Capítulo 22. Pongamos que hablo de Madrid.

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.         

         Dios, qué gusto da volver a casa, aunque sólo sea por cinco días. Hacemos un pequeño descanso antes de emprender la última parte de la gira. Suelto el petate, me dejo caer en mi mullida cama y aspiro el olor de mis sábanas como un condenado a muerte olería las bragas de su novia. Me esperan unas cuantas coladas, pero, de momento, me limito a tirar a la basura el cadáver de mi única planta y a llenar la nevera de cervezas. Visito a mis padres, que se alegran de que su hija no se haya convertido en una groupie yonqui y malhablada. Lo último es un deseo vano que siempre albergan y que nunca se cumple, pero soñar es gratis. Hago varios recados por la ciudad y visito a mi editor, que se alegra de que no me haya convertido en una yonqui, simplemente. Paso por la peluquería para que me domen el desastre que la vida en la carretera le está haciendo a mi pelo y me tomo un pepito de ternera en La Embajadora. Madrid en agosto es una toda una delicia, en serio. Ya dijo Sabina que aquí «el sol es como una estufa de butano». El asfalto está tan caliente que si te quedas un rato de pie, puedes sentir la suela de las zapatillas fundirse. Pero, aunque la temperatura en la calle es parecida a la del Apocalipsis, el aire acondicionado de los comercios es tan gélido que desgarra los pulmones como cuchillas. El metro está desierto, cosa que se agradece. Pero es mi casa, para bien y para mal, con su clima extremo, con su contaminación y su ruido. Con su crisol de acentos, de rostros y de pensamientos. Con sus rincones que, aunque vivas mil vidas, jamás llegarás a conocer del todo. Cada uno de nosotros tenemos un lugar en Madrid que llamamos nuestro. Noctámbula y luminosa, hostil y protectora. La contradicción hecha ciudad.

            Llamo a mis amigos y lloro de alivio al verlos porque sé que ninguno de ellos puede recitar de memoria los músicos que han formado parte de Megadeth a lo largo de la historia. Veinticuatro han sido. No tengo por qué saber eso y, sin embargo, lo sé. Aquella tarde fue lo más cerca que he estado de parar la furgoneta, sacar a la tropa a patadas y abandonarlos en la cuneta.

            Mis amigos y yo salimos de tapas por la Latina y después nos vamos a Chueca a tomar algo. No tengo ganas de una gran juerga (todavía me pesa lo ocurrido en Granada), pero me apetece mucho hablar con mi gente, sentirme la de antes de esta gira por un rato y que me cuenten sus cosas. Pero los cabrones sólo quieren que les hable de la tropa. Están enganchados. Ya conocen por las Crónicas la mayoría de movidas que me están pasando este verano, pero quieren más. Todavía hay cosas que me faltan por contar, así que me pliego a sus deseos y les hablo de aquella vez que nos olvidamos a Manu en una gasolinera de Navarra. Casi media hora de viaje y nadie se dio cuenta. También es verdad que la pelea que estábamos teniendo Dani y yo sobre los vinilos nos tenía a todos un pelín distraídos.

            —Coño, —decía el gran líder— es que escuchar a la Creedence en digital es como nadar con aletas. Será más rápido, pero no me niegues que te sientes gilipollas.

            Después vamos al Intruso en Malasaña, donde esta noche toca una banda de covers. Me conmuevo al escuchar un tema del primer disco de Sonder, Revelaciones. Un insólito orgullo me hincha el pecho, como si ya fueran algo mío.

            Pero no me voy a librar de esta panda de inadaptados llamada Sonder ni por unos días, porque quiso la fortuna que la Noe se pusiera de parto esa misma noche. Parece que la pequeña estaba esperando a que su papá estuviera por los alrededores para sacar la cabeza, literalmente. Así que a la mañana siguiente me presento en el Puerta de Hierro con una colección apabullante y excelsa de tabletas de chocolate Milka (Manu me había dicho que eran las favoritas de su chica) y un peluche de un mono tocando los platillos. El más siniestro que he encontrado.

            Saludo a los chicos que están en el pasillo.

