Capítulo 5. El ex-novio

            Hoy me he encontrado con mi ex-novio. ¿Cuántas probabilidades había? Teniendo en cuenta que estamos en Zaragoza y que los dos somos de Madrid, pocas. Y, sin embargo, ahí está, el muy cabrón. Tan guapo como siempre y mil veces más odiable. Yo estoy hecha unos zorros después de cuatro horas de viaje. Llevo el pelo pegado a la cara por este puto calor y un humor de perros por aguantar a estos mamones, que hoy les ha venido bien ponerse a discutir sobre si Metallica hizo o no hizo nada bueno tras Reload porque Death Magnetic también es una obra maestra. Que si Trujillo fue un antes y un después, que si volver a la afinación de guitarra estándar fue un acierto o un error, que si That was just your life se lleva de calle a Carpe Diem Baby… Cuatro horas de esa mierda. Cuatro horas. Estas Crónicas van a terminar en el Territorio Negro. Pero ahora estamos él y yo cara a cara en la entrada del hotel y no tengo escapatoria. La tropa, detrás de mí; el pasado, delante. Y yo sólo quiero que el suelo se abra bajo mis pies.

            —¡Hola! —exclama, y su voz me llega directa a esa parte del cerebro que se nos debería extirpar después de cada ruptura.

            —Hola —respondo a mi vez, pero como un acto reflejo, no porque lo sienta en realidad.

            Él me da un repaso, al parecer, asombrado; luego mira lo que debe de parecerle un grupo de desarrapados habitantes de las cloacas, y vuelve a centrarse en mí. Yo no muevo ni una pestaña, tratando de salir del trance de sus ojos.

            —¿Entramos o qué? —pregunta Bobby desde la cola—. Se me están cociendo los huevos aquí fuera.

            —Perdona —digo a nadie en particular al tiempo que me echo a un lado.

            Él, educado, me pone una mano en la espalda y se aparta conmigo. Gael me echa una mirada al pasar. Yo asiento. Entran los cuatro.

            —Ahora voy.

            —Qué casualidad —dice cuando nos quedamos solos—. ¿Qué haces por aquí?

            Tardo en contestar porque no puedo creer que me esté hablando con ese tono tan tranquilo, tan informal, cuando lo último que nos dijimos fue «te odio».

            —Trabajando.

            Él mira hacia la recepción alzando su aristocrática ceja, esa que yo solía acariciar los domingos por la mañana.

            —¿Con esos?

            —Es largo de explicar. Soy una especie de cronista en carretera.

            —Entonces sigues escribiendo, ¿no?

            Como si supiera hacer otra cosa.

            —Sí.

            —Genial. —Me mira, y me mira—. Te veo bien.

            Y yo a ti, te veo. Resonancias del pasado, cuando creíamos que los corazones se curaban a base de fe. Me atacan los versos de un poema de Francisco Daniel Medina:

«Preferiría un puñetazo a ciertas miradas.

Los recuerdos son cartuchos de escopeta disparados».

            No lo soporto más.

            —Gracias. Perdona. —Doy un paso hacia la puerta—. Estoy hecha polvo del viaje. Ya nos veremos.

            —Claro.

            Me encamino hacia el mostrador de recepción donde los chicos han terminado de registrarnos, paso por su lado y me voy directa a mi habitación. Lloré mucho cuando él me dejó al fin, así que ahora no hay lágrimas. Tengo los ojos y el alma secos, como no los he tenido en mi vida. Lo malo es que al no poder descargar la pena, el dolor del pecho es el doble de insoportable.

            Me arreglo para el concierto. La crónica de hoy es sobre el estilo. Es difícil definir una banda que se ha pasado la vida huyendo del encasillamiento. A menudo, se hace un ejercicio fútil al hablar de influencias para definir un intangible como es el estilo de un grupo. Aun así, lo intentaré. Mi primera impresión cuando los escuché fue Metallica conoce a Muse, conoce a Led Zeppelin, conoce a Dream Theater, sin llegar a ser en absoluto ninguno de ellos. El glam metal y el hardcore melódico eran ambientes en los que se movían a gusto cuando empezaron, pero hoy en día esa camiseta les queda pequeña. Hay grupos como Imagine Dragons en los que cada canción es distinta y, sin embargo, sabes que una canción es suya al momento. Sonder tienen esa peculiaridad, además de un gusto por el eclectismo que recuerda a la forma de hacer discos de Queen. De ellos también han heredado una obsesión enfermiza por los detalles. Cuando crees que les tienes pillado el truco, de pronto, se descuelgan con una colaboración con Mónica Naranjo o Leiva y te rompen los esquemas. Tienen un tema que juega con cuerdas de violín ejecutando un vals, por ejemplo. Desde las atalayas del rock duro clásico se les critica y al mismo tiempo, las emisoras comerciales no les pinchan por irreverentes, pero legiones de seguidores se tatúan sus letras: hablan de todos los temas universales que, a veces, sientes que sólo hablan de ti. Dani es el principal responsable de esta huida constante hacia delante para salirse de lo establecido. Su cabeza no la entiende nadie, pero todos sabemos que va tres pasos por delante del que está dando. A veces, veo cómo la tropa lo mira y me imagino cómo debían mirar a Freddie el resto del grupo. Cuando se encontró con Gael, se entendieron. El guitarrista dotó de piernas al Frankenstein que Dani pretendía hacer. Bobby, con su grado de contrabajo y su registro vocal, aporta la parte oscura y sinfónica. Manu coge las baquetas y entra en trance. Juntos hacen rock e historia de la música.

