Capítulo 20. Me paso de la raya. Parte 2

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.          

 

          Tratando de ignorar el pálpito de mal augurio que me late en las sienes, me apresuro hacia donde me ha señalado mi hermana postiza. Encuentro a Bobby sentado en el suelo del pasillo de los baños. La rubia que me cayó tan bien está de pie delante de él llorando, lo que no ayuda a que me tranquilice.

            —¿Qué coño pasa?

            La rubia se abraza su esquelético torso.

            —No sé. Estábamos tan a gusto y de pronto se ha puesto muy raro. Ha empezado a decir no sé qué de un perro atropellado y luego algo de una bici. Y me ha preguntado que si era real.

            —¿Que si era real? ¿Que si era real, el qué?

            La rubia lo señala.

            —Él. Que si él era real. Mira, tía, tiene un cuelgue malo. Me ha acojonado.

            Sacude la cabeza y se pira. Miro alrededor. Del rapado no hay señales de vida. Me agacho delante de Bobby, que me ve y se alegra.

            —Eeeh… Eres tú. —Tira de un mechón de mi pelo y acerca mi cara a la suya—. Tú.

            Después de juntar nuestras frentes, me enderezo y pongo una mano en su rodilla, que no deja de moverse rítmicamente.

            —Sí, soy yo, Bobby. ¿Qué te pasa?

            —Estoy raro. Como fuera, ¿sabes?

            —No, no sé.

            No puedo dejar de mirar esa rodilla. Y está sudando mucho. Veo gotas resbalando por encima del dragón dibujado en su piel, que asoma por el hombro de su camiseta.

            —Como fuera… de mí. Es raro de cojones, tía.

            Me paso la mano por la cara luchando por despejar mi propia mente apastelada. Echo mano al móvil sin saber qué hacer.

            —Joder. ¿Te has tomado algo más, Bobby?

            —¿Qué? Sí, nada. —Habla despacio, como recién levantado—. Un par de copas. Bueno… Creo que me han pasado un porro…

            En ese momento, sus ojos dan un giro en las cuencas y la cabeza se le va hacia un lado. Vale, ya está. Ahora ya estoy mortalmente acojonada. Marco el número de emergencias. Hago un esfuerzo por explicarles la situación y se presentan allí en quince minutos. En la ambulancia pregunto a qué hospital vamos y llamo a Gael.

            Cuando la tropa llega, hace rato que Bobby está siendo atendido. Dani se va derecho hacia mí y empieza a gritarme:

            —¡¿Qué coño ha pasado?! ¡?Qué coño le ha pasado?! ¡¿Por qué no lo estabas vigilando?!

            Yo me pongo a llorar porque la mierda del MDMA todavía me tiene sensible. Dani sigue gritando en mi cara y noto que también tiene lágrimas en los ojos. Entonces Gael hace que se siente. Luego me lleva a un lado. Manu trata de calmar a Dani, que parece que quiera abrirme la cabeza; también la toma con el batería por habernos dejado solos en la discoteca.

            —¡Coño, Manu, sabes de sobra…!

            Es ese momento llega un celador y le dice que se calme. Se pasa las manos por el pelo pero deja de pegar voces y se pone a andar furibundo por el pasillo. Le cuento a Gael todo agarrando el bajo de su camiseta con un puño y tratando de guardar la calma, pero estoy muy asustada por Bobby. Al cabo de una hora, sale un médico y nos dice que le han bajado la fiebre, la presión arterial y han controlado la deshidratación. Ya está estable y consciente, pero se quedará ingresado. No le han hecho lavado gástrico debido al tiempo transcurrido desde que se tomó la pirula y porque no era una sobredosis, sino una mala reacción a la combinación de drogas. Por lo demás, van a vigilar que no le dé una puta embolia. No lo dice así, pero es lo que yo entiendo. Dani se queda con él y los demás nos vamos a hotel.

            Incapaz de pegar ojo, paso la mañana en blanco sentada en la butaca de mi habitación. Después de comer algo, Manu me hace compañía. Vemos capítulos de Friends sentados en la cama hasta que llega la hora de poder ir al hospital. Cuando veo a Bobby con la vía en el dorso de la mano y la cara tan pálida, me echo a llorar de nuevo. Ya no tengo MDMA en el cuerpo, es sólo que comprendo de golpe que ese tío al que no sabía que quería tanto casi se me muere.

            —Eh, vamos —me dice—. Ven aquí, tonta.

            Lo abrazo y me seco las lágrimas.

            —Eres un capullo, ¿lo sabes, Roberto? Si querías que me cagara de miedo sólo tenías que enseñarme la picha. El numerito sobraba.

            Todos se ríen menos Dani. Está de pie frente a la ventana. Miro a Manu compungida, que me hace un gesto restándole importancia. Pero yo sé que la he cagado. Y Dani también lo sabe. Esa misma tarde dan de alta a Bobby, que ya está como si no le hubiera pasado nada, y nos vamos al hotel. En un par de días saldremos para Oviedo. Por suerte, esta mierda ha sido justo antes de unos días en los que no tienen conciertos. Una cancelación habría sido un jodido desastre.

