Capítulo 28. Fin de fiesta

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.

            Llegó el momento. El final de casi tres meses de gira, unas cuarenta ciudades, miles de espectadores, cientos de kilómetros y el rock por bandera. Definitivamente, Sonder no son los que eran cuando salimos ese tres de julio de este mismo lugar. Ahora, cuando Dani entra en una sala se puede oler en el ambiente el tufillo a: «Oh, es él». El disco Difícil de encajar les ha colocado en una posición número uno histórica en las listas de ventas, de dónde no hay forma de bajarles, y la gira No hay lugar ha batido récords de asistencia. Pero más allá de eso, se ha producido un cambio. Puedo ver en ellos un sentido de trascendencia que no estaba allí cuando partimos. ¿Han madurado? Eso es mucho decir,  siempre serán unos capullos, pero ahora son más conscientes de sí mismos y de lo que les queda por recorrer. Dani siempre ha sabido a dónde se dirigía y los demás lo seguían cegados por la devoción, pero, ahora que lo viven, veo que lo están asentando con pasmosa gravedad. Yo tampoco soy la misma. Crónicas de una gira es uno de los diez blogs más leídos del país y un par de editoriales no dejan de darme la matraca. Pero mi cambio ha sido vital, interior. He renacido en mi pasión. No creí que fuera posible recuperar mi entusiasmo y volver a disfrutar y, sin embargo, ha sucedido.

            Así que con todo este bagaje llegamos un poco desbordados a este final de gira. Además es el WiZink y eso impone que te cagas. Se han colocado una docena de cámaras para grabar el que se prevé será el evento del año. Antes de los conciertos me suelo colocar a un lado del escenario y tomo notas hasta que ellos aparecen. Luego, cuando empiezan, a veces me quedo allí viendo las caras de la gente y a ellos moviéndose por la tarima y otras veces bajo al foso para hacer fotos. Algunos días me meto entre el gentío para vivir lo que el público vive y sentir sus emociones. Pero hoy el pequeño dictador me manda a buscar para que vaya al camerino.

            Al entrar encuentro a la tropa reunida en actitud de oración. Entre los cuatro no suman un gramo de cristianismo, así que pregunto quién ha muerto.

            —Nadie —dice Dani—. Ven, siéntate.

            Me señala la única silla vacía. En el camerino está también Nachete, el jefe de sonido que lleva todo el verano con nosotros, Luis, el mánager de gira, Paco, el representante del grupo, el fotógrafo que nos ha acompañado en algunas ciudades, varias personas de la oficina y otros cuantos técnicos. Unas quince personas llenan cada rincón del camerino. Algunos están de pie: unos, apoyados en la pared, otros, con las manos cogidas por delante. Como en un funeral.

             Tomo asiento.

            —En serio —digo—, si le ha pasado algo a mi madre, me lo dices ya, que luego la carretera se pone imposible…

            Dani se pinza el puente de la nariz como el profesor más hastiado del instituto.

            —¿Te quieres callar un momento, tronca?

            Manu me recoge los hombros y me aprieta en un semiabrazo. Luego me suelta. Gael tiene una mirada soñadora y a Bobby se le pone una sonrisa que conozco muy bien. Me espera pasar vergüenza. Él sabe que odio ser el centro de atención.

            Dani comienza la homilía.

            —Este es el último día de la gira y el primero de nuestro futuro. Ya sabéis que siempre reservamos estos momentos para concentrarnos los cuatro solos, pero hoy es un día de agradecimiento. Somos arquitectos de nuestro éxito y todos los que estáis aquí lo habéis hecho posible. La gira ha sido tal y como debía ser gracias a todos vosotros, que habéis hecho vuestro trabajo. Lo que nos espera ahí fuera es antológico. Vamos a hacerlo como siempre, con profesionalidad, pero hoy lo vamos a disfrutar como lo que es, un regalo. Quiero que cuando estemos allí arriba miréis alrededor y seáis conscientes de que a partir de ahora nada será igual, que sois partícipes de algo grande. Estoy muy orgulloso de todos vosotros y de pertenecer a esta familia.

            Empiezo a sentir que me sube por los pies la corriente de solemnidad hermanada que se está creando. Dani sigue haciendo mención al trabajo de cada uno y, entonces, alza los ojos y éstos se ablandan al mirarme.

