Capítulo 24. Entrevista con el roquero.

           Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.

 

                La noche pasada en Badajoz para mí se queda. Estoy destruida. Tengo una resaca de esas que imposibilitan cualquier interacción con el mundo tridimensional. Imaginad una papilla que un niño hubiera ingerido y vomitado varias veces y os acercaréis a conocer el estado de mi cerebro. La sola idea de ponerme a hacer la Crónica me supone un reto sobrehumano, así que se me ha ocurrido proponer a la tropa un ejercicio de introspección colectiva. Les he pedido que se hagan preguntas entre ellos sobre cosas que, a estas alturas, crean que pueden interesar tanto a sus seguidores como a toda la gente que no los conoce aún. Les ha entusiasmado la idea y yo, tan feliz de poder apoltronarme en el sofá a hacer la fotosíntesis. Pero el resultado del experimento ha llevado a mi cerebro regurgitado a un nuevo nivel de espachurramiento. Sin duda, dará para estudio sociológico sobre lo que sucede cuando se deja libre albedrío a gente que no debería tener permiso para manejar maquinaria pesada. Ni para procrear.

            Gael se ofrece voluntario para empezar y pregunta a Manu:

            —Hay un incendio y sólo puedes salvar una cosa. Tienes un segundo para decidirlo. ¿Qué sería? ¿Tu colección de cartas de Pokémon, una primera edición de La divina comedia o a tu madre?

            —La duda ofende —responde raudo el interpelado.

            —Las Pokémon, ¿verdad? —interviene Dani.

            —Pues claro.

            —Pero Manu —dice Bobby—, tu madre es una tía de puta madre.

            —No te digo que no —repone Manu—. Pero ella que se las apañe solita, que es grande. Yo llevo desde el noventa y nueve reuniendo mi colección, es cojonuda. Tengo hasta una Charizard. ¿Sabéis lo que es eso?

            —No, ni ganas —responde Gael—. ¿Y qué me dices del incunable de La divina comedia?

            —Bueno, ya sabes que yo soy más de las de acción, aunque si es de Jim Carrey me mola.

            Gael lo mira quizás discurriendo si podrían pedir el treinta por ciento de discapacidad por el batería. Finalmente, sale del trance sacudiendo la cabeza.

            —Vale, ya pensaremos cómo le decimos a tu madre que sus veinte horas de parto para sacar ese zepelín que tienes por cabeza sólo han servido para que te importe una mierda verla arder viva. Sigue tú, anda.

            Manu se queda mucho rato acariciándose la barbilla. Tanto, que yo empiezo a tener pequeñas ausencias al parpadear. Por fin, consigue dar con la pregunta entre los pliegues de su cerebro, que dirige a nuestro amado líder.

            —Dani, cuéntanos la historia que hay detrás de Pintamos con sangre las paredes. Creo que a mucha de la gente que nos sigue le interesará.

            Dejo de cabecear un rato sorprendida por la pertinencia de la pregunta del batería. Pintamos con sangre las paredes es uno de los mayores éxitos de la banda, incluido en su segundo disco Caminando sobre alambres. Sonder sólo ha sacado cuatro discos en diez años porque Dani se toma mucho tiempo para llevar cada canción al único nivel que es capaz de soportar: el de perfección. Todos los discos son conceptuales y Caminando sobre alambres gira en torno a la idea del amor desde el punto de vista de los románticos del siglo diecinueve, en especial Bécquer. Su rima número XVI, cuya primera estrofa es: «Cuando me lo contaron sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas», encabeza los créditos del álbum. La canción a la que se refiere Manu genera una gran controversia entre sus seguidores porque en la letra se describe una relación en términos de contienda medieval a muerte, siendo literal la frase que le da título a la canción.

            Dani medita un momento y responde:

            —Habla de la primera vez y, sin embargo, no la única, que me pusieron unos cuernos. Parece que algunos tenemos esa predisposición.

            Mi somnolencia se ha despejado de forma parcial y ahora el pequeño dictador tiene parte de mi atención. Presumiblemente, el resto del grupo conoce la historia, pero escuchan atentos.

            —Una señorita, a la que no nombraremos para no ganarnos una demanda por difamación, y que yo pensaba que sería la mujer de mi vida, tuvo a bien echar por la borda cuatro años de relación por el calentón de un monitor de esquí. Lejos de mandarla a la mierda que era lo que tenía que haber hecho, intenté que lo nuestro funcionara. Ya conocéis mi querencia por los imposibles. Resultó el desastre que describo en la canción. Un infierno que duró tres meses de los que ninguno salió indemne. Recuerdo que después de cada bronca, en la resaca de las palabras envenenadas, cuando el amor que nos tuvimos se convirtió en odio, solía mirar las paredes de nuestra casa y me las imaginaba llenas de las salpicaduras de la sangre que nos hacíamos el uno al otro. En esa canción quería describir el estado de permanente contradicción de la monogamia y como la convivencia es, al mismo, tiempo vida y muerte. Como en la canción, cada recuerdo se tiñe después del poso melancólico de la ruptura.

            Se crea un respetuoso silencio que pretende honrar la memoria de la relación de la que habla Dani, y que Bobby se encarga de romper.

            —Menuda zorra. Sigo yo. —Se cruje los nudillos, costumbre que siempre saca una mueca de disgusto a Gael, al que se dirige—. A ver, Gael, dinos que hay de verdad en torno a esa leyenda urbana que dice que tienes la polla como un caballo.

