Capítulo 4. Haciendo ejercicio

            La vida en la carretera puede pasar factura, no sólo psicológicamente por tener que pasar tanto tiempo con esta panda de descerebrados, sino también físicamente. La furgo te deja hecho una alcayata. Además, los conciertos producen unos picos de adrenalina muy fuertes y, al día siguiente, la tropa tiene un bajón considerable. Por no hablar de la mierda que comemos en carretera. Por no hablar de la ingesta de alcohol. Por no hablar del sexo que, no me preguntes por qué, en la vida disoluta de los músicos surge con facilidad. Como escritora de gira no me quejo tampoco. Se conoce mucha gente. Y, a veces, el sexo se puede considerar ejercicio, pero otras no, así que hay que cuidar el cuerpo de alguna forma. Nunca he sido amante del deporte, pero cuando llega el momento en el que se te acaban las excusas tienes que plantarle cara a la gravedad y al anquilosamiento. Siempre y cuando no tenga resaca, salgo a correr por las mañanas. Dani prefiere hacerlo por las noches antes de los conciertos.  Se pone disco antiguos de Manowar, sus cascos y recorre la ciudad en la que estemos dejando que los nervios se diluyan en el sudor. Gael no haría ejercicio ni aunque le pagaran. De hecho, dice que le gustaría que la gordura fuera contagiosa para ponerse en la puerta de un gimnasio y abrazar a todos los musculitos que salieran. También sostiene que hacer deporte entraña muchos riesgos cardiovasculares como arritmias o enfermedades coronarias. Según él, la OMS no recomienda más de setenta y cinco minutos de ejercicio aeróbico a la semana.

            —¿Y cuándo te has acercado tú a hacer setenta y cinco minutos de ejercicio a la semana? —pregunta Bobby.

            —Mejor pecar de defecto que de exceso —apunta el guitarra.

            A pesar de ello, mantiene una fuerza muscular extraordinaria, no sabemos cómo.

            Manu está en ello, pero no tiene fuerza de voluntad. Lo ha intentado todo: pesas, ciclo, boxeo, natación… Nada. Mira su barriga con melancolía y desea un milagro que le permita seguir comiendo Tigretones (que aún encontramos en las gasolineras) sin que le pase factura. Cuando no está de gira, Bobby boxea en el gimnasio de su barrio. Es ese tipo de gimnasios dónde aún puedes oír el rechinar de las botas en la lona del ring y el sonido de la campana cada tres minutos. Ese donde el olor a sudor es una institución. Estuvo federado e incluso llegó a profesional. Dejó de pelear a los veinticinco años quedando invicto. Quince peleas, once por nocauts. Pero el boxeo no da pasta, dijo. Que haya terminado ganando dinero con la música (mundo en el que la mayoría se muere de hambre) no deja de ser paradójico. Cuando está en carretera, se mantiene haciendo ejercicios de suelo pliométricos. Es capaz de hacer el pino, flexionar los brazos hasta tocar con la barbilla el suelo y después volver a elevar su cuerpo. Es fascinante. Me puedo pasar horas mirándolo. Parece mentira que su cabeza esté tan desordenada y su cuerpo tan ordenado. Bajo los tatuajes, todos los músculos  están en su sitio. Supongo que en los demás también, pero la diferencia es que los de él son visibles.

Hoy estábamos en el ascensor subiendo a la habitación cuando le he sugerido que empiece a hacer yoga. Se lo he propuesto tras su último arranque de agresividad. Bobby es un tipo temperamental y poco dado a esquivar los conflictos. Este hecho que, por lo general, no me molesta en absoluto, puede ocasionar en ciertos momentos retrasos o trámites policiales tediosos. El episodio de hoy ha sucedido en el veinticuatro horas al que hemos bajado a comprar patatas fritas y coca-cola para subirlas a la habitación. Estábamos esperando para pagar, cuando un tío ha intentado colarse. Le he indicado, con una educación de colegio de pago al que nunca asistí, que nosotros íbamos antes.

       Me ha llamado puta cansina. Mientras preparaba una réplica cáustica he notado que Bobby empezaba a parpadear de una forma que empiezo a conocer y a temer a partes iguales. Es una expresión que contiene toda la simple y profunda naturaleza de nuestro bajista: tolerancia cero con los gilipollas.

       —Discúlpate —ha dicho.

       El tío lo ha mirado de reojo, cometiendo un error de cálculo.

       —Cuando me coma los cojones.

       Respuesta incorrecta. No me preguntes cómo porque no lo sé muy bien, el tío ha acabado corriendo calle arriba y chillando con las manos en alto. Por lo que sea. La cajera, cuando se ha repuesto del susto, nos ha dicho que no nos cobraba las patatas si no volvíamos más. Lo más curioso es que Bobby ni siquiera le ha puesto la mano encima al tipo.

       —¿Y esa mierda va bien? —me pregunta peinándose las cejas en el espejo del ascensor.

       Me encojo de hombros.

