Capítulo 27. Paciencia y propósito

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.

             Estamos en Cantabria. No puedo describir lo que adoro esta tierra. En general, me atraen todas las regiones del norte, pero ésta la siento muy dentro. No sé si es el contraste del basto verde con el océano o las vistas apabullantes desde cualquier lugar que te recuerdan que eres un simple mortal, o, tal vez, la ausencia de ruido. A veces, sientes que perteneces a un lugar aunque ese lugar no te pertenezca por nacimiento. El concierto fue ayer en Santander, hoy la tropa ha tenido un par de entrevistas y mañana volvemos a casa. Esta tarde quería salir en un coche alquilado a recorrer los alrededores. De momento, estoy en el hotel dedicando medio cerebro a terminar mi artículo de esta semana y el otro a prestar atención a Bobby. Dani envía emails y también trata de escuchar al bajista. Manu y Gael están durmiendo la siesta, los bastardos. Bobby lleva un rato diciendo cosas como que nunca seremos tan jóvenes. Suelta esas frases, suspira y se queda callado. Y vuelve a empezar. De forma habitual es tan sutil como un escupitajo en la cara, pero hoy me está volviendo loca con los rodeos que le está dando al tema que lo ronda. Nuestro líder, que lo conoce como si hubieran dormido uno encima del otro durante años, no se suele exasperar, pero se nota que va a perder la paciencia unas décimas de segundo después de que yo lo haga. Pienso en las palabras de Allison Pearson: «Paciencia quiere decir esperar un minuto». Lo espero, respiro y luego, elevando la vista del portátil, anuncio:

             —Bobby o dices de una vez de forma expeditiva lo que sea que te pica en ese cerebro de mosquito tuyo, o te aprieto una hostia.

            Nuevo suspiro de Bobby, que juguetea distraído con un boli intentando que se quede de pie, sin tener ni idea de lo cerca que está de que se lo meta por el oído.

            —Vamos a ver, tronco, sintetiza —dice Dani—, ¿qué coño quieres decir?

            —Estaba pensando que la vida pasa demasiado rápido y que no la estamos aprovechando como deberíamos.

             —Aprovechando —repito.

             —Sí, ya sabes, noto que falta algo… Algo más importante… Bah, no sé.

             Finalmente, doy mi concentración por perdida, dejo el ordenador y me centro en el bajista, que hoy parece que tiene el día trascendental.

             —A ver si me aclaro. ¿Quieres decir, Bobby, querido, que ser una estrella de rock, tener suficiente dinero para no tener que preocuparte más en tu vida, follarte todo bicho viviente que se te ponga a tiro, sea del sexo o la especie que sea, y conocer a gente como Fat Boy Slim no es suficientemente excitante para ti? ¿Es eso?

             Dani cabecea como dándome la razón sin dejar de teclear en su ordenador. Bobby me mira como si fuera una niña pequeña que no entiende las cosas de los mayores.

             —Es que debe de haber algo más…

           —¿Sabes qué? —añado levantándome—. Demasiado existencialista para las cuatro de la tarde. Voy a echar un meo.

             Dani levanta la mirada de la pantalla.

             —¿Podrías comportarte como una chica alguna vez?

             —Cómeme la polla.

             Al alejarme, murmura:

             —Por preguntar…

             Cojo el coche de alquiler y me pierdo por los caminos que atraviesan Laredo; después, rodeo las Marismas de Santoña. El verde me satura las pupilas y me llena de amor por estas tierras norteñas. Llego justo para el atardecer a la playa de Langre, donde me quedo un rato observando el océano y sintiéndome muy pequeña. Sin querer, viene a mi memoria los versos del poema de Poe, Anabel Lee: “En aquel sepulcro junto al mar
En su tumba junto al mar ruidoso”. Pero siempre lo hacen en forma de canción por culpa de Radio Futura. Es entonces cuando las palabras de Bobby vuelven. Aprovechar la vida. ¿Qué es, en realidad, aprovechar la vida? Sin querer, me pongo a pensar en la mía propia. En principio, mi proyecto vital va como debería. Escribir y que me paguen por ello era a cuanto aspiraba. Fama y reconocimiento son daños colaterales que no me mueven en absoluto. Qué le vamos a hacer, en el fondo no soy más que una hippie sin la más mínima pizca de ambición por dentro. La música y la escritura son mis dos grandes amores y como cronista musical los satisfago por entero. Por lo demás, tener lo suficiente para sufragarme unas cervezas y contar con los dedos de la mano las verdaderas amistades suponen mis únicas motivaciones. Si el hilo de pensamiento de Bobby tenía alguna coherencia, lo que es mucho pedir, se supone que pasamos un breve momento en este mundo y nuestro deber es exprimirlo. Omar Khayyam lo expresó en un poema: «Nuestra única posesión es el instante». Ahora, el anormal de Bobby me hace plantearme qué voy a hacer con mi instante.

