Capítulo 26. Alfombra roja

       Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.  

          Hacemos otro alto en el camino y regresamos a Madrid en un viaje relámpago de ida y vuelta porque los chicos van a tocar, nada más y nada menos, en la apertura de la gala de los Premios Goya. ¿La tropa en un evento que se televisa a nivel nacional? Exacto. Nadie se esperaba este giro de los acontecimientos, y los chicos, menos. La confirmación llegó hace apenas tres semanas pero, ante la coyuntura de que pudiera suceder, Luis, el mánager, había dejado esos días libres. Sólo por si acaso. Finalmente, llamaron. La cruda realidad es que Pablo Alborán canceló en el último momento porque se rompió el brazo en un accidente de ciclismo de montaña. Ellos eran segundos en la lista. El hecho de que este verano la tropa haya estado en el candelero ha ayudado. El escaparate de una ceremonia así no tiene precio: más de tres millones de espectadores. El estado de nervios es diverso. Manu tiene una cara de niño extraviado que da pena. Gael mastica chicle como si fuera deporte olímpico. Casi prefiero que se eche a fumar otra vez. Los nervios de Dani se concentran en el cuadrante inferior de su cuerpo. O sea, que se va por las patas abajo. Bobby pasa de todo, en su línea. Si alguna vez ha estado nervioso por alguna actuación, ya nadie se acuerda. Yo los miro desde la tranquilidad que da la distancia. Yo no soy la que va a tener que subirse al escenario delante de lo más granado del cine español. Eso no quita para que me recorra un escalofrío de excitación por el cuerpo.

            Me han concedido una acreditación para poder hacer la Crónica desde dentro, pero el problema es que me tengo que poner de tiros largos para estar entre los invitados. Odio esas mierdas y mucho más después de haberme pegado un verano con vaqueros cortados y camisetas harapientas. Echo un vistazo a mi paupérrimo armario de ocasiones especiales y me tiro un rato en la cama mirando el techo. Finalmente, me levanto y consigo decidirme por un pantalón palazzo fucsia y un top de corché, esperando que dé el pego tras pasar por chapa y pintura.

            El espectáculo se prevé épico. Ayer asistí al ensayo y es de las cosas más espectaculares que les he visto hacer. En un guiño a la película nominada Mientras dure la guerra, van a tocar Volveré a por vosotros, una arrolladora y potentísima ópera rock sobre el sinsentido bélico.

            El coche nos va a recoger en casa de Dani, así que me presento allí puntual. Gael abre mucho los ojos al verme y luego los entrecierra, asintiendo con aprobación. Bobby me da un repaso de arriba abajo, silba y, al ver que va a decir algo, alzo la mano.

            —Ni una palabra, Roberto. Lo digo en serio.

            —Pero…

            Cierro los dedos.

            —Chis.

            —Pero si yo sólo…

            Muevo la mano en el aire, que imita una boca de pato cerrada.

            —¡Chisss!

            Bobby, dándose por vencido, se da media vuelta murmurando algo sobre la injusticia del honesto. Dani sale de su cuarto y les echo un vistazo a todos. Increíblemente, se han puesto traje. Manu está embutido en un clásico de color negro que le estiliza. Debajo lleva su inseparable camiseta negra de cuello en pico entallada. Si pone cara seria le pueden confundir con algún escolta del presidente, el cual asistirá esta noche. Gael lleva un traje de lino blanco y su mejor sombrero, un fedora de fieltro burdeos con cinta verde agua. Bobby lleva un traje gris claro a la moda, con los pantalones estrechos enseñando tobillo. Debajo de la chaqueta entreveo una camiseta que dice «A tomar por culo. Así se queda». Suspiro. Se ha hecho un rapado con filigranas en el lateral de la cabeza y ahora me recuerda a Tom Hardy. Dani parece un hombre y todo en su traje azul marino. La mayor parte del tiempo se le puede confundir con un crío de trece años que lleva las camisetas de su hermano mayor, que le llegan por las rodillas.

            El coche nos deja a las puertas del teatro. Veo a lo largo de la alfombra roja todo el despliegue de periodistas y me pongo a saludar a los que conozco. Los chicos son interceptados por los encargados de la organización. Al cabo de un rato Dani me hace señas para que me acerque.

            —Nos toca.

            —Muy bien, os veo dentro —digo.

            Me vuelvo para seguir con lo que estaba haciendo pero Dani me coge del brazo.

            —¿Qué haces? —dice—. Vamos.

            —Vamos, ¿a dónde?

            —¿A dónde coño va a ser? Vienes con nosotros.

            Los chicos nos miran con cara interrogante porque los de la organización empiezan a apremiar.

            —Ni de coña —repongo.

            —¿Cómo que ni de coña?

            Adelanto un paso y lo miro a los ojos que, gracias a los tacones que me he puesto, por fin es de frente.

