Capítulo 7. Plus de Peligrosidad

            Hoy me ha pegado una fan histérica. En mi descargo diré que yo estaba borracha y me ha cogido a traición. Os cuento. Después de un concierto, si al día siguiente no tenemos que irnos demasiado temprano hacia la próxima ciudad, nuestro pequeño dictador nos deja salir de juerga. Es algo estricto con el ocio, el muy cabrón. Hoy estamos en Alicante y la tropa ha tenido una noche especialmente sobrecogedora. Hay noches distintas a las demás, noches brujas en las que pasa algo. Quizás se alinean los planetas o quizás la magia hace acto de presencia, no lo sé. El público se hace uno y la tropa se llena de una energía atávica que los hace parecer seres mitológicos. Rodando con esta banda, me he dado cuenta de que, en mayor o menor medida, todas las noches suceden cosas extraordinarias porque su directo es muy potente y el que los ve sabe que no asistirá a nada igual; pero hay ocasiones en que todo es mucho más bestial. Puedes sentir la energía estática subiéndote por los pies y recorriéndote el cuerpo hasta la coronilla, electrificándote la sangre y poniéndote los pelos de punta. Así ha sido hoy. Los chicos tenían los ojos desencajados y las mandíbulas descolgadas por la emoción. Se miraban unos a otros alucinados por estar viviendo esto. Incluso yo, que estoy harta de verlos, podía sentir que estaba pasando algo grande. Todos los que habéis estado en ese concierto que llamáis el concierto de vuestra vida sabéis de lo que os hablo.

            Así que después del concierto, vamos en busca de algún garito en el que desfogar. Damos con un bareto en el centro, como casi siempre. En todas las ciudades hay una zona en el centro o en el casco histórico, donde se encuentra ese bar que huele a cerveza rancia y a madera. En la tarima hay un grupo haciendo versiones de pop-rock español. Al fondo, unas cuantas chicas nos ven y empiezan a darse codazos entre ellas intercalados de risas nerviosas. Nos apostamos los cinco en la barra y brindamos por una noche alucinante. Tras unas cuantas versiones de Loquillo, varias cervezas y no sé cuántos chupitos de tequila, Bobby, Dani y yo estamos en la pista bailando. Dani se ha quitado la camiseta y la tiene anudada en la cabeza. He dicho que era muy estricto con el ocio, no que no supiera divertirse. Los tres estamos cogidos de las manos formando el corro de la patata más viejo del mundo y damos vueltas al son de Amaral: «¡Sooon miiis amigoooos!». Hay que sacar toda la energía acumulada, si no, luego no hay quién duerma. Las vueltas se nos van de las manos por culpa de Bobby, que con la inercia cinética rotacional es un bruto, y acabamos los tres en el suelo. Un suelo de bareto a las cinco de la mañana es algo digno de laboratorio. Bobby me está aplastando una pierna con las suyas y yo tengo aprisionado a Dani estómago con estómago. Como nos estamos partiendo el culo, no hay forma de levantarse. Gael y Manu están sentados en una de las mesas del fondo departiendo sobre la inmortalidad del cangrejo, así que por ahí no vamos a recibir ayuda. Por fin, Bobby puede echarse a un lado y rodar como una croqueta paralítica para levantarse. Boca abajo como estoy, alzo una mano para que me ayude, pero el muy cabrón se da media vuelta y sale escopeteado hacia los lavabos. Por su expresión deduzco que los nachos de la cena van en camino ascendente.

            —¡Cena de segunda mano! —grita Dani, y nos descojonamos.

            Como puedo, me apoyo en su pecho, que resbala por el sudor, y alzo el culo poniendo las rodillas en tierra. Mis movimientos de borracha desahuciada son lentos a causa de la risa, que más que risa ya son rebufos nasales. Cuando voy a incorporarme, Dani me coge por los hombros y me dice:

            —Aquí no, nena. Espera a que frieguen.

            Nos miramos y estallamos una vez más en carcajadas. A mí ya me duele la barriga de reírme. Ya sentados ambos, nos cogemos de las manos y nos alzamos el uno al otro. Al subir de golpe, la cabeza hace caleidoscopio y nos agarramos tambaleantes. El baile etílico. En ese momento, siento que una mano me agarra por el hombro y me echa hacia atrás con fuerza. Me giro de golpe y me encuentro con una rubia que me saca diez centímetros y cuatro toneladas de cabreo. Antes de poder reaccionar, siento un puñetazo estallando contra mi mejilla. Croché perfecto, la hija de puta. Me llevo la mano a la cara y, tras unos segundos de estupefacta reflexión, me voy de cabeza contra ella. Golpeo con el hombro su estómago y la derribo. Cae de chiripa porque tropieza con sus propios pies. Ya en el suelo no hay mucho que pueda hacer con el mareo que tengo, pero me dedico a la tarea de ponerle una cara nueva a base de puñetazos. Ella se cubre y no recibe demasiado. Entonces, unas manos me cogen por las axilas y me alzan. Es Gael. La chavala se pone en pie en cuanto se ve libre de mi peso. El escocés me aparta a un lado y se pone entre Drago y yo.