             Cuando vuelvo al hotel, me encuentro a la tropa en el dormitorio, tirados en diferentes posturas, viendo la enésima reposición de Esta casa es una ruina. Entro en el momento de la escena de la bañera y los cuatro se ríen como hienas acompañando a Tom Hanks. Paso por delante del televisor.

             —¡Eh!

             —¡Aparta!

             —¡Que la carne de burro no se transparenta!

             —Bravo, Manu —comenta Gael—. Los noventa quieren que les devuelvas la frase.

             Me tumbo boca abajo a los pies de la cama a ver la película y de vez en cuando le meto el pulgar del pie a Manu en la oreja, que me aparta con la paciencia de los árboles. Pero mi cabeza sigue dándole vueltas al mismo tema. Cuando la peli termina, anuncio:

             —Chicos —digo—. Bobby tiene razón.

           El interpelado está tirado en la alfombra. Se sienta y mira alrededor asustado.

             —¿Qué?

            —¿Ya has estado bebiendo? —pregunta Dani—. Tronca, te dije que esperaras a que se pusiera el sol, por lo menos.

             —No. —Con la barbilla apoyada en las manos me dirijo al bajista—. ¿Te acuerdas de lo que has dicho antes?

             —¿Lo de que si cuando sea viejo me colgarán tanto los huevos que podré saber la temperatura del agua del váter?

             —Justo antes de eso. Lo de que no estamos aprovechando la vida como deberíamos. Ya sé a lo que te refieres.

             —¿Lo sabes? —pregunta Bobby, no muy seguro de estar al tanto de la conversación.

             —Sí, creo que sí. A ver. Tenemos amigos, nos dedicamos a lo que nos gusta, tenemos éxito… ¿Qué falta para ser feliz?

             —¿Te refieres a lo que dijo Seligman? —interviene Gael.

             —Exacto.

             —¿De qué coño habláis? —pregunta un mareado Manu.

             El escocés, desde su butaca, pone su tono de profesor de universidad.

             —Seligman es un psicólogo que enunció los cinco tipos de felicidad: emociones positivas, compromiso, relaciones, propósito y logros.

             Me incorporo, adopto la postura del loto y empiezo a enumerar con los dedos.

             —Está claro que tenemos un buen montón de emociones positivas cada día. Esta gira nos está dando algunos de los mejores momentos de nuestras vidas.

            Todos asienten.

             —Tenemos un firme compromiso, cada uno con nuestras carreras. Más o menos todos tenemos relaciones afectivas y efectivas. Y estamos consiguiendo grandes logros en nuestras vidas. ¿Qué falta, pues? El propósito.

             —El propósito —repite Bobby.

             —El propósito —repite Manu.

             —El propósito —repite Dani.

             —¿Estáis gilipollas? —pregunto de forma retórica—. Sí, el propósito. Significa tener algo que le dé sentido a tu vida más allá de uno mismo. He estado pensando que quizás la vida puede tener apariencia de vacía mientras uno no encuentre el propósito, una razón que te haga sentir parte de todo. Y eso vale por cualquiera, yo incluida.

             —¿Todo eso te lo he hecho pensar yo? —pregunta Bobby.

             Asiento.

             —Uf, me pone cachondo. Creo que soy sapiosexual.

             —Imbécil es lo que eres —apunto.

             Al día siguiente, salimos para Madrid. En dos días será el fin de gira en el WiZink, pero antes nos esperan veintiséis entrevistas. Digo veintiséis porque las he contado, y digo nos porque ahora resulta que yo también tengo que participar. Me he resistido como un gato panza arriba pero Luis, el mánager de la banda, que no me tiene mucho aprecio, y mi editor, que si me lo tiene pero le pueden las ganas de putearme, se han confabulado y no me han dejado escapatoria. Muchos de los entrevistadores son conocidos de la profesión. Nos solemos ver en este tipo de entrevistas tipo junket.  Aunque yo no estudié Periodismo, llevo tanto tiempo en esto que los considero compañeros. Si llego a estar más incómoda, me saldrá una hernia. Responder a preguntas del tipo «¿Cómo llevas el repentino éxito de estas Crónicas?» o «¿Esperabas esta acogida por parte de los fans?» hace que me suba la bilis. No sé qué responder, no me importa un carajo. Sólo quiero seguir escribiendo y pillarme una curda un martes sin que se entere mi madre.