            —No. Niet. Nao.

            —La madre que te parió. Todos quieren verte en la foto. Y mira cómo vas, hostias, si pareces una nominada.

            —¡Ah, tú sí puedes, cabrón! —exclama Bobby—. Pero si yo quiero decir algo bonito se me censura. ¡Si hasta me ha llamado Roberto, por amor de Dios!

            Los dos ignoramos a Bobby. Me cruzo de brazos. Noto que el pequeño dictador quiere hacer uso del omnipotente poder al que está acostumbrado, pero tendrá que pasar por encima de mi cadáver. Nuestro pulso de miradas está poniendo muy nerviosa a la organizadora encargada de que la cola no se atore. Al final Dani relaja el rictus, quizás recordando la vez que me empeñé en llevar a un pobre sueco que hacía autostop hasta Valencia. Dani se negó en redondo. El sueco llegó a Valencia.

            —A veces eres más terca que una mula.

            Se dirigen hacia el primer photocall y se ponen a posar en diferentes posturas de rock: cuernos con las manos, lenguas satánicas fuera, poses de gimnasio. Todas esas mierdas para ocultar que están muertos de vergüenza y que no saben muy bien qué pintan aquí. Los fotógrafos les piden por favor que posen, aunque sea una vez, normales. Se ponen repentinamente serios y sorprendentemente atractivos. Los flashes empiezan a llover. Esa foto será la más usada por la prensa en los años venideros y yo la recordaré siempre como el momento previo a convertirse en lo que luego serían. Está en la contraportada del libro de Crónicas. La miro de tanto en tanto y recuerdo lo puros y auténticos que eran, cuando todavía no podían ser realmente conscientes de lo que vendría después, por mucho que lo soñaran. Las giras internacionales, los contratos millonarios, los Grammy, los estadios llenos… Ese día, aún era sólo cuatro roqueros que viajaban en una Transporter azul bebé y que celebraban como el culmen del día que hubiera cachopo en la venta de carretera de turno.

            Después del photocall llega el turno de las mini-entrevistas. Yo los voy siguiendo desde la barrera cautelosa, esperando lo peor. Hasta que empiezan a coger confianza.

          Una neumática reportera a nuestro escocés.

            —Esta noche estamos viendo desfilar por la alfombra roja muchas caras conocidas del mundo del espectáculo, ¿cómo os sentís entre tanta estrella? —pregunta.

            Gael se ajusta el sombrero con los dedos y responde.

            —Como el Epidendrosaurus en el Jurásico.

            Continúa su marcha. Yo agacho la cabeza sin dar crédito. La reportera mantiene su sonrisa congelada. Siento lástima por ella, porque estará tratando aún de desentrañar de qué demonios hablaba el guitarra; y por mí misma, por saberlo. El otro día nuestro guitarrista me estuvo explicando que el diminuto Epidendrosaurus fue uno de los dinosaurios más pequeños del Jurásico que no pasó a ser ave, sino que siguió siendo un reptil alado miles de años después de que todos los demás lo hicieran. Me sorprende retener esa información cuando creía que haber estado dormitando durante toda la disertación.

            Manu y Dani están descojonándose con las preguntas de Susi Caramelo que no para de tirarles la caña. Les pide que le enseñen sus últimos tatuajes, cosa que ellos hacen de mil amores. Manu se alza la camiseta hasta el cuello y Dani se desabrocha su camisa entera y enseña el torso para deleite de algunos fotógrafos que empezaban a aburrirse.

            Bobby atiende a un medio digital conocido por usar titulares de dudosa autenticidad y sobrada escabrosidad. Me acerco sintiendo un leve pánico, como si de pronto un bebé hubiera tenido acceso al cajón de los cuchillos.

            —Sois los encargados de abrir una gala que se prevé como la más seguida de los últimos años. ¿Qué creéis que un grupo como vosotros puede ofrecer que no se haya hecho ya?

            Esa reportera siempre se ha creído muy mordaz, pero no sabe bien con quién está hablando. Retengo la respiración sin darme cuenta. Bobby se acerca un paso, la mira a los ojos y sonríe. Ella se cambia el micro de mano y siente la repentina necesidad de recolocarse el pelo detrás de la oreja. Bobby dice:

            —Esta noche se va a cagar la perra. Los hombres van a sudar y las mujeres van a gemir. El puto presidente del gobierno se va a empalmar. Vais a asistir al espectáculo más jodidamente excitante de vuestras vidas. Será una orgía.

            La reportera lanza un gritito y se le cae el micro. Yo me echo las manos a la cara. Bobby sigue su camino. Y ahí tenemos el titular de la noche. Por suerte, llega uno de los organizadores para apremiarlos a entrar.

            Los encuentro en la sala de patrocinados, cada uno ya con su cerveza en la mano. Pido una y la apuro en dos tragos.

