Capítulo 23. El porqué de las cosas.

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.       

 

 

            El parón en Madrid nos ha sentado de maravilla y nos echamos a la carretera como colegiales camino de una excursión a El Escorial. Cuando Manu acomete la decimocuarta «vamos a contar mentiras» tengo que emplear de nuevo la violencia contra el batería. Con éstos no hay otra forma. A la mierda mis terminaciones nerviosas recién descansadas. Las fechas de los próximos destinos apenas cuentan con un solo día de descanso entre uno y otro y son Santander, Santiago, Segovia y Soria. Juro por Dios que la aliteración de las ciudades no ha sido provocado. Cuando vi el itinerario me quedé parpadeando un rato hasta que Gael empezó a explicarme no sé qué de una concatenación de eventos vinculados que llamamos casualidad, pero que, en realidad, se es la sincronicidad, que el jodido Jung ya explicó en su día y un montón de mierdas más. Desconexión, modo salvapantallas. Gael moviendo los labios, aire en mis oídos. El caso es que tenemos por delante un concierto benéfico con un montón de artistas, dos fechas de gira y un festival, todo ello en seis días. Hoy hacemos noche en Santiago y mañana tiraremos para Segovia. Luego otros tres conciertos en una semana y el fin de gira en el WiZink, del que están agotadas las entradas. La tropa está excitada y cansada a partes iguales. Manu pasa horas colgado al teléfono hablándole a Abril. La niña está dormida la mayoría de las veces, pero Manu dice que es importante que escuche su voz todos los días porque esta primera época es fundamental para el desarrollo afectivo padre e hija. En realidad lo que le pasa es que le duele en el alma no estar con ellas ahora mismo y de esa forma se siente cercano. Le cuenta las movidas que nos pasan, le lee las Crónicas y pone buen cuidado en cambiar los tacos por estampas bucólicas. Así joder es judía y mierda es piedra. Ahora la niña ya sabe que estoy hasta el madroño de aguantar la vocecita de su padre imitando al Oso Yogui.

            Hoy Dani me dice que las Crónicas han sido trending topic. Yo me quedo a cuadros. Tengo cuentas en las redes sociales, pero las uso muy de vez en cuando y sólo para anunciar la próxima entrega de las Crónicas. Rara vez compruebo las interacciones después de publicar algo. De esa forma tarde me iba a enterar de que los devaneos de estos descerebrados están siendo la comidilla. Es la tropa la que se encarga de difundirla entre sus miles de seguidores. Cierto es que mi teléfono suena demasiado para mi gusto de un tiempo a esta parte, y la editorial donde he publicado mis dos monográficos (Freddie que estás en los cielos y Michael de la guarda, por si os interesan) me ha tanteado para convertir estos episodios en un posible libro. Me pongo a trastear en el ordenador y, efectivamente, mi nombre se googlea más de lo habitual y veo que mi email echa humo. Las visitas del blog van por el millón y medio en la última entrada, y la subí ayer. Esto debe de estar mal. Dani asiente ufano.

            —Hoy he cerrado con la oficina siete fechas para hacer las Américas este invierno. Tenemos conciertos en París y Londres antes de Navidad. Es un hecho, nos estás haciendo famosos, lady writer.

            Aparto la vista de mi portátil y me quito un trozo de Dorito de la pechera de mi camiseta de Iron Maiden, la misma que compré en mi primer concierto en el 99 en la cubierta de Leganés. Sopeso si es comestible y decido que, si no ha tocado el suelo, es que sí.

            —¿Pero qué gilipollez es esa? Vosotros erais famosos antes de conocerme. Habrá sido la gira —Señalo a Dani con el boli—. Tu elefantiásica gira que me ha hecho perder cinco kilos, densidad capilar y capacidad olfativa por todo el peste a calcetín sudado.

            Gael aparta la caja de donuts del sofá, se limpia la comisura de la boca y se incorpora. Sí, está siendo una tarde de comer guarrerías, ¿vale?

            —Pero el que tú la estés relatando casi en vivo está haciendo que todo sea más interesante, nena —dice—. Gente que no tenía ni puñetera idea de lo que era el hardcore melódico o el glam metal está comprando nuestros discos. Hemos atravesado alguna clase de puente que nos está acercando a todo tipo de público.

