después, han venido los problemas con el sonido. La sala Apolo cuenta con sus propios técnicos de sonido, muy profesionales siempre, pero poco antes de empezar ha habido una caída de tensión que ha provocado una serie de retrasos. Esos retrasos han provocado prisas que después han tenido repercusiones: algún acople, amplificadores desajustados… Lo justo para tener a la tropa en tensión y que a nuestro amado líder… se le escapara una letra. eso es algo que prácticamente no le ha pasado nunca. Ha sido un momento en blanco en una de las partes más complicadas del fraseo y lo ha solventado en cuestión de segundos, pero ha sido suficiente para poner en el disparador unos nervios ya tensados.

            Como buena amante del poder de la palabra, uno de los motivos, entre otros muchos, por los que Sonder me llamó la atención fue por sus letras. No dan nada por hecho y te obligan a varias lecturas. Son muy controvertidas, ya sea de forma directa o alegórica, siempre dependiendo del estado emocional de nuestro líder. No deja tema sin reflexionar, injusticia sin reivindicar, ni Cristo vestido. Dani emplea todo su talento metafórico para hablar de lo que le toca el corazón o los cojones, huyendo de insultos, demagogias y oratorias. Cada uno de sus sentimientos recibe una dosis de eternidad en forma de canción. Claro que en sentimientos atávicos como el amor o la amistad no hay nada nuevo bajo el sol, pero él tiene una forma de unir las palabras y hacerlas resonar en nuestro interior diferente. La resonancia en una canción es eterna porque volvemos a caer en ella una y otra vez cada vez que la escuchamos. A veces, esa resonancia nos acompaña de por vida. Pensad en esa canción que sentisteis en su momento que hablaba de vosotros  y que ha permanecido en vuestras vidas para siempre. Francisco Daniel Medina lo expresó muy bien en su novela Cuando las luces de la ciudad se apaguen: «Lo malo de las buenas canciones es que consiguen llevarte demasiado lejos y, cuando acaban, te quedas tirado en cualquier parte y luego no sabes cómo coño volver». Uno de los temas del último disco de Sonder se llama En loor del difunto y habla de las falsas amistades con frases como: «Me arranqué tu piel a tiras tatuándome el recuerdo para no volver a marcarme de nadie». Y una de sus frases más tatuadas entre los fans es: «Será eterno cuando alcances mi fragilidad con los dedos», incluida en la canción Seremos eternos que junto con Seremos inmortales, abren y cierran su último disco, respectivamente.

            Tras el concierto, estamos apostados en la barra de un bar, para no faltar a la costumbre. Hemos ido a la zona de Marina, que aunque ya no es lo que era desde el cierre y nueva apertura de sitios como el Lobo o Dixi 724, sigue luchando por mantener sus lugares míticos como el Airbar, en el que nos encontramos. Está a rebosar de gente y los chicos han tenido que hacerse unas cuantas fotos, pero ahora sólo nos dedicamos a beber una cerveza tras otra mientras comentan con desgana la noche. De fondo, Judas Priest nos describe la depresión en su Beyond the realms of death. No creo que sea la banda sonora adecuada para ese momento.

            —Puta mierda de cable —dice Gael.

            —Bueno, menos mal que tenías otro —digo para animarlo.

            Me mira con el ceño fruncido.

            —Siempre tengo otro. Tengo cientos. No se trata de eso.

            —Ya, ya. —Asiento.

            —Ha sido absolutamente ridículo —añade Dani, refiriéndose, sin duda, a su lapsus.

            —Pero si apenas se ha notado.

            Yo sigo erre que erre como una cheerleader trasnochada, pero, aun así, me gano una nueva mirada de desprecio absoluto.

            —Parecía subnormal ahí boqueando como una puta pescadilla en el mercado.

            —Totalmente —apunta Bobby taciturno, moviendo el pie al ritmo de la balada.

            Con una mirada de reproche, le agradezco al bajista su ayuda.

            —¿Y la que se ha liado en Twitter con lo de las entradas? —dice Manu metiéndose el móvil en el bolsillo.

            —Pero eso no es culpa vuestra.

            —No —dice Dani—, pero como si lo fuera.

            A mí ya se me agotan las ganas y la paciencia. Tampoco es que normalmente tenga la mecha muy larga.

            —Mirad, atajo de niñatos lloricas, me tenéis hasta los huevos. Lleváis una gira increíble, todos los sitios donde vais están hasta arriba y habéis enlazado éxito tras éxito. Ni en vuestros sueños podríais imaginar que fuera a ser así de fantástico. Sabéis que es la gira de vuestras vidas. Hoy patináis, salen mal un par de cosas y parece que la vida se os escapa del pecho. No quiero oír ni un lamento más. Ya está bien, ¿eh? Un poquito de entereza, coño ya.

            Como he ido regando de collejas y topetazos mis palabras, ellos no tienen más remedio que reaccionar, aunque sea con lamentos. Por lo menos, consigo que cambien de tema. Ahora se dedican a sopesar en qué cuneta me podrían dejar sin tener problemas con la Guardia Civil.

            Me voy al baño y al volver veo que cerca de la tropa hay un grupito de cinco tíos que los reconocen. Se acercan. Yo me quedo aparte. Mi radar para gallitos de corral con ganas de fiesta se ha activado. Suelo utilizar ese radar para detectar mi entretenimiento de la noche, así que está afinado para hombres que no presentarías a tu madre. Cabe decir que entre el grupo que se les acerca hay unos cuantos ejemplares de empotradores potenciales. Cuando oigo a alguna chica decir que tiene mala suerte con los hombres yo le digo que no, que es una cuestión de reajustar el radar. Pero bueno, éste no es momento para pensar en el placer. Éstos tíos tienen ganas de jarana, pero no de la que acaba con arañazos en la espalda, sino con ojos morados y alguna nariz rota. El macho alfa, un rubio de ojos azules que podría cambiar una bombilla sin subirse a ninguna parte, se acerca a Dani, que lo ha visto venir de lejos. Entonces, Bobby, que también sabe leer las energías del ambiente, da un par de imperceptibles pasos que generan una oleada de movimientos sutiles pero potentes y, de pronto, todo parece un duelo a mediodía. El aire se ha vuelto denso y no sé por qué, si por la clara invasión del espacio, por las sonrisas despectivas que traen los miembros del grupito o por el humor ya sombrío que imperaba antes en la tropa. El caso es que todavía no se han intercambiado ni una palabra y yo ya sé que se va a liar.

            Continuará…

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