            —¿Cómo está? —pregunto señalando la habitación.

            —Sentenciado —repone Bobby.

            —Me refería a la niña.

            —Es preciosa —dice Dani con los ojos acuosos.

            Es el primer bebé del grupo y todos tienen un aire de orgullo de tío. Incluso el cáustico de nuestro bajista reconoce que la pequeña es adorable. También están los tíos de sangre, los cuatro hermanos de Manu, que se presentan uno a uno, bastante efusivos. El más bajo de todos ellos me saca una cabeza y media. Compadezco a la pobre mujer que tuvo que traerlos al mundo. Entro en la habitación. Manu viene hacia mí con los ojos llorosos y abrazo su corpachón. Me sube un escozor por la nariz, pero es de empatía, no porque a mí los niños me enternezcan. Me acerco con cautela a esa cosa arrugada y olorosa que abre y cierra las diminutas manos como si siguiera el compás.

          —¿Quieres cogerla? —pregunta Manu.

        —¿T e has vuelto loco? —contesto.

          Sabina vuelve a colarse en mi mente. Hoy tengo al poeta callejero todo el día en la cabeza, así que pienso que esta niña de ceño fruncido no quiere ser princesa. Su padre lo corrobora.

            —Tiene manos de batería —dice Manu, al que veo abrumado de amor.

            —Tiene manos de cirujana —contraataca Noe, a la que veo abrumada de amor, pero con un toque de «me han sacado un obús por donde no toca y alguien debería pagar por ello».

            Noe tiene el aspecto demacrado de quien ha ido a la guerra y la mirada sabia de quien ha vuelto con un conocimiento que los demás no tienen. Me coge en un aparte y me hace una descripción no solicitada e increíblemente prolija en detalles del milagro de ser mamífero. Cuando nota que mi ausencia de color en el rostro no es debido a la emoción contenida si no a la náusea más absoluta, decide cambiar de tema. En tono confidencial me dice que está muy contenta de que esté con los chicos en esta gira.

            —Al principio, no las tenía todas conmigo. Ya sabes, una chica como tú…

            Pienso que se refiere a algún tipo de fama injustificada que tenemos los escritores y que desconozco. Pero entonces, el repaso que les da a mis vaqueros me da una pista de que se refiere a otra cosa.

            —Pero veo que lo estás cuidando bien —mira a Manu casi con la misma ternura que a su vástago recién llegado—. No me puedo fiar de cualquiera. Es tan bueno…

            Asiento pensando que tiene razón, sí que lo es. Si supiera la de veces que lo he visto mirando fotos de ella en el móvil con una sonrisa melancólica pintada en la cara… Se lo cuento porque acaba de traer una persona al mundo y se merece oír cosas bonitas. Manu me contó cómo se conocieron. Pude notar por su tono de incredulidad que sabía a la perfección que las probabilidades de que esa diminuta vasca de nervio vivo y lengua afilada lo hubiera elegido a él de entre todos los panolis que la entraron esa noche eran tan escasas como de que te caiga un rayo. Pero a Noe no le falta razón al estar pelín preocupada. Los esfuerzos que tiene que hacer Manu por mantenerse fiel son superiores a la media. Aunque Dani y Bobby son los que atraen las principales miradas, el mundo de los músicos, y más de gira, da pie a mucho roce. Manu tiene su propio atractivo aporreando la batería todo cubierto de sudor, con esa mirada excitada y mordiéndose los labios. Más de una vez lo he tenido que ver haciendo malabarismos para deshacerse con delicadeza de los brazos que alguna le echaba al cuello. Pero cuando uno sabe que en casa le espera la verdad que encierran los ojos de gata de una mujer enamorada, las sirenas palidecen en su embrujo. Lárgate ya, Sabina, me estás poniendo sentimental.

            Al irme, observo a Manu poniendo a su pequeña contra su inmenso pecho y cogiendo la mano de su chica, y pienso que juntos forman una galaxia preciosa.

            Hoy estamos en casa, en Madrid, donde el poeta cantó que se cruzan los caminos, pero nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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