           Al final del día, cuando creo que saltar por la ventana de la suite de la novena planta del hotel Villa Magna donde nos están entrevistando es la auténtica solución a mis problemas, una pregunta me noquea.

             —Quería saber qué tengo qué hacer para ser como tú.

             Me la ha hecho una becaria que trabaja para una revista digital llamada Sintonizando. Los chicos se giran cautelosos para mirarme, esperando, quizás, que se desaten los infiernos. A Dani se le escapa una sonrisa por la comisura.

             —¿Perdona? —pregunto.

             La chica, que apenas ha debido de cumplir los veintiuno, se ajusta las gafas y recoloca su libreta sobre las rodillas.

             —Acabo de terminar Periodismo y llevo siguiendo las Crónicas desde el principio. He buscado todos tus artículos y me fascinan. Estaba superdecepcionada con la carrera porque no sabía de qué quería hablar, pero he decidido que quiero ser cronista musical. Verás, lo que haces es una pasada. Sé que tú estudiaste Filología, pero quería saber cómo se llega a tener los conocimientos musicales que tienes. Y esa forma de contar las cosas… Es como si uno estuviera ahí, oyendo los conciertos, sintiendo la música.

             Por un momento, me quedo boqueando. Gael carraspea sacándome de mi catatonia. Trato de hilar pensamientos coherentes para esa mirada anhelante.

             —Verás, no sé qué decirte. —Me rasco el antebrazo que, en realidad, no me pica—. La música es mi medio ambiente. La oigo, la respiro, la siento. Si tengo esos conocimientos de los que hablas, cosa que vamos a poner en salmuera, ha sido por ósmosis. Supongo que, si encuentras la motivación, tienes la mitad del camino hecho para poder contar las cosas. En cuanto a la forma de escribir, para eso no hay manual. Encuentra tu pasión y ella hablará por ti. Estos imbéciles, —señalo con el pulgar a la tropa; Dani chasquea la lengua—, para mi eterna sorpresa, me han apasionado. Lo que hacen, lo que son, tenía que ser contado. Su historia ha pasado a través de mí, eso es todo.

             La becaria asiente extasiada y sigue con sus preguntas. No puedo creer que esas palabras hayan salido de mi boca. Hace unos meses yo misma estaba pensando que ya no me motivaba escribir de música. Todo me aburría, me parecía que ya lo había visto y narrado una y cien veces. Pero llegaron ellos y lo cambiaron todo. Me hicieron recordar que la música es algo más que un trabajo. Escribo sobre ellos, pero escribo sobre mí y sobre el poder de la música para sanarnos. Miro por el rabillo del ojo y veo que Manu se está enjugando una lagrimita. Oigo a Bobby sorber por la nariz. Panda de capullos sensibleros…

             Media hora después, cuando el último periodista se ha marchado, nos tiramos en los sofás, absolutamente derrengados. Dani, que está a mi lado, alza el culo para sacarse el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y me dice:

             —Echa un vistazo a esto.

             Es una colección de tuits que el pequeño dictador tiene guardados.

             «Sonder son la razón por la que mi hijo empezó sus estudios de batería. Hoy todavía lloro cada vez que lo veo subido a un escenario y sólo puedo pensar que es gracias a vosotros».

             «La banda que hizo que dejara el andamio y persiguiera mi sueño. Vuestras letras cambian vidas. Gracias, chicos».

              «La inspiración de vuestras canciones fue el detonante de mi propio camino. Influencia tiene un nombre: Sonder».

             —Qué bonito.

             Y lo digo en serio.

             —Sí que lo es. Ahora mira estos.

             «Si algún día puedo narrar un concierto como ella, seré feliz. Mientras, sigo escribiendo y viviendo la música a través de sus palabras».

             «Leer Crónicas, flipar, sentarme a escribir y descubrir que he nacido para esto. ¿Se puede simplemente, dar las gracias a quien te cambia la vida o hay que entregar a tu primogénito en sacrificio?».

             «Las personas que hacen cosas como estas son como los profesores que nunca olvidas porque te marcaron el camino».

             —¿Pero qué coño es esto? —pregunto.

             —Sólo una muestra. Deberías abrir de vez en cuando tu Twitter, lady writer.

             Noto un nudo en la garganta. Lo miro y me cruzo de brazos sabiendo que lloraré de un momento a otro.

             —¿Esto es verdad?

             Dani me pone la mano en la rodilla.

             —¿Te vale como propósito?

             Pongo mi mano sobre la suya y asiento varias veces. Me vale. Parece que mi instante tiene su razón de ser, después de todo.

             ¿Me acompañáis en la última parada? El infierno

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