Capítulo 11. El poder de la palabra. Parte II

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de nada)     

  (Capítulo anterior: Capítulo 10. El poder de la palabra. Parte I).

        Continuación…         

   —Vaya, vaya —exclama el rubio.

            A continuación, apoya los codos en la barra junto al pequeño dictador, que alza la vista, tranquilo, y sonríe. Curiosa sonrisa que no le había visto todavía y que habla de tardes de ir a buscar a los otros del barrio para que le devuelvan la bici a un colega. Tardes que quizás acababan con algún tabique roto y algún diente partido.

            —Mira tú quién asoma la gaita por aquí —dice el rubio—. Pablete, ¿no son los pijos esos de Madrid?

            Dani lanza una silenciosa carcajada, mira el suelo y vuelve a levantar la vista. La cabeza que le saca el rubio no parece tener la más mínima importancia comparada con la frialdad de su mirada. Manu da un paso hacia el macho alfa haciendo patente su corpachón. El que había empezado a marcarlo a él acorta el paso. Gael apoya una mano en la barra y yo noto lo cerca que la deja de un botellín.

            El tal Pablete, un poco más bajo que el rubio y con unas hechuras que recuerdan a las de Bobby, asiente.

            —Sí, hombre, son los que mariposean con el Bunbury y que van de metaleros.

            Dani pregunta:

            —¿Queréis que os firmemos un autógrafo?

            Me parece un momento de lo más inoportuno para que el líder se ponga irónico. El rubio y dos más se echan a reír.

            —¿Eh, Pablete, qué dices? ¿Quieres que éstos te firmen algo?

            Pablete se agarra el paquete.

            —Sí, los cojones.

            —Venga, ese boli —dice Dani.

            —Mira qué cachondo es el canijo —dice uno que lleva todo el rato respirando en la nuca de Gael.

            El escocés señala por encima de su hombro y pregunta:

            —¿Queríais algo? Porque el último que se me acercó tanto por detrás tenía titulación médica.

            —Nada, gigantón —contesta el rubio—. Sólo que me jode que aquí ya dejen entrar a cualquiera.

            Nuevas risotadas de sus secuaces.

            —Vamos a tener la fiesta en paz, ¿no? —dice Dani con un tono que presagia todo lo contrario.

            —Claro, hombre, sólo estamos charlando —El rubio se vuelve a dirigir al que parece su segundo al mando—. ¿No, Pablete? ¿Son éstos los mismos que El choli decía que antes molaban?

            —Sí —dice el interpelado—, eso decía. Que molaban pero que se vendieron.

            —¿Cómo tu madre, dices? —apostilla Bobby con parsimonia.

            Cruza los brazos y este gesto hace coincidir, no por casualidad, sus tatuajes de la guadaña con la un arcano del ahorcado. Manu baja la cabeza y niega un par de veces sin poder evitar reírse. Pablete, como en un resorte, acerca su cara a la de Bobby y hace la pregunta retórica por antonomasia.

            —¿Qué has dicho?

            Gael y Dani se enderezan e intercambian una mirada que interpreto como: «Vamos a evitar esto todo lo posible hasta que sea inevitable». Dani está completamente en contra de dar ningún tipo de espectáculo que afecte a la profesionalidad del grupo hasta que le hinchan los cojones; Gael es la voz de la paciencia y la razón hasta que le hinchan los cojones; Manu es pacifista de corazón hasta que le hinchan los cojones; Bobby viene con los cojones hinchados de serie. Mucho me temo que a estas alturas ni todo el yoga del mundo será capaz de abortar la misión.

            Recuerdo entonces una historia que me contaron hace años cuando fui a cubrir el Resurrection. Era la primera vez que iba al festival titánico de rock que se celebra en Lugo y me moría de ganas de ver, precisamente, a Judas Priest. El segundo día, entre cervezas y panchitos rancios, unos compañeros de la revista Efe Eme me contaron batallitas de veteranos. Me hablaron de una pelea multitudinaria que se produjo en la edición del año anterior y que culminó con los servicios de emergencias del Resu teniéndose que llevar a media docena de asistentes. Por lo visto, unos cuantos aficionados de Def Leppard bastante pasados de vueltas la tomaron con un grupito que venía a tocar por primera vez y que hacían una música fusionada del glam metal y rock sinfónico de los setenta. Los pararon al bajar del escenario después de su actuación y empezaron a increparlos. De las ofensas pasaron a la ofensiva y se lio. Nadie sabe exactamente cómo empezó la pelea, lo que sí saben es que terminó con los aficionados hospitalizados y que a ese grupito nadie le tosió más desde entonces. No fue hasta que empecé a rodar con la banda y me contaron su paso por el Resu que hilé que ellos eran el grupito en cuestión.

            Pablete, a pocos centímetros de Bobby, está esperando contestación. Éste se la da de mil amores.

            —Decía que si tu madre se ha recuperado ya de la que le di anoche.

