Capítulo 13. Intimidades. Parte II

            Ha llegado el turno del siguiente. Debo decir que la primera parte de estas intimidades no ha sido acogida con el sentido del humor que esperaba de la tropa. Bobby ha tenido la desfachatez de echarme la culpa a mí por todas las explicaciones que ha tenido que dar en redes sociales debido su predilección por el cantante alicantino. Pero después, harto ya de las críticas, ha salido del armario proclamando que sí, que le gusta cantar canción melódica y que al que le moleste eso puede comerle los huevos. A veces, me siento orgullosa de este pirado. Por otro lado, ha tenido que dar muchas más explicaciones a la banda por su tatuaje. Con la afición que tiene este hombre por quitarse la ropa a cada segundo, no sé cómo ha podido mantener ese tatuaje en secreto hasta ahora. Supongo que es difícil distinguirlo entre todos los demás. Ante mi pregunta sobre por qué tiene al pequeño extraterrestre de dibujos tatuado, ha respondido que le representa. Hiperactividad, mala leche, caos, violencia, reacción inmediata a los abrazos y fiera lealtad. Además, la música lo amansa. Al final, me ha perdonado porque resulta que el secreto se ha convertido en un nuevo aliciente para las tías. Ahora, además de poner a las que les va su lado más duro, también les mola a las tiernas. En fin, cada uno barre para su casa. Por su parte, Manu está abochornado porque Dani Rovira ha leído la crónica de la noche del rebujito. Se la pasaron y decidió volver a seguir a la tropa. La ha retuiteado mencionándolo como el géiser humano, añadiendo que después de ese día ya no se sintió inocente nunca más. La verdad es que tuvo mucha gracia. Todos nos reímos un montón, menos Manu, que sólo guarda un recuerdo nebuloso de esa noche y ahora la tiene más presente de lo que le hubiera gustado.

            Vamos al tema que nos ocupa. Gael sabe que lo respeto como a ninguno. La mayoría de las veces es la voz de la razón en este esperpento de grupo, pero ha cruzado un límite. En esta espiral de bromas pesadas él era la última persona que esperaba que alcanzara estas cotas: el muy cabrón me hizo creer que estaba sufriendo un infarto. Y si sólo hubiese sido «ah, me encuentro mal, me duele el pecho», un poco de paripé y unas risas, venga, tiene un pase. Pero es que llevé al hospital al muy cabrón. Los otros tres estaban en el ajo y me acojonaron diciéndome que ya era el segundo infarto y que los médicos le habían dicho que podía morirse en cualquier momento. El trayecto desde el hotel hasta el hospital fue la cosa más angustiosa que he vivido. Después de conducir como una demente pensando que en cualquier momento tendría un fiambre en el asiento de atrás, llegué a la rampa de urgencias, me bajé a toda leche y al abrir la puerta me los encontré a todos descojonados. Después de unos segundos de desconcierto, comprendí. Y después de la comprensión vino la ira. La ira de Khan. Los bajé de la furgoneta tirando de pelo y orejas cual institutriz colérica y los dejé allí. Ellos se tiraron por el suelo sin poder parar de reír. Volvieron al hotel en un taxi y yo tardé dos días en dirigirles la palabra.

            Así que como la venganza es un plato que se sirve frío, Gael va a revivir hoy ese día que todos querrían olvidar. Burriana, Valencia, tres días seguidos de festival. El Arenal ha sido un antes y un después en la historia de la banda. Las revistas y programas de radio hablan de su épica actuación. Ellos lo han vivido con toda la intensidad de saber que están haciendo algo grande. La noche siguiente, domingo de resaca, cenamos en un pequeño italiano y luego damos un paseo por el pueblo. Nos encontramos un estudio de tatuajes abierto. Con el tema del festival, allí muchos establecimientos abren hasta las doce de la noche. A Dani se le ilumina la cara. Decide que todos deben hacerse un tatuaje para inmortalizar el momento y qué mejor que el logo de la banda, que es la S de Sonder con cuatro líneas paralelas debajo que los representan a cada uno de ellos. Un «no hay huevos» y un «¿cómo que no? Sujétame el whisky» después, está decidido. Para Bobby es fácil porque él solo ya es un fanzine. De las orejas para abajo pocos sitios libres le quedan ya. Dani lleva los dos brazos y parte de la espalda tatuados. Manu sólo tiene un brazalete en el brazo derecho y un tribal en el gemelo, pero tampoco tiene problema. A Gael no le gusta tanto la idea. Es reacio a marcarse. Antes de que empiece una disertación sobre infecciones por agujas mal esterilizadas, los chicos empiezan un acoso y derribo de chantaje emocional y amenazas de muerte que termina convenciéndolo. Después de todo él también está bastante emocionado con lo que ha pasado estos días y en el fondo le agradaría tener un recuerdo. Nos metemos en el estudio. La tatuadora residente es una sueca embarazadísima que apenas habla español y yo calculo que pasa de largo el octavo mes. Lleva puesto un top de punto que le deja toda la barriga al descubierto y yo juraría que, si me concentro, puedo ver al niño al trasluz de lo tirante que tiene la piel. No se ve a nadie más por el local. Empiezan a decidir dónde hacérselo. Bobby encuentra un hueco en el costado, Dani, en el antebrazo, Manu se decide por el omoplato. Gael no está seguro de qué parte de su cuerpo mancillar.