            —Hoy también es un día para hacer mención especial a la tocapelotas oficial de la gira. La que nos ha acompañado en este viaje hacia nosotros mismos. Eres la que ha conseguido que esta vez Bobby no acabe en algún calabozo de Orcera. La única capaz de seguir las disertaciones de Gael y, además, enterarse de algo. La que ha cuidado de que a Manu no se lo comiera ninguna groupie y pudiera así conocer a su hija. Y la que, de algún modo que aún no comprendo, ha sabido mantener mis demonios a raya. Has sacado de nosotros lo que ni siquiera sabíamos que teníamos. Nos has inmortalizado escribiendo esta historia y lo que pase a partir de ahora, será parte de tu legado.

            Estoy tan incómoda como se puede estar sin tener clavos ardiendo en el asiento, así que agacho la cabeza esperando que esto acabe antes de que el rojo de mis orejas alcance mi cara. Dani añade:

            —Después de todo, fue una buena idea subirte a esa Transporter.

            Alzo la cabeza sorprendida; miro a los cuatro, uno a uno. Han cambiando; son los mismos. Claudico con un asentimiento y aparto una estúpida lágrima de mi cara.

            Nuestro líder se pone en pie y da una palmada rompiendo la solemnidad.

            —Bueno, y ahora vamos ahí fuera a hacer lo que sabemos ¡Vamos!

            Bobby lanza un vítor y todos aplaudimos y silbamos. Los demás salimos al pasillo y dejamos que los cuatro hagan su saludo tribal. Luego, visiblemente emocionados, nos dirigimos cada uno a nuestro puesto de trabajo. Yo me instalo en mi lateral del escenario. Bobby, Manu y Gael toman posiciones en sus instrumentos. Dani se coloca justo detrás de mí mientras se pone el auricular y observa al público por encima de mi hombro.

            —Sabes meterte bajo la piel, lady writer. Disfruta del espectáculo.

            Me aprieta la cintura, me deja un beso detrás de la oreja y sale en carrera al escenario entre los gritos desaforados de nueve mil personas.

Tomas Robertson

            La adrenalina se dispara con el tema con el que siempre comienzan, Los que vienen, una reivindicación en forma de ópera góspel a aquellos que hacen las cosas diferentes. Esta noche están presentes todos los artistas que han colaborado en este disco y algunos de los que lo han hecho en los tres anteriores. La voz de India convierte el tema Pasillo al rencor en un himno. Pablo López los acompaña con su piano, que se ha colocado expresamente para él, en Bailes de venganza. Carmen Boza electrifica el ambiente con su guitarra y Miguel Poveda nos devuelve la cordura arrullándonos con una nana. Siguen así durante casi tres horas. Dani recorre pletórico el escenario, lugar para el que ha nacido y que llena con su sola presencia. A mitad del concierto se desabrocha la camisa y abre los brazos provocando el delirio entre el público. Gael se arrodilla al borde de la tarima en su solo de guitarra y cientos de manos se elevan para asirlo. Bobby baila con los ojos cerrados aferrado a su bajo, la cara elevada al cielo, poseído. Canta dejándose al alma. Manu hace atronar la batería desde su atalaya particular como un Zeus omnipotente. Casi al final, Dani anuncia un adelanto del siguiente disco y la masa enfervorece. Bajan las luces y Gael comienza los primeros acordes de La balada más bonita del mundo. Yo noto el escozor de las lágrimas. Es la segunda vez que la tocan en público y la acogida supera todas mis expectativas. Las parejas se entrelazan, los móviles se encienden en una constelación y, al terminar, la ovación hace temblar el recinto. Observo a los chicos y ellos se miran unos a otros saboreando el momento. Hacia el final, antes de acometer el último tema que es el segundo bis, Dani se pone en el borde del escenario para hablar. Se acerca mucho el micro y su voz cavernaria resuena en todo el pabellón.

            —Esta noche es muy especial para nosotros, pero sois vosotros los que estáis haciendo que resulte inolvidable. Hemos hecho un largo camino hasta aquí, pero no es el final. En realidad, es el principio. No os voy a dar las gracias porque me sabe a poco. Sólo os voy a decir … ¡nos vemos en la próxima parada! ¡El infierno!

            Su grito se funde con el del público que ha estallado histérico. Se gira y me señala. Yo lo señalo a él notando el pecho hinchado de orgullo.

            Empiezan los primeros compases de su canción de despedida: Buenos tiempos para la sabiduría. Antes de irse, llaman a todos los artistas que han pasado por el escenario y juntos saludan al público. Luego se quedan solos los cuatro para despedirse de las miles de personas que siguen gritando mucho tiempo después de que se hayan ido.

            Todavía hoy puedo oír sus gritos. Todavía hoy puedo oírlos…

            Esta ha sido la última parada: el infierno.

Hasta siempre.

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