Capítulo 21. Confidencias y puestas de sol.

           Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.

            Salimos de Granada bastante jodidos. Bobby va en estado sombrío, lo que se traduce en horas y horas de David Bowie. Y un ratito, vale, siempre es un buen momento para escuchar Heroes, pero cuatro veces seguidas de Space Oddity y a mí ya me empiezan a sangrar los oídos. Tengo sueños lúcidos en los que estrello la furgoneta por el macropuente de Despeñaperros. Sin parar en Madrid, porque no nos da tiempo, seguimos para Oviedo. Al llegar al hotel, me dejo caer agotada en la cama.  Nachete y los técnicos llegaron ayer para montar el equipo y la tropa tiene que ir a probar sonido, pero yo hoy no pienso presentarme hasta que empiecen a sonar los primeros acordes de la intro. Sintiendo un cansancio deletéreo, pienso que esto no está pagado.

            El concierto de Oviedo es un acústico de tarde en un pub muy íntimo, el Corners, cuyos dueños son una pareja de británicos amigos de Gael de su época en Londres. Hoy no es día para la parafernalia de luces y sonido de las salas de conciertos. Sólo ciento cincuenta personas y los chicos mostrando su lado más personal. De vez en cuando, se desmarcan con unos acústicos de este estilo que les vuelven a poner los pies en la tierra, porque la locura de los festivales y conciertos multitudinarios puede crear una falsa sensación de endiosamiento que es sano ir rebajando. Esta vez, a diferencia del desenchufado de Toledo, sólo recrean el sonido acústico utilizando amplificadores. Suena su último single, Seremos inmortales, que Gael toca con su guitarra Rickenbacker de doce cuerdas, mostrando una melancolía escocesa que nunca le había oído antes. Versionan Turn Turn Turn de The Byrds. Manu le quita dulzura a la batería haciéndola mucho más profunda y, de paso, haciéndonos llorar a más de uno. También tocan por primera vez un adelanto de La balada más bonita del mundo, que deja a todo el mundo boquiabierto. Veo en sus caras que sienten lo mismo que yo cuando la escuché en esa habitación de hotel: la emoción de estar asistiendo a un momento único. Nothing else matter trascendió a Metallica, y esta canción les va a trascender a ellos.

            Cuando terminan, dejamos a los demás tomando algo con los amigos de Gael y me llevo a Bobby a dar una vuelta. Desde lo de Granada no he tenido oportunidad de hablar con él a solas. Subimos con la furgo al Cristo del Naranco. Saco dos cervezas de la mini-nevera y nos encaramamos al capó. La puesta de sol desde allí es capaz de hacerte perdonar al mundo y, de alguna forma, empiezas a creer que tus mierdas son insustanciales espejismos. Recostados sobre el parabrisas, departimos un rato sobre la vida, la música y las chuches.

            —Estás como una chota —dice—. Las coca-colas de pica pica ganan de calle a las moras.

            —Mira, yo no discuto con enajenados, pero no sabes lo que es la vida hasta que has pelado con la lengua las bolitas de una mora negra, que te la dejan como si tuvieras la peste, y luego has dejado que se deshiciera poco a poco en la boca hasta desaparecer.

            —Uf. Voy a tener que recolocarme el paquete.

            —Eres un cretino.

            —Vale, pero, mantengo lo dicho. Que Imagine Dragons son épicos, lo son. Pero que Cool Out bien podría ser de Coldplay, también.

            —Sí, claro, si Coldplay tuvieran un buen día. Que no es el caso.

            Lo piensa y asiente.

            —Consenso.

         Guardamos un rato de fraternal silencio.

            —Oye —digo— ¿te puedo hacer una pregunta?

            —Dispara.

            Lo bueno de Bobby es que va de frente, no hay pliegues. Si no te quiere contestar algo te lo dirá de forma clara, igual que te dirá delante de todo el mundo que se te ve un moco. No sabe lo que es un filtro.

            —¿Qué has hecho para superar toda esa mierda de cuando eras pequeño?

           Resopla y medita un rato la respuesta.

            —Supongo que no lo he hecho —dice al fin—. No sé si lo has notado, pero no soy la persona más estable del mundo.

            —Bueno, ¿y quién lo es?

            —Eso es cierto. En todo caso, Dani ha sido mi apoyo. A veces creo que ese enano cabrón me ha salvado la vida.

            —Si te oye llamarle eso, te raja.

          Reímos ante la idea de Dani enfrentándose físicamente a Bobby.

            —Y la música —añade.

            —¿A qué te refieres?

          —A que, en cierto modo, todos necesitamos algo que nos mantenga cuerdos. En tu caso, es escribir. Porque estoy seguro, hermanita, que si no fuera por eso estarías encerrada en un psiquiátrico.

            Hago un gesto con la cabeza que ni confirma ni desmiente.

            »En mi caso, es la música. Muchos días es lo único que me mantiene a este lado. —Suspira y se pone las manos entrelazadas tras la nuca—. Pero lo de mi infancia es una mierda que no me abandona. A veces, me gusta imaginar qué habría sido de mi vida si hubiera nacido en un hogar estable con unos padres médicos o abogados que hubieran querido tener hijos, y no en un vertedero donde no se me esperaba. No he podido evitar sentir siempre el desarraigo de no pertenecer a ninguna parte en realidad. Los padres de Dani son increíbles, lo hicieron lo mejor que pudieron, pero tenían otros tres hijos propios.

            —Eres un músico genial. Al final no te ha ido tan mal.

