Capítulo 12. Lo que pasa en el festival, se queda en el festival.

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.           

            Llegamos a Burriana el viernes, más emocionados que un piojo en una guardería, pero mortalmente agotados. El cansancio viene de dos días seguidos de concierto en Logroño y Bilbao y sus casi quinientos kilómetros de carretera. Los chicos no suelen hacer más de tres conciertos a la semana porque el agotamiento vocal para Dani sería excesivo. Esta gira nos está poniendo a prueba. Y la emoción es porque la tropa es la principal apuesta nacional. Los sounders, como se conoce a los asistentes a ese festival, ya llevan toda la semana por aquí con diversas actividades y bailando al son de los Dj. El jueves fueron los preliminares, hoy viernes disfrutaremos del espectáculo y el sábado es el día que tocan los chicos. El Arenal es uno de los festivales más locos y desenfrenados del país y por él pasan unas sesenta mil personas cada día. En sus inicios era una mezcla de indie y electrónica y con el tiempo empezó a incluir trap y reguetón para seguir contentando a los más jóvenes. Este año hubo un cambio en el timón y los nuevos directores han querido darle una vuelta al estilo con una propuesta más roquera. No sólo han contado con la tropa, que se inició en el hardcore (aunque ahora ya sea imposible clasificarla), sino porque los cabezas de cartel internacional son los Arctic Monkeys. Placebo le da el toque retro a esta edición de un festival que, por lo general, ha incluido de forma mayoritaria a artistas o grupos creados en este siglo. Todo ello bien mezcladito con los Dj y los urbanos. El cambio de rumbo ha sido aplaudido por la crítica y los medios musicales que venían demandado un festival algo más alejado del petardeo reguetonero.

            Después de pasar por el hotel para dejar las cosas y ducharnos nuestro runner nos recoge y nos lleva hasta el recinto. Los runners son los encargados de recibir y cuidar a los artistas. Luis, el mánager de la banda, ya anda por aquí. También lleva a Zahara y a Vive Suecia, que tocan en el festival, así que está bastante estresado. Como siempre. A nuestro runner, un hípster proporcionalmente musculado y con una barba igual de bien proporcionada, le interesa bastante mi participación en este circo.

            —Cronista de gira, ¿eh? Eso sí que es un trabajo divertido.

            Me lanza una sonrisa que no me deja lugar a dudas y sí un hormigueo en el bajo vientre bastante agradable; me sonrojo debidamente. Bobby aprovecha para ponerse detrás de él e imitar una cabalgada de lo más obscena y yo me arrepiento de no haberle puesto una dosis letal de matarratas en la bebida cuando tuve oportunidad. Cuando nuestro runner se marcha le doy una colleja. Y luego otra a Manu.

            —¿Y a mí por qué? —se queja el grandullón.

            —Por reírte.

            Se acaricia la parte rojiza y mira a Bobby con acritud.

            —Siempre recibo por tu culpa.

            Mientras ellos se dedican a saludar a los conocidos, yo me doy una vuelta. He estado en infinidad de festivales, unos antes y otros después de ser articulista musical, y hay mucha diferencia, aunque más bien es debido a la edad. Cuando acudes a un festival con veinte años (y no para trabajar) sólo necesitas a tus colegas, una mochila y una tienda de campaña. Te da igual quién toque, la interminable cola de los baños o los cuarenta grados que hace algunas veces a las seis de la tarde mientras estás rodeada de gente sudando y bailando. Es así; es mágico, es puro y es irrepetible. A partir de los treinta… Bueno, el último FIB al que fui, me alojé en el hotel, vi los conciertos que me interesaban y para casa. Mis tiempos de dormir en el suelo quedaron muy atrás. Esos tiempos están en el mismo lugar en el que a Axel Rose le sentaban bien los pañuelos en la frente. Paso al lado de una chavala en pantalón corto que está echando hasta la primera papilla y sonrío con la condescendencia de los treinta y tantos, como si yo misma no hubiese echado la papa la semana anterior en un callejón de Cornellá. El caso es que ir de gira con la tropa me está despertando de nuevo ese gusanillo que sientes cuando algo te emociona. Vivir los conciertos desde dentro y, sobre todo, vivirlos cómo lo hacen ellos, está haciendo que me vuelva a enamorar de la música como al principio. Empiezo a recordar por qué empecé a escribir sobre ella.