            Termino de tomar notas para mi crónica y me pongo a disfrutar del concierto. El Auditorio de Zaragoza está a rebosar, la tropa se entrega por completo. Pero esa noche, cuando terminan, yo no me uno a ellos para arrasar la ciudad. Me voy directa a dormir. Dani me coge del brazo antes de que me meta en el taxi y me pregunta.

            —¿El pimpín ese que nos hemos cruzado hoy tiene algo que ver?

            No le contesto, pero mi mirada de perro apaleado debe darle la pista.

            Al día siguiente, los chicos y yo estamos desayunando cuando lo vuelvo a ver. Entra en el salón y se dirige al bufet. Va acompañado de una morena pequeña y odiosa. No es odiosa para nada, pero yo la odio. Siempre fue muy flemático, así que me asombra verle cariñoso con ella. Cuando estaba conmigo antes se habría roto un dedo que mostrar algo de afecto en público, aunque de puertas para dentro fuese dulce hasta el delirio. Otra vez el dolor del pecho. Maldito cabrón. Los chicos tienen un día más de entrevistas aquí, así que esta tortura no va a acabar. Me hace un gesto de reconocimiento con la cabeza al verme y sonríe. Recuerdo un viaje a Casablanca. Dos días de sexo salvaje y un tercero de turismo perezoso. A la vuelta comenzó el declive. No me preguntéis qué pasó porque yo todavía estoy buscando el camión que me atropelló. Hay historias que quedan inconclusas y punto. Frases vagas de «no soy lo que te conviene»; o mi favorita, «eres todo lo que quiero en una mujer, pero no eres la mujer que quiero». Esto último es de una salsa que bailamos alguna vez. Le está poniendo la mano a la morena en el mismo lugar de la espalda en el que me la puso a mí ayer, así que aparto la vista, dolida. Me encuentro con los ojos escrutadores de Dani. Me observa un momento y luego mira a Gael. El profe mira a su vez a Bobby. Éste último se cruje los dedos. Los tres se levantan. Yo los sigo con la mirada y una mosca se me instala detrás de la oreja por tanta puñetera miradita. Se dirigen a él. No. No, no, no. Manu me pone la mano en el antebrazo cuando intento levantarme.

            —No te preocupes. Será mejor que te sientes.

            ¿Pero qué coño…? ¿Que no me preocupe de qué? ¿Qué han estado barruntando estos? Manu me hace un gesto de circunspecto asentimiento y me da la sensación de estar en Uno de los nuestros. Entonces veo como Dani, Gael y Bobby se acercan a él y Dani le dice algo señalándome con el pulgar. Él sonríe y asiente. Gael le dice algo más y la sonrisa se le borra de la cara. Bobby da un paso hacia delante y excluye a la chica de la conversación, que va a sentarse a una mesa. Dani se acerca y comienza una disertación muy cerca de él. La cara del hombre que alguna vez me dijo que podría perderse en mis ojos se vuelve marmórea. Traga saliva ostensiblemente y asiente varias veces a lo largo de la conversación. Yo me estoy mosqueando. Me levanto a pesar de que Manu intenta impedírmelo de nuevo y voy hacia allí. Terminan de hablar y mi ex se aleja de ellos. Al pasar por mi lado me ve, pero no se detiene. Me suelta un forzado: «Encantado de haberte visto», recoge a la chica y se va de mi vida para siempre. Otra vez.

            Dani, Gael y Bobby se acercan y me acompañan de nuevo a la mesa. Ya sentados, los miro a todos uno a uno. Después, apoyo los codos en la mesa y junto mis manos a la altura de los labios.

            —El primero que me explique qué coño ha pasado se librará de que le clave el tenedor en la mano. Y me consta que todos las necesitáis para tocar.

            Dani se sirve más café con parsimonia.

            —Digamos que cada hombre tiene su propio destino…

            Lanzo un rebufo malhumorado.

            —¿En serio, Vito?

            —No hablamos de negocios en la mesa —exclama con enfado.

            Doy una palmada en el mantel que hace sonar las tazas.

            —Otra frase de El Padrino, Daniel, y te calzo una hostia. ¿Qué coño ha pasado?

            Dani sonríe con cariño, se encoge de hombros y yo me desarmo con la limpieza de su mirada.

            —Hemos visto que ese tío te ponía triste y le hemos sugerido que es mejor que se busque otro sitio. Eso es todo.

            Gael unta mantequilla en la tostada.

            —Eso es todo.

            Bobby se limpia la comisura con la servilleta.

            —Eso es todo.

            Entierro la cabeza en las manos.

            —La madre que os parió…

            Ahora resulta que viajo con la puta mafia siciliana.

            Si no los mato antes, nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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