Capítulo 3. La balada más bonita del mundo

(Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo)            

 

           Hoy Dani ha compuesto una canción en la piscina. Es la primera vez que veo a la inspiración golpear a alguien. Estamos en Valencia. El hotel tiene una azotea con zona chillout y una pequeña piscina que disfrutamos como guarros en una charca. Hay hoteles y hoteles. Algunos son cajas de cemento impersonales y otros son anacrónicos mausoleos de los setenta. Éste nos hace recordar aquellas vacaciones de verano en las que no teníamos obligaciones ni horarios; esa época en la que la piel caliente por el sol y el olor del bronceador eran más que sensaciones; eran estados de ánimo. Durante la gira, hay días en los que la carretera pesa; otros en los que algo sale mal y todos se ponen de mal humor; y hay otros días en los que, simplemente, te alegras de estar aquí. Hoy es uno de esos. Un remanso de paz. Anoche la tropa arrasó en la Repvblica delante de mil quinientas personas. Robe Iniesta, que fue una de las colaboraciones del disco anterior, Días del mañana, se pasó por ahí y la gente se volvió loca. Mañana pondremos rumbo a Murcia, pero eso será mañana. Hoy tenemos el día libre. Mi artículo ya descansa en la bandeja de entrada de mi editor. Tengo el cuerpo de jarana, así que Manu y yo tenemos planeada para esta noche una inmersión (a ser posible etílica) en el barrio del Carmen, zona que nuestro batería conoce bien de su época universitaria. Mientras, dejamos pasar perezosos las horas en la piscina.

            Nuestro líder está tumbado en una hamaca tratando (inútilmente, a mi parecer) de broncear su fantasmagórica piel cuando, de pronto, se levanta como un resorte para buscar en la mochila su inseparable libreta. Bobby está en la hamaca de al lado con los cascos puestos. Yo estoy en la hamaca contigua y los Guns N´ Roses y su solo de guitarra de November Rain llegan hasta mí. Cuando Dani salta como un pequinés, Bobby se derrama media caipiriña en el bañador y suelta un «¡Mecagüenlahostiaputa!». Dani, haciendo caso omiso, coge la guitarra, se sienta en el borde de la piscina lo más alejado posible y se pone a escribir. Gael está acostado en un donut gigante que flota dentro de la piscina, con su sombrero sobre los ojos y otra caipiriña en la mano. Observo a nuestro guitarrista bajo el ala de mi propio sombrero de paja y veo que no le hace demasiado caso a nuestro líder, así que pienso que debe de ser algo habitual. Doy un sorbo a mi cóctel y me doy cuenta de que todos tenemos una caipiriña en la mano. El camarero que hay detrás de la barra situada en la esquina de la azotea está trabajando sólo para nosotros. Manu dormita en otra hamaca como un oso en enero. Me vuelvo a enfrascar en La sonata del Gringo y las peripecias de esta guitarra Black Beauty, que, a estas alturas, ya ha conocido a Joe Strummer, de los Clash.

            Al cabo de media hora, Dani, con el cuello algo chamuscado y una mirada enloquecida que ya empiezo a conocer, se acerca y dice con esa voz que bien le valdría un puesto como locutor de radio:

            —Gael, coge la guitarra. Lo tengo.

            Se hace un silencio de catedral. Entonces el profe empieza a vadear como un cetáceo hasta el borde de la piscina y juntos entran en el hotel. Miro a Bobby, que me hace un gesto de asentimiento por detrás de sus gafas de sol. Dani y Gael se van. Bobby me cuenta después que cuando Dani dice: «Lo tengo», es algo gordo. La última vez que lo dijo fue con el segundo sencillo del disco actual, Balas. Resultó número uno de ventas nada más salir y se mantuvo ahí varias semanas. También ganó el 40 Music Adward a la mejor canción nacional. Los once millones de visitas de YouTube siguen siendo el récord de la banda.

            Dani y Gael han pasado el resto de la tarde encerrados en la habitación. Bobby, Manu y yo hemos intentado entretenernos jugando al Uno, pero estamos intranquilos y las trampas de Bobby me han sacado de quicio. He tenido que pegarle. Me duele más a mí que a él, pero ya sabe que no se me hacen trampas. Se ha disculpado. Están nerviosos. Saben que lo que se trae Dani entre manos puede cambiar el curso de la banda porque ya lo ha hecho antes. Hace diez años que tocan juntos y todo ha sido una escalada ascendente y progresiva desde el punto anterior. Desde el día que Dani los reunió a todos con un disco ya casi ultimado en su cabeza.