            —¡Pedazo de puta! —grita la histérica, al tiempo que se limpia la sangre del labio. Mira, algún golpe sí le ha entrado.

            Yo no entiendo nada de lo que está pasando, pero ya me he calentado y me han entrado ganas de hacer que se coma algún diente.

            —Anda, lárgate —le dice Gael, al tiempo que me pone un brazo delante para que no avance.

            Ella no hace caso e intenta abalanzarse de nuevo contra mí.

            —¡Te voy a arrancar los ojos! ¡Putamásqueputa!

            Gael, interponiéndose entre mi cuerpo y el de ella, alza las manos para no tocarla y así evitar una demanda por agresión machista. Al fin, las amigas la agarran y la sacan de allí. El último grito antes de salir por la puerta me da la pista de porqué me había partido la cara.

            —¡La habéis visto! ¡Encima de él como una guarra! ¡Te mato, putaaaaaaaa!

            Me llevo el dorso de la mano a la mejilla para evaluar los daños y miro a Dani, que observa la escena con ojos borrachos y asombrados. Alza los hombros con cara de perplejidad.

            Ya en mi habitación del hotel, Gael me pone un poco de hielo en el pómulo y me explica la Ley de la Dinámica de las Seguidoras.

            —Verás, durante las giras algunas fans se pelean por Dani. A veces, también lo hacen por Bobby, pero, sobre todo, por Dani y su jodido magnetismo.

            Como si de la jaula de Mad Max se tratara. Dos entran, uno sale. Bufo una dolorida risa. Gael continúa:

            —Es por tener el objeto de su deseo platónico tan cerca. Y hablamos de platónico porque Platón creó el mundo de las ideas precisamente para que fuera perfecto y no existiera en el mundo real. Así que esa proximidad, el tenerlo casi al alcance de las manos y hacerlo real, hace que por algún extraño motivo se les despierten unos impulsos asesinos muy peculiares. Creen que es suyo y de nadie más, y cualquiera que lo toque es candidata a recibir una paliza. Ya ves —añade socarrón —, si viajas con nosotros, tendrás que ir con cuidado, nena.

            Le pregunto si por él también se pelean y sonríe con suficiencia.

            —Mis fans no son tan temperamentales.

            Por si no os lo había dicho, las giras de rock son un continuum de folleteo sin tregua. La fuerza sexual de la música altera los instintos primigenios de las chicas que asisten a sus conciertos, sean fans histéricas o no. Después, buscan satisfacerlos con los artífices de tal alteración. Dani tiene su propia legión de fans que esperan ansiosas ser las elegidas. Pero Dani tiene secretos y entre ellos se encuentra su vida sexual. En un grupo no puede haber dos guapos y, como ese papel le corresponde a nuestro gran líder, Bobby es el sexi. Es el segundo en el escalafón sexual y no conoce lo que es un secreto, así que me sé de pe a pa sus encuentros, a veces, múltiples, otras veces multitudinarios. Le da igual si son chicas, chicos, gatos… Todo a la vez… Me considero una chica de mundo, pero he tenido pesadillas con algunas de las historias que me ha contado. Manu tiene novia formal, que de hecho está embarazada de siete meses, así que es tremendamente fiel. Exasperantemente fiel, según Bobby, que no desaprovecha la oportunidad de azuzarle a alguna de las chicas que lo acosan a él y que estarían más que dispuestas a conformarse con ese peluchito de casi metro noventa que toca la batería. En cambio, nuestro profe tiene otro target. Las veinteañeras no le interesan y, en la mayoría de los casos, ni él a ellas. En cambio, las veteranas se pirran por su barba y sus poderosas espaldas. Mientras me limpia el corte de la cara, observo sus antebrazos musculosos y entiendo las miradas descaradas de las mujeres que se suelen colocar en la barra esperando que ese druida de ojos penetrantes las invite a tomar algo.

            En definitiva, viajar con una banda tiene sus riesgos.

            Espero que nos veamos en la próxima parada: el infierno.

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