            —¿Qué, chicos, os habéis quedado a gusto?

            —¿Qué pasa? —pregunta Dani componiendo su mejor cara de monaguillo.

            —No, nada. —Los voy señalando uno a uno—. Respuestas del Trivial más aburrido del mundo, striptease para reporteras cachondas, titulares que parecen anuncios de despedidas de soltero. Una alfombra roja de libro, vamos.

            Gael me pone otra cerveza en la mano.

            —Relájate, nena. Son los Goya.

            Y como si eso fuera una respuesta coherente, siguen a su rollo. Desde luego, no seré yo la que se preocupe por el mañana teniendo barra libre hoy.

            Llega el momento y me dirijo a mi sitio para disfrutar el espectáculo. Cuando todo el mundo ya está acomodado en sus butacas, las luces se apagan dejando el Marriott a oscuras. Tras unos segundos de fru frú de vestidos y alguna tos, un foco empieza a ondear por las gradas dando tiempo a que se haga el silencio. Deambula hasta centrarse en un punto de las escaleras que dividen las filas de butacas. Allí ilumina a Dani. Está sentado en un escalón mirando el suelo. Se ha quitado la chaqueta del traje, lleva la camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho y las mangas fruncidas a la altura de los bíceps. Alza la cabeza y comienza a cantar. La letra es una historia de guerra contada como si alguien de un tiempo futuro tratara de impedir las cosas que sucedieron:

«Al despertar, supe que las cosas habían salido mal

Entre la desolación he encontrado la forma de hacerte ver

Sólo trata de recordar que aquel día en que todo cambió

Te dije lo que necesitabas saber».

            Segundos después, otro foco se enciende en el escenario y Gael, que se ha puesto un chaleco y ha cambiado su fedora por un trilby negro, empieza a rasgar la guitarra. A continuación, otro foco ilumina a Bobby, que luce una camiseta sin mangas y tirantes de colores. Noto su bajo en el estómago, él mira el techo mientras toca. En el momento preciso, un foco mayor deja al descubierto a Manu en su batería, que también se ha limitado a quitarse la chaqueta del traje, dejando a la vista su camiseta negra. La batería comienza a atronar, primero con un bombo que marca el latido del corazón para luego ir subiendo de ritmo e intensidad. Con el imponente sonido de la banda al completo acompañándolo, Dani se levanta y comienza a bajar los escalones acometiendo las subidas de la estrofa con toda la fuerza de sus pulmones. Los tendones de su cuello se tensan y desde aquí puedo ver que tiene la piel de gallina. El resto de focos del escenario se encienden dejando al descubierto un coro situado tras la banda en una grada de cuatro escalones. Arropan la voz de Dani, y ahora es a mí a la que se le eriza la piel. Éste llega al escenario y se contonea al ritmo de la canción, que alcanza su punto álgido en el estribillo:

«Fuimos los hermanos en la trinchera

Seremos los moradores de las tinieblas

No supimos leer las señales del tiempo

Nunca olvides que estuvimos a punto de conseguirlo».

            En ese momento, el coro sube la potencia y la batería se vuelve loca. El recinto está vibrando. Yo tengo el corazón en la boca y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Miro alrededor y veo que todos están en pie y baten palmas al ritmo, la mayoría extasiados. Los que se la saben, corean el estribillo. Bobby recorre el escenario y se coloca junto a Dani. Gael hace lo mismo y los tres juntos cabecean sincronizados consiguiendo que las dos mil personas que estamos asistiendo al espectáculo hagamos lo mismo. Desde mi sitio veo a Luis Tosar y Antonio de la Torre, que alzan las manos. Leticia Dolera lanza un silbido y Maribel Verdú grita como una colegiala. En el interludio de la canción todos los focos se apagan menos el de la batería para que Manu haga su solo. Nuestro peluche entra en trance. Luego se encienden otra vez las luces y entra un nuevo estribillo con toda la fuerza de la banda mezclado con las palmas y coros de la gente. Tiempo para el sólo de Gael, que baja del escenario y se pone delante de la primera fila. Javier Bardem será carne de titular al día siguiente por las caras de gozo de ese momento. Estribillo final apoyado sólo en bombo, coro y dos mil personas dando palmas al unísono. Fundido a negro al acabar abruptamente los casi nueve minutos de canción. La ovación que sigue está cerca de echar abajo el recinto. Pateamos el suelo, gritamos, aplaudimos hasta que las manos nos arden. Se encienden las luces, los chicos saludan y se van, dejándonos la confirmación en el pecho de que hemos sentido el verdadero significado de la música.

            Desde entonces, cada vez que se habla de una actuación en una gala, irremediablemente alguien comenta: «Sí, estuvo bien, pero no fue tan épica como la de Sonder en los Goya».

            Paradas que hacen historia, nos vemos en la próxima: el infierno.

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