            A pesar de llevar más de treinta horas sin dormir, después de descabezar un poco el sueño, a la una de la mañana me desvelo. Bajo a dar una vuelta y veo que Dani está sentado en el borde de la piscina con los pies en la escalinata de azulejos. Me armo de valor y voy a sentarme a su lado. Me descalzo y, como él, meto los pies en el agua. La luz de la luna y los focos dentro de la piscina crean olas iridiscentes. Al principio, no dice nada y yo pienso si no debería hacer directamente las maletas, pero luego empieza a hablar sin dejar de mirar el fondo de la piscina.

            —Cuando éramos críos, una vez Bobby se empotró contra el filo de una rampa de skate. —Me mira—. ¿Te lo había contado?

            Niego con la cabeza.

            —Mis padres nos regalaron a los dos unas tablas por Reyes. Al cabo de poco tiempo yo ya me defendía, pero él era un puto crack. Ya sabes, eso de no tener miedo a nada ayuda. Yo no quería romperme una pierna ni nada de eso porque, joder, —lanza una carcajada—, esas cosas duelen, ¿no? Pero eso a Bobby le daba igual. Yo me cagaba de miedo cada vez que lo veía volar como un demente por la rampa. Era todo un espectáculo. Supongo que con el tiempo podría haber sido profesional. Bobby es capaz de cualquier cosa que se propone. Pero un día se empotró de cara. Te puedes imaginar el cuadro que se lio, la sangre, las chicas gritando… Por suerte no se rompió nada ni le saltó ningún diente. Pero, entonces, cuando estaba en el hospital, empezó a decir cada dos por tres: «¿Qué pasa? ¿Qué hacemos aquí?». No recordaba nada del porrazo. Se lo explicábamos y, al cabo de un rato, vuelta a empezar: «¿Qué ha pasado?». O a lo mejor iba al baño, se veía la cara y decía: «¿Qué me ha pasado en la cara?». Dios, —se frota los ojos con los dedos—, no tenía constancia de haberse caído, pero es que tampoco retenía nada de lo que le contábamos. Mis padres lo pasaron fatal, pero yo estaba más asustado que en toda mi vida. Los médicos nos dijeron que era debido a la conmoción cerebral, pero yo pensaba que había perdido la chaveta. Y, ¿sabes lo peor? La culpabilidad que me corroía.

            —¿La culpabilidad? Pero si fue un accidente —digo.

            Vuelve a reír sin humor.

            —Lo sé, pero yo era responsable de él, ¿entiendes? Siempre ha sido así. Lo saqué de su casa y tenía que cuidar de él porque… ya sabes. Él no puede.

            Me mira buscando algo parecido a la comprensión. Sus ojos hablan de amor, hablan de amistad, pero también de algo más; de algo que sólo sienten las personas que salvan una vida y se sienten responsables de ella. Yo asiento, sin duda comprendiendo.

            —Se le pasó al cabo de un par de horas, las más largas de mi vida. Hasta anoche.

            Cojo aire y lo suelto despacio.

            —Dani, ya sé que…

            —Bobby no puede tomar drogas —me interrumpe—. Nos cachondeamos siempre de sus trastornos porque somos así; nos tomamos lo peor de la vida a broma y así alejamos a los demonios. Pero él tiene que estar controlado. Es algo de la química de su cerebro. Le dejo fumar porros, siempre de marihuana, porque sé que le sientan bien entre siete y medio y diez miligramos de THC. ¿No has visto que siempre los lía y se los da Manu? El alcohol lo tolera bastante bien hasta cierto punto, pero jamás lo dejamos solo de borrachera. Y no sé si te has fijado, pero siempre hay uno de nosotros tres que se controla cada noche. Manu creyó que tú estabas lo bastante sobria, pero, aun así, no tendría que haberos dejado.

            No me había fijado, pero ahora que lo dice, el que pone criterio y nos corta el rollo a los demás es uno distinto cada noche. Junto las palmas de las manos y me llevo la punta de los dedos a los labios. Luego apoyo los codos en las rodillas y cierro los ojos. No puedo creer que haya metido la pata de esa manera.

            —No sabía nada de esto.

            —Lo sé. Y por eso siento mucho haberte gritado en el hospital.

            Noto el escozor de las lágrimas en el fondo de los ojos. Dani me coge la mano.

            —Ese tío es mi hermano, nena. Si le pasa algo, me muero. Anoche te llevaste un susto que se podría haber evitado si te hubiéramos advertido. Pero ahora ya sabes lo que hay. Estamos juntos en esto.

            Asiento.

            —Dani, yo…

            —Lo sé.

            Me rodea con un brazo y nos quedamos un rato mirando el reflejo de las ondas azules del agua.

            Próxima parada: el infierno.

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