            —No, no me ha ido tan mal, pero he sudado cada triunfo. Iba al instituto por la mañana, al conservatorio por la tarde y ponía copas de noche. ¿Sabes que me compré mi primer bajo trabajando de repartidor de hielo? No sabes lo que es darte patadas en el culo hasta que has llevado sacos de hielo en agosto por el centro de Madrid procurando que no se derrita.

            —¿Cómo te dio por el contrabajo?

            —Porque me ligué a una pibita de la banda del instituto.

            —Y cómo no iba a haber una tía de por medio…

            —Eh, que yo no tengo la culpa de que siempre haya una tía de por medio. Ella tocaba el violín y yo iba a recogerla por las tardes al conservatorio. Era una pija de Pozuelo que quería sacar de quicio a su padre saliendo con un macarra como yo. Le di el gusto porque se podía hablar de música con ella. ¿Sabes que fue la que me descubrió Manowar? Algunas tardes me quedaba a escuchar un rato el ensayo. El contrabajista era un desastre, pero ese sonido se me metió en el cerebro y no salió. Cerraba los ojos y era como si yo supiera lo que había que hacer. Me entró el gusanillo y, al final, terminé yendo yo a clases.

            —No sé cómo tuviste la perseverancia para terminar la carrera.

            —Yo siempre acabo lo que empiezo, pequeña.

            Con Bobby todo suena a amenaza sexual.

            —Pero con el tiempo me di cuenta de que las sinfónicas no eran para mí; no tenía ganas de pasar el resto de mi vida interpretando clásicos. Y la docencia no me atraía, así que aquí estamos.

            —Un salto cojonudo, de Mahler a Black Sabbath.

            —No son tan distintos, en realidad. Su guitarrista, Geezer Butler, se basó en la suite The Planets de Gustav Holst para su famoso riff.

            —¿Quién coño es Gustav Holst?

            Bobby suspira.

            —Parece que la cronista musical tiene que repasar sus lecciones. Es el compositor de música clásica en el que más se han inspirado los grandes creadores de bandas sonoras, como, por ejemplo, James Horner en Alien. Y si nos ponemos clásicos, Ritchie Blackmore de Deep Purple usaba arpegios y escalas inspirados en Bach o Vivaldi.

            —Eso sí lo conozco. El aclamado metal neoclásico, que creó escuela.

            —Exacto.

           —¿De ahí os viene vuestro sonido sinfónico?

            —En parte. A Gael le encanta usar esos arpegios. ¿Sabes que muchos dicen que si Wagner viviera hoy tocaría en una banda de heavy metal?

            Sonrío a mi pesar, volviendo a pensar que estos chicos no están donde están por casualidad.

            —Es increíble que la vida os haya juntado a los cuatro.

            —Es un jodido milagro. A veces, tengo la sensación de que no es cosa nuestra. Que hay algo por ahí que nos empuja por el camino que seguimos.

            Giro la cabeza extrañada.

          —¿Ahora me vas a decir que eres creyente?

            —No en Dios. O, por lo menos, no en el Dios católico. Pero lo que hacemos juntos… No sé, creo que por separado no habríamos llegado ni a la mitad. Y si pienso en lo que nos queda, da vértigo. Este disco ha sido antológico, ha roto todas nuestras expectativas.

            —Supongo que eso mismo pensaron en algún momento U2 después de Joshua Tree o Iron Maiden tras The number of the beast. De vez en cuando, los planetas de tu Gustav Holst se alinean. De todas formas, ya sabes quién es el que alinea los planetas en vuestro universo.

            Bobby ríe.

            —Sí, un enano cabrón.

            Después de un rato pregunto:

            —¿Cómo lo hace?

            La pregunta lo abarca todo, pero Bobby me comprende.     

            —Mira, lo conozco desde que éramos unos críos y te puedo decir que sigue siendo un puto misterio para mí. No tiene sentido que funcione y, sin embargo, funciona. Beethoven veía música en su cabeza, por eso pudo seguir componiendo después de quedarse sordo; él ve sensaciones. No sé explicarlo. Sabe tocar todas las fibras que tenemos en el oído, en la piel, en el corazón. Hay gente así, que ve.

            El sol termina de esconderse y el cielo se vuelve púrpura.

«Es mejor que te acerques y me dejes guiarte bajo la lluvia púrpura»

            Pienso en Prince, en su necesidad de transcender y en cómo supo que con esa canción haría historia. En aquel concierto en el First Avenue de 1983 donde la tocó por primera vez, le dijo a su banda: «¿Sabéis?, estamos haciendo historia». Nadie lo sabía en ese momento, pero sería un himno. Era consciente de su propia leyenda, y lo sería hasta el final. Esa fue la última canción que tocó en público antes de morir. Habla de que lo único importante es quién está al final del camino; cuando cae la lluvia, cuando llega el armagedón, lo que quieres es estar con quien amas.

Hay gente que ve, sí; gente que es capaz de contarnos cómo somos, de describirnos incluso las cosas de nosotros mismos que desconocemos.

«Nunca tuve intención de causarte ninguna tristeza. […]

Sólo quiero verte reír bajo la lluvia púrpura».

            —Bobby.

            —Mmm, mmm.

            —Siento mucho lo de Granada.

            Me coge la mano y entrelaza sus dedos con los míos.

            —No fue culpa tuya. Y si Dani dice que sí, no le hagas ni puto caso. Tengo que aprender a cuidarme solito.

            Dejo salir el aire y siento un peso resbalar de mi conciencia.

            —Me cuesta mucho decir te quiero, así que sólo diré que eres un cabrón.

            Él ríe y noto en ese sonido que lo peor de la lluvia ya ha pasado.

            —Y yo a ti, hermanita, y yo a ti.

            Seguimos aquí, próxima parada: el infierno.

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