            Los Dj llevan todo el día animando la piscina y la tarde comienza en los tres escenarios. En el Desperado están Dorian, veteranos del festival, que dan una lección de luces y sonido mientras Alice Wonder deleita al personal en el Negrita Stage. Vetusta Morla congrega a una muchedumbre enfebrecida y Fangoria hace lo que hace siempre: poner a todo el mundo a bailar. Green Valley mece a los asistentes con su reggae y el olor a porro llega hasta la playa. Mientras, Anitta y Rels B en el Thunder Bich mantienen a todo el mundo en pie para luego dejar paso a los Dj internacionales Dimitri Vegas & Like Mike y otros residentes que siguen hasta el amanecer. Claro que eso yo ya me lo pierdo porque estoy ocupada en unos de los camerinos buscando algo en los pantalones del runner.

            Son las cinco de la mañana cuando llego al hotel y me encuentro a Bobby en mi cama despatarrado boca abajo. Doy gracias a Dios porque no tuviera la coordinación suficiente para quitarse los pantalones antes de desplomarse. Le doy una patada para apartarlo. Se limita a refunfuñar contra la almohada. Le doy otra, un poco más persuasiva que la anterior.

            —Joooo…

           —¿Qué haces aquí? —digo mientras me siento a los pies de la cama y me quito las zapatillas para vaciarlas de arena de playa— Largo.

            —No puedo —masculla—. En mi habitación están pasando cosas.

            Alzo una ceja, asombrada. Por fin se sabe algo de las andanzas sexuales del pequeño dictador.

            —Pues echa a un lado. Y tranquilito, ¿eh?

            Se arrastra hasta el lado izquierdo de la enorme cama y yo me tumbo en el derecho dándole la espalda.

            —No te preocupes. Por muy agradable que sea la idea, y lo es, anoche descargué todo lo descargable. Varias veces. En varios sitios.

            —Ahórrame los detalles, ¿vale, Bobby?

            —Hecho. —Se reacomoda abrazando la almohada—. ¿El runner se ha portado bien o tengo que partirle las piernas?

            —No te preocupes. Mañana llamará a mis padres para pedirles mi mano.

            Bobby rebufa una risa.

            —Apuesto a que eres de esas que después de follarse a un tío le arranca la cabeza.

            —Cómo me conoces.

            Después de un silencio, vuelve a hablar con la voz pastosa.

            —Oye, ¿te puedo hacer una pregunta a riesgo de ganarme una hostia?

            —Prueba. Ahora mismo no tengo fuerzas ni para eso.

            —¿Te has enamorado alguna vez?

            Sopeso utilizar el sarcasmo, pero estoy demasiado cansada.

            —Sí. —Después de un rato, añado—. Una vez.

            —¿Y le rompiste el corazón o te lo rompió él a ti?

            En mi cabeza veo unas postales de Casablanca descansando entre las hojas de un libro de Milan Kundera.

            —Más de lo segundo, supongo. De cualquier forma, deja cicatrices. Un corazón roto es un corazón roto.

            Bobby hace una pausa.

            —¿El tío de Zaragoza?

            Siento un eco de vacío.

            —Sí.

            Noto que se gira hasta quedar boca arriba.

            —Me cuesta creer que a ti se te pueda romper el corazón.

            A mí también me costaba creerlo, hasta que sucedió.

            —Todos tenemos un punto débil —suspiro reacomodando la postura.

            —¿Y cuál es el tuyo?

          —Las caricias en la espalda de madrugada, Bobby. Me matan.

            Se revuelve dándome una patada en la pierna.

            —En serio.