            Escupo parte del agua que estaba bebiendo. El guitarra mira a Bobby sin mover el rictus. Dani y Manu se inclinan en sus asientos y ponen sendas manos bajo la barbilla, en actitud de colegial expectación.

            —A mí me lo puedes contar, escocés —continúa Bobby—. Sabes que soy el que mejor te va a comprender.

            Gael permanece en su silencio administrativo mirando fijamente al bajista. Al final, éste da su brazo a torcer.

            —Vaaaale… Yo lo hacía por ti, tronco. Pero, bueno, como quieras. Déjame pensar… —Mira el techo un momento—. Ya sé. Cuéntanos la vez que tocaste con Herbie Hancock.

            El rostro de Gael se anima de inmediato.

            —Me alegra que me preguntes eso. Fue en el Festival de Jazz de Vitoria y llegué allí de pura chiripa. Resulta que a finales de los noventa yo hacía el Máster de Producción Musical en Berklee…

            —Será Berkeley —apostilla Manu.

            —La de Boston, no la de California, gilipollas.

            —Tampoco es necesario faltar…

            —Te calles. El caso es que allí conocí a Lionel Louke, que sería miembro del cuarteto de Hancock. Incluso en aquella época, ese tío ya era un ídolo de la guitarra para mí. No sé cómo ni por qué, terminamos haciendo buenas migas. Años después, nos encontramos por casualidad de nuevo en Barcelona, donde él estaba pasando una temporada. Yo no esperaba que se acordara de mí, pero sí lo hizo, incluso vino a verme tocar al Harlem, un local en el que actuaba los jueves con mi trío de jazz. Entablamos contacto de nuevo. Al cabo de un mes, Louke se dirigía a Vitoria al festival para tocar con Hancock. Alguien le cerró muy diligentemente la puerta del coche cuando él todavía no había terminado de meter la mano y se rompió un metacarpo. Para mi pasmo, se le ocurrió que yo podía sustituirlo y me llamó. Imaginaos. Yo, que solía ir al festival de espectador, de pronto estaba en el escenario tocando con la leyenda viva que creó el Cantaloupe Island. De la que, por cierto, aquí nuestra amiga —me señala con el pulgar—, tiene la versión Flip Fantasia en su excéntrica lista de reproducción.

            —Versión de la que el propio Hancock hablaba maravillas —apostillo.

            —Cierto, —Gael suspira recordando—. Aquello fue lo más cerca que he estado nunca de Miles Davis. Fue el mejor momento de mi vida, el culmen de mi carrera, y no puedo creer que ahora esté rodando con una panda de monos amaestrados como vosotros.

            Y la magia se rompe.

            —Hombre, tú también te puedes ir a la mierda —repone Dani, que se gira hacia su amigo de la infancia—. Bueno, Robertito. Tengo un test picadito para ti. Es una ronda de palabras a las que tienes que responder con lo primero que te venga.

            Bobby se recoloca en su butaca cruzando las piernas en la postura del loto.

            —Dispara.

            —Sin pensar, ¿eh? —dice Dani.

            —Y cuándo no es Pascua —interviene Manu. Luego me señala—. Prepara el extintor.

            —Vamos allá —dice Dani—. Espacio.

            —Sideral.

            —Qué tonto eres. Política.

 

            —Asesino de masas.

            —Locura.

            —Lloret de Mar

            Manu interviene.

            —Hostias, ¿te acuerda la que se lio con el equipo de volley y el Jägermiester…?

            —Ya ves… —dice Bobby.

            —Calla, coño —interviene Gael—. Que es picadito.

            —Seguimos —continua Dani—. Diversión.

            —Evasión.

            —Familia.

            —Tú.

            —Fans.

            —Sexo.

            —Festivales.

            —Sexo duro.

            Recuerdo el Arenal y me entra un escalofrío al imaginar el destrozo que debió dejar.

            —Amistad —continúa Dani.

            —Willie Nelson.

            Todos sonreímos. El CD sigue en la guantera.

            —Música.

            —Sexo.

            —¿Otra vez? Tómatelo en serio, hombre —dice Dani.

            —Vale, pero era en serio. Mmm, vamos a ver, música… Respirar.

            —Sexo.

            —Me estás liando.

            —Venga, contesta.

            —Joder…

            —¿Esa es tu respuesta?

            —No, coño —responde Bobby recomponiendo la postura nervioso—. Sexo… A ver… Reciprocidad.

            —Amor.

            —Quimera.

            —Halagos.

            —Mmm… Los que tengo aquí colgados.

            —Sueños.

            —Aquí mis huevos.

            —Paranoia.

            —¡Y aquí mi polla!

            Los cuatro estallan en carcajadas. Yo los miro retorcerse y tirarse al suelo, y me entra el cansancio de mil noches. Los dejo con sus gilipolleces y pienso si el karma guarda los tickets de devolución. Porque, por más vueltas que le doy, yo no he hecho nada para merecerme esto.

 

            Mañana tendré más fuerzas. Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

 

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable>>> .
Finalidad>>> Gestionar el comentario que dejes aquí después de leer el post.
Legitimación>>> Consentimiento del usuario.
Destinatario>> Los datos que me vas a facilitar a través de este formulario de contacto, van a ser almacenados en los servidores de enelapartamento.com, mi proveedor de email y hosting, que también cumple con la ley RGPD. Ver política de privacidad de enelapartamento> https://www.enelapartamento.com/privacidad.htm
Derechos>>> Podrás acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos personales escribiéndome a dianabenayas@enelapartamento.com.

error

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!