            —Se mean de risa con las Crónicas —añade Manu con los ojos en el móvil—. Tendrías que ver la de peña que se está tatuando a Stich en el culo.

            Bobby, a pesar de que está haciendo sus pliométricos y sólo tiene apoyados en el suelo los antebrazos, se las apaña para levantarle el dedo corazón al batería.

            Dani se sienta a mi lado.

            —En serio —dice con esa sonrisa que desarmaría hasta a Atila colgado de setas—. Nos has puesto en el mapa. La gente habla de ese grupo de metal que está recorriendo el país en una Transporter azul bebé.

            —Pero el último disco…

            —Sí, el último disco fue un revulsivo —añade—. Y las fechas estaban cerradas desde hace tiempo. Pero esta vez habíamos aumentado mucho el aforo y aun así se han agotado las entradas en todas partes y bastante antes de lo que esperábamos. El final de gira tendría que haber sido en La Riviera, pero vamos a hacer el WiZink con nueve mil personas. Nos quieren entrevistar en todos lados. Y lo de América, llevábamos tiempo con ello y no terminaba de cuajar. La oficina no lo veía claro. Pero por lo visto el blog es la hostia allí.

            Vuelo a mirar el ordenador. Luego me quito las gafas y me recuesto en el sofá. Por fin miro a Dani con los ojos entrecerrados.

            —Tú ya sabías que esto iba a pasar, ¿verdad?

            Él se encoge de hombros. Si alguna vez ha habido un hombre culpable de algo es él.

            —Era el plan.

            Bobby apoya los pies en el suelo y se incorpora con un delicado salto para venir a sentarse en el brazo del sofá.

            —¿Y desde cuándo sucede algo aquí sin que éste capullo lo planee? Asúmelo, hermanita. Eres buena.

            No, aquí no sucede nada sin que el pequeño dictador lo haya visto ya antes en su cabeza. Él sabía que la evolución de su música los estaba llevando por el camino correcto, que cada vez más gente hablaba de ellos. Alguien se tropezaba con su trabajo en los medios, casi siempre de música rock o urbana que les daban cobertura, y flipaban, como hacemos todos. Luego se compraban el disco y luego, además, lo recomendaban. Y luego se compraban la entrada al concierto. El boca a boca los había puesto donde estaban. Estamos hartos de ver a gente como Viva Suecia o Desakato llenando salas sin salir en los medios principales. Si pareces comercial, hueles a comercial y sabes a comercial, sales en el Hormiguero. Si no, a la Resistencia. Que ya es bastante, pero nuestro líder quería algo que lo catapultara a los titulares y no por los medios habituales; algo que no sólo fuera, simplemente, hacer las cosas bien, con la paciencia del guerrero; algo que no estuviera sólo cimentado en la calidad del amor al detalle o se basara en los conocimientos y años de experiencia. No, quería otra cosa… Quería algo que fuera trending topic. Y me usó a mí. Yo no era lo que se dice comercial, pero de alguna forma intuyó que yo iba saber contar su historia. No sé cómo, pero lo supo.

            —¿Cómo…?

            —Tu estilo —explica Dani—. Cuando leía tus artículos en Mondo Sonoro o las crónicas que escribías de los conciertos podía sentir que había una verdad desnuda, casi morbosa, en ellas. Eran muy personales, casi como un diario. Le dabas un tono visceral a todo sacando la parte más escondida de las historias que, en el fondo, todos estamos deseando conocer. Pensé que esa verdad era perfecta para nosotros, para esta gira. Y no me equivocaba. Has sabido transmitir cosas de nosotros que ni siquiera conocíamos.

            Los demás asienten. Yo no sé de qué habla. Gael interviene:

            —Ahora la gente nos conoce a nostros y se acerca a nuestra música sin prejuicios.

            —Hacía falta algo que nos mostrara más allá de nuestra música —termina Dani.

Lo miro y siento un escalofrío que pretende sacudirme una capa imaginaria de pringue de los hombros.

            —Me siento sucia —digo abrazándome—. Me has convertido en un producto.

            Dani se acaricia la barbilla.

            —¿Has visto los hilos y no te gustan, Pinocho?

            —Vete a tomar por el musgo.

 

            Supongo que toca daros las gracias por estar ahí.

Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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