            Busco dentro de mis recuerdos, los que puse al fondo del altillo. Desde de encontrarnos en Zaragoza, he vuelto a pensar en aquellos últimos días, en las últimas conversaciones, en la última pelea. Me aferré durante mucho tiempo a la idea de que no sabía qué había pasado, pero la verdad es que sí lo sabía. Lo supe desde el principio, pero no quería verlo porque dolía demasiado. La vedad es que, simplemente, no me quería.

            —Las palabras —digo, al fin—. Ese es mi punto débil. Cometí el error de creer en ellas sin tener realidad a la que aferrarme. Cuando miré hacia abajo, no había nada. Sólo vacío.

           —Muy bueno tenía que ser para camelarte a ti.

            —Lo era. Pero aprendí.

            —¿Qué aprendiste?

            —Que los buenos chicos son los que saben comerte el coño y no la oreja.

            Bobby ríe. ese sonido me reconforta y aleja los fantasmas.

            —Esa es mi chica. —Luego se pone serio—. Pero, entre nosotros, creo que esa historia te dejó un poco el corazón de piedra, ¿no?

            —Es posible.

            —¿Por eso nos pegas tanto?

            Sonrío a mi pesar.

            —No, eso es porque os quiero y quiero que seáis la mejor versión de vosotros mismos.

            —Ah. Qué magnánima…

             Se gira de nuevo hacia su lado. Pasa un rato. Cuando creo que al fin se ha dormido, dice:

            —Por cierto, me alegra saber que tienes sentimientos, hermanita.

            —Si lo cuentas, sabes que lo negaré. Lo que pasa en el festival…

            —Ya, se queda en el festival.

            —Anda, duérmete.

            Seis horas después bajamos a desayunar. Ni rastro de Dani. Le pregunto a Manu, que se encoge de hombros.

            —Mientras esté en el escenario para probar sonido a las siete… —dice Gael.

            Y a las siete en punto lo veo en la mesa de control dando órdenes a los técnicos. A mí me resulta todo muy raro. Dani no ha dado muestras en seis semanas de actividad amorosa, ¿y ahora falta un día entero? Me estoy perdiendo algo.

            —No te estás perdiendo nada —dice Manu —. Lo que pasa es que el cabroncete es muy discreto. ¿O te crees que ha estado toda la gira a palo seco?

            —No, no creo. Pero entonces, ¿qué hay aquí?

            —Digamos que alguien que le pierde más de la cuenta y se olvida de guardar su característica e innecesaria discreción.

            Manu, que a poco que le aprietes te cuenta un secreto, se ablanda y me cuenta que ese alguien es una cantante que no podemos nombrar aquí por cuestiones de privacidad. Pero, vamos, que cantantes morenas de pelo largo con guitarra tampoco hay tantas. Y con un tatuaje en la pierna, tampoco. Pero no me tiréis de la lengua, que no puedo dar nombres. Me explica que Dani y ella tienen una relación extraña y muy simple: se adoran, pero la vida no les deja estar juntos. Cosas de cantantes famosos. Lo han intentado, pero no funciona. Sin embargo, cuando sus caminos se cruzan, son reacios a dejar pasar la oportunidad. Un amor imposible que se parchean en estos ratos robados.

            Esa noche, cuando la banda sale al Desperado, cientos de personas abarrotan el recinto hasta llegar a la playa. Desde la parte de atrás del escenario, puedo observar la marea de gente que vitorea sus canciones y se mueve al son de su batería. Después, he leído las críticas de mis compañeros de profesión y han sido unánimes. Hacen, sin duda, la mejor actuación del festival. Desde el mundo del rock se les podrá vilipendiar, pero lo cierto es que mueven a las masas y conmueven corazones.

            Al terminar, nos quedamos todos a ver a los Arctic Monkeys entre bastidores. Entonces noto que nuestro líder se desmarca discretamente y se aleja. En la lejanía, una melena oscura se une a él y desaparecen. Sonrío para mí. Lo que pasa en el festival…

            Seguiremos rodando. Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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