            Esa es la campana que anuncia el comienzo del round y, entonces, antes de que mi cerebro me aclare si es una buena idea o no, avanzo desde la posición retirada en la que me encontraba y me interpongo entre nuestro bajista y su nuevo amigo. Le pongo una mano en el pecho a éste último y compongo mi mejor sonrisa, esa que me ha granjeado algunos de los mejores polvos de mi vida, un par de trabajos y, en cierta ocasión, que no me pusieran una multa por saltarme media docena de semáforos. Esa historia la dejamos para otro día.

            —Oye, perdona, ¿tú no eres Pablo?

            El interpelado me mira parpadeando un tanto descolocado por la interrupción. Yo llevaba todo el rato detrás del grupo y no me había visto.

            —Eh…, sí.

            Mi mano no se ha quitado de su pecho y su mirada realiza el descenso habitual desde mis tetas hasta mis caderas con esa capacidad que tienen algunos para sopesar el material con el mínimo esfuerzo. A estas alturas, ya nunca me pasa desapercibida.

            —¿Por? —pregunta—. ¿Te conozco?

            —No, pero me lo han dicho esas chicas de ahí.

            Señalo a un grupito de tías que no han quitado los ojos de encima a estos cinco en todo el rato. Ellas no saben de qué va el asunto, pero sonríen al sentirse observadas.

            —Te conocen del Hijos de Caín.

            Es un tiro a ciegas, pero merece la pena intentarlo. El Hijos de Caín es otro bareto de la zona y, por las pintas, del grupo deduzco que son habituales. Por lo pronto, se ha roto el instante de tensión que estaba a punto de desembocar en el primer puñetazo. El rubio escucha desconcertado y los otros tres han detenido sus avances. La tropa me mira con caras en distinto grado de estupefacción. Noto que Manu va a decir algo y antes de que meta la pata me giro hacia el rubio. Tratando de sonar lo más seductora posible sin sentirme ridícula, le digo:

            —Mis amigas llevan un rato ahí esperando que os acerquéis. Ya no saben que más hacer, así que aquí estoy yo, de avanzadilla.

            El rubio responde a mi sonrisa zalamera con otra sin poder evitarlo. Al quitar la mano del pecho de Pablete éste sale del trance y parece recordar porqué está ahí.

            —El caso, chata, es que ahora tenemos un asunto que arreglar…

            —Vamos, tronco —interrumpe el respiranucas de Gael, que se le empieza a hacer la boca agua repasando el elenco que se les ofrece y que a lo mejor es el que menos ganas tiene de pelea —, no vamos a ser tan mal educados de no acercarnos a saludar, ¿no?

            Pablete me mira, mira al rubio y luego, al grupo de chicas. Es la viva imagen del desconcierto. Sé que el rubio es mi única oportunidad, así que me empleo a fondo. Me acerco a él como por casualidad.

            —Bueno, yo lo he intentado…

            Suspiro hinchando el pecho todo lo que puedo y me paso la mano por el pelo. Noto que los ojos de Dani se clavan sin querer en mi delantera y los baja de inmediato. Hago un esfuerzo por contener la risa.

            —Iré a decirles que pasáis de ellas.

            El rubio reacciona. Mira a Dani y a Gael que ya se están haciendo los locos como si la conversación no fuera con ellos. Luego acorta un paso conmigo.

            —No, mujer. No seas así. Que nosotros vamos a saludarlas encantados de la vida, ¿verdad, Pablete?

            Éste dirige una última mirada a Bobby.

            —Supongo que por esta vez puedo dejar pasar eso de mi madre —dice—. Tenemos mejores cosas que hacer.

            El bajista se encoge de hombros y se echa a un lado un tanto decepcionado. La tropa se reagrupa tranquilamente alejándose de los aspirantes a matones.

            —Esperadme aquí un segundo —digo.

            Ahora me queda convencer a las chicas de que me sigan la corriente y se camelen a estos imbéciles. Lo cierto es que no me cuesta demasiado porque, a pesar de ser gilipollas, están todos bastante buenos. Por un segundo me siento un poco culpable por endosarles a semejante grupo de gallitos de corral, pero en peores plazas hemos toreado. Sólo espero de corazón que sean listas, los utilicen y los tiren como buenas chicas.

            Cuando ya los tengo bien entretenidos, cojo con discreción a la tropa y damos la noche por terminada. Ya de regreso al hotel subimos en el ascensor y Dani saca el tema que todos están deseando.

            —¿Se puede saber de dónde has sacado esas maneras de Mata Hari? Casi me da un ataque.

            —¿Qué maneras? Yo sólo he evitado que acabarais esta noche en el calabozo y mañana en los titulares.

            —Tampoco sería la primera vez —apunta Gael.

            —Pero no veas cómo te los has camelado, tronca —dice Manu admirado.

            Me encojo de hombros, incómoda.

            —Yo que sé. Será el poder de la palabra.

            —Sí, de la palabra —dice Bobby—. Será de la delantera esa que tienes.

            Colleja instantánea. Me han picado hasta los dedos, así que no me imagino su cuello.

            —Vaya —repone acariciándose la nuca—, ahora sí crees en la violencia.

            El ascensor se abre y nos encaminamos a nuestras respectivas habitaciones.

            —La próxima vez dejaré que os apaleen.

 

            Hemos superado el día de hoy, nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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