            Bobby se cruje los nudillos sin parar y hace sombra en el aire como un boxeador espídico. Lleva puesta una camiseta de tirantes con la que me recuerda a un desquiciado Edward Norton en American History X. Manu ya se ha dejado las uñas al ras, así que se dedica a hacer bailar una baqueta entre los dedos. Al cabo de quince minutos le digo en tono tranquilo que, o la deja en la mesa, o tendrán que extirpársela del culo. Es el narrador del grupo, así que le pido que me cuente batallitas para pasar el rato. Así me entero que Gael es medio escocés por parte de madre. Nació en Stirling, ciudad natal también de su madre, aunque se vino a España cuando era niño. Su padre, ya fallecido, era agregado cultural en la embajada española. Cuando estuvo destinado en Londres, conoció a su madre, que estudiaba Historia del Arte. Debido a la ocupación de su padre, Gael ha viajado por todo el mundo y ha recibido una educación privilegiada en algunos de los mejores colegios del mundo. Al fin, esa sapiencia que desborda y esa barba pelirroja adquieren todo su significado. Mi imaginación no tarda en elaborar un relato que lo ubica en las Highlands, oteando el horizonte ataviado con su tartán y, debajo, sus partes al vuelo. Recito:

            —«Todo lo que ven tus ojos, mi joven dama, son mis dominios desde tiempos ancestrales». «Oh, mi druida, seré tan feliz aquí sirviéndote y pariendo hijos fuertes y pelirrojos».

            Bobby se mea.

            Después de cenar, ya en la habitación, Gael le dice a Dani: «Enséñasela». Miro alrededor esperando, pero por una vez no hay chistes. Nuestro amado líder es un maníaco del control, así que no le gusta mostrar las canciones hasta que les ha dado unas cuantas vueltas; y con unas cuantas vueltas me refiero a cientos de ellas. En realidad, tiene un trastorno obsesivo compulsivo diagnosticado del que nos cachondeamos siempre que tenemos oportunidad. Eso significa, por ejemplo, que no nos podemos ir del hotel de turno hasta que ha cerrado todas las ventanas, puertas de armario y cajones de todas las habitaciones en las que hemos estado; pero también que en sus canciones no hay nada al azar. Para él todo tiene que llevar una precisión milimétrica. Si unimos esta minuciosidad a la violencia desgarradora con la que compone, llegamos a comprender la dimensión de su música.

            En una ocasión le pregunté a Gael por qué, si el verdadero entendido en música era él, todo el peso de las composiciones recaía en Dani. Me respondió:

            —Yo sé ejecutar música y componerla matemáticamente, pero comprender qué es lo que perturba el alma sólo está al alcance de unos pocos. Este cabrón es uno de ellos.

            Así que esta vez, ante la petición del guitarrista, nuestro líder asiente. Gael coge entonces la guitarra y, tras un breve silencio, empieza a tocar en una tonalidad menor con acordes disminuidos que nos ponen al instante la piel de gallina a todos. El ritmo es lento y potente Al cabo de un rato, Dani arranca la primera estrofa con su voz de barítono y se crea un ambiente litúrgico. El aire se vuelve denso. Yo estoy de pie y me siento. La historia que empieza a contar evoca el vértigo de caída libre que se produce cuando le dices a alguien te quiero por primera vez y te sientes morir un poco. El estribillo entra con fuerza sacando notas de su garganta que yo no sabía que tenía. El tiempo se detiene en un momento sacrosanto. Entra la segunda estrofa y se desgrana una historia que te parte en dos.

«No es posible llegar a este punto

Sin romperte los huesos de nuevo

Nunca quise llegar el primero

Pero la historia la cuenta un difunto»

            Luego viene un puente dramático, dos estribillos más y final asimétrico y abrupto, muy al estilo del grupo. Ahora que sé un poco más de producción musical, puedo imaginar el resultado final: cuerdas, seguramente, y la batería de Manu atronando. Gael y Dani producen sus propios discos casi desde el principio y últimamente se nota la influencia de Daniel Lanois, productor que le dio a U2 el sonido que marcaría el antes y después con Josua Tree, muy amigo de crear atmósferas densas y etéreas utilizando reverberaciones muy poderosas en los instrumentos. Los chicos nacieron del hardcore, pero en su evolución hacia otros estilos muchas de sus canciones han acabado teniendo ese sonido atmosférico y de ritmo sincopado. Cuando suenan las últimas notas, que mueren con el susurro agónico de Dani, me doy cuenta de que mi garganta está oprimida por el nudo más grande que he tenido en mi vida. Miro a Manu y lo veo enjugarse una lágrima furtiva. Bobby sólo asiente con los ojos cerrados. Nuestro bajista ya no tiene capacidad de sorpresa porque conoce a Dani desde los siete años, pero sí de admiración y esa no conoce límites. Gael deja con cuidado la guitarra apoyada a un lado de la butaca y lanza un hondo suspiro. Dani se pasa las manos por el pantalón y asiente con la mirada baja, quizás consciente de sí mismo.

            Conocía y admiraba a Sonder antes de embarcarme en esta gira infernal. Sabía que tienen temas que te tocan en sitios muy profundos y que, dependiendo del tiempo vital en el que los escuches, te pueden llegar a influenciar de por vida. Este tema va a ser uno de esos. Es tan dulce y desgarrador a un tiempo que las lágrimas se confunden; es la fragilidad que se produce al morir dentro del amor.

            En este momento, la imagen que me había formad de ese pequeño y talentoso dictador adquiriere una nueva capa: la de puto genio.

            —¿Normalmente sueles cagar esas obras de arte así, en media hora? —pregunto.

            Él sonríe.

            —No. Hay veces que me lleva días.

            En fin… Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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