       —A mí me ayuda a no ahogaros por la noche con una almohada.

       El asiente pensativo.

       —Probemos.

       Así que aquí estamos, a la una de la mañana, yo en pantalones de yoga y Bobby en calzoncillos, muy atento a mis indicaciones. Dani y Manu están sentados en la cama comiéndose nuestras patatas fritas y observando la escena con interés. Gael se ha ido a su cuarto hace un rato refunfuñando que él quería «ver Kill Bill, coño». Tras unas respiraciones guiadas empezamos, con el saludo al sol y algunos estiramientos de hombros y espalda. Nuestro bajista me imita obediente. Se le da muy bien ejecutar los movimientos, pero con la respiración tiene problemas. Se dedica a resoplar como un caballo.

       —Inspira —entono con cadencia reposada—, alza los brazos. Espira, bajamos hasta tocar la punta de los pies. Inspira, arriba, estira toooodo el tronco. Espira, inclinamos hacia delante. Baja la cabeza.

       —Me estás volviendo loco con tanto inspira y transpira —masculla hacia sus rodillas.

       —Cállate. Inspira, subimos. Espira, gira el tronco. Inspira, estira el cuello, la coronilla quiere tocar el techo, torsión.

       Oigo un rebufo de risas desde la cama y les echo una mirada nivel tres. Se ponen súbitamente serios. La última nivel tres a la que no hicieron caso terminó con Manu suplicando por su iPad que pendía de mis dedos sobre la piscina. Los ruegos que se oyeron aquel día no son dignos de una banda de rock.

       —Inspira. Apoya las manos a ambos lados y arriba el culo. Adho Mukha. Recta la espalda. Espira.

       La música de relajación los ha dejado tranquilitos. Hipnotizados, diría yo.

       —Oye, lady writer —dice Dani—, ¿podemos probar?

       Entre los cuatro apartamos la cama e improvisamos una clase conmigo delante como Blancanieves y los tres contorsionistas. Ellos se ponen alienados prestando mucha atención e imitan mis movimientos con irregular eficacia.

       —Sin quitar las manos del suelo, alzamos la pierna derecha, inspira, y giramos el tronco. Elevamos talón izquierdo hasta apoyar sólo los dedos.

       Oigo un batacazo y un «lo siento» amortiguado por la moqueta. Presumiblemente, ha sido Manu. El batería, con su casi metro noventa, no destaca en coordinación. Bobby suspira reprobador. Dani está muy concentrado en la respiración, pero los brazos no le aguantan en la Bakasana, postura que requiere dejar casi todo el cuerpo en el aire. Masculla unos cuantos «joder, ¿cómo coño…?». Tendrá que practicar.

       Finalizamos la sesión sin esguinces.

       —Llegamos a Savasana. Nos tumbamos, brazos un poco separados a lo largo del cuerpo. Deja que la respiración fluya, relaja dedos de los pies, planta, tobillo…

       Seguimos con la relajación guiada hasta llegar a la cabeza. Pasamos unos minutos en silencio sólo escuchando los sikus peruanos y concentrados en la respiración.

       —Listo. Poco a poco, movemos las manos, levantamos la cabeza, tronco, nos sentamos. Ahora de pie, despacio, alargando poco a poco la columna.

       Manu no se levanta. Se ha quedado frito.

            —Joder —dice Dani con la voz pastosa—. Esto es mejor que un porro.

            —Tampoco exageres —dice Bobby.

            Pero desde hace unos días está bastante más tranquilo. Cuando un gilipollas se cruza en su camino cierra los ojos y respira murmurando «Uummm». Eso desconcierta al personal y disuelve el conflicto. Dani, que desde hace tiempo sufre de ansiedad, ha notado una leve mejoría. Manu se siente tan flexible que el otro día en la playa creyó que podía abrirse de piernas y nos hizo una demostración. No podía. Entre los cuatro no fuimos capaces de levantarlo. También porque, si te estás partiendo el culo, tienes menos fuerza. El caso es que ahora cada día me toca mover los muebles de las habitaciones para ponernos los cuatro a hacer contorsiones. Gael nos mira y sacude la cabeza como si ya hubiera perdido el último atisbo que le quedaba de fe en la raza humana. A veces, el hotel tiene zonas verdes o azoteas que podemos aprovechar para tener más espacio. Se han comprado cada uno una esterilla y una barra de incienso, aunque les he dicho que eso último no hace falta y que nos vamos a ahogar. Han mejorado en las contracturas y en los arranques de violencia casi en la misma proporción.

            Eso sí, los chicos me han suplicado que, sólo por esta vez, no escriba en las Crónicas nada sobre nuestras sesiones de yoga. Creen que eso arruinaría sus estatus de estrellas del rock drogadictas y fuckers. Yo les aseguro muy seria que jamás haría algo semejante. ¿Por quién me han tomado?

            Chicos, si no sabéis nada de mí, buscadme en la siguiente parada: el infierno.

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