            —A ver, quítate la camisa —digo con aire experto.

            Gael se la quita y yo analizo el terreno de forma minuciosa.

            —Aquí.

            Señalo un lugar muy bonito que tiene justo debajo de la nuca. Para ser un tío que no hace ejercicio desde finales de los noventa, la puta naturaleza lo ha dotado de una espalda, hombros y brazos potentes. Hasta su barriga está dura como una piedra. Se ponen todos en cola y la embarazadísima tatuadora comienza a trabajar. Gael es el último y cuando le llega el turno, se tumba boca abajo en la camilla. Entonces noto que la sueca empieza a removerse en su taburete, inquieta, como si no encontrara la postura. Trata de concentrarse en la tarea de nuevo, pero veo que su cara se contrae en una mueca. Empiezo a mosquearme. Miro hacia los demás. Están distraídos mirando los libros de tatuajes y decidiendo ya cual será el próximo, así que no prestan ninguna atención a su amigo. Entonces, la sueca pega un grito e inmediatamente se le une Gael. Corro hacia la camilla y veo que la tatuadora se retuerce apretándose la barriga y que Gael tiene un cuajarón de sangre en la espalda. La colega ha tenido una contracción y le ha clavado la aguja a nuestro guitarrista hasta el tuétano.

            —¡Chicos!

            Vienen todos corriendo.

            —¿Qué? ¿Qué?

            —¡Tenemos un problema! —exclamo—. ¡Esta tía se ha puesto de parto!

            Aspavientos, exabruptos, lloros y nada de utilidad. Manu se adelanta y la coge de la mano. Ha dado ya un montón de clases preparto y está preparado para cualquier contingencia.

            —¿Cada cuánto tienes contracciones?

            La sueca lo mira sin entender. Repite la pregunta en inglés. La sueca dice que ha empezado a encontrarse mal hace media hora, mientras estaba haciéndole el tatuaje a Bobby. Ahora cree que son cada tres minutos. La de la puñalada ha sido la más fuerte. Será descerebrada, la tía. Manu nos mira.

            —Está a punto de parir. Hay que llamar a una ambulancia.

            Me pongo a la tarea y en menos de veinte minutos llegan los sanitarios para llevarla al hospital de la Plana. Le pregunto si quiere que llamemos a alguien y niega con la cabeza.

            —Dejad el dinero en el mostrador.

            Ni gracias, ni allá te pudras.

            Después de limpiarle la sangre a Gael, dejamos los billetes junto a la caja y salimos a la calle. Todos vamos comentando animadamente la jugada menos el guitarra, que se está rezagando. Me giro y veo que tiene mala cara.

            —¿Y a ti qué te pasa?

            —Nada.

            —¿Cómo que nada? Estás verde. Verde chungo.

            —Que no me pasa nada.

            Nos acercamos a él. Nos mira compungido y cabreado.

            —No hay ni un puto bar abierto.

            —Qué quieres, se nos han hecho las dos de la mañana.

            —El hotel está a tomar por culo.

            —¿Y qué? —pregunta Dani.

            Gael mira alrededor con peor cara cada vez.

            —Me cago vivo.

            Los cuatro lo miramos como si acabara de anunciar que es martes. ¿Y qué? Luego estallamos en carcajadas al ver que lo dice en serio. Bobby por fin puede hablar.

            —Pero ¿te cagas, te cagas?

            —Sí, joder. No puedo más. Habrá sido la impresión de la puñalada que me ha metido la tía esa.

            Miramos todos alrededor y Manu anuncia.

            —Amigo mío, sólo te queda la playa.

            Gael mira hacia la cala que tenemos al lado.

            —Joder…

            Se resiste un poco más, pero al final sale corriendo apretando mucho las piernas. Si nos reímos más, alguno tendrá que acompañarlo.

            Se va despojando de la parte de abajo y se mete en el agua. Los demás nos damos la vuelta con el respeto que se merecen las circunstancias. Cuando finalmente sale, nos mira a todos con su semblante más amenazador.

            —No quiero ni una risa.

            Ni puto caso le hacemos.

            Ahora Gael sabe lo que es bañarse en mierda y tiene, además, un amago de S en la espalada que algún día, cuando pueda reunir valor, tendrá que arreglarse. Todo ello para recordar por qué no se deben fingir los infartos.

 

            Deseando ver adónde nos lleva esto, oye. La próxima parada: el infierno.

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