Capítulo 8. En el desierto

            Ya es de noche cuando pinchamos una rueda en mitad del desierto de Almería. Y a pesar de que ya son las diez y media, como estamos a finales de un junio infernal, eso significa que la temperatura aún es de treinta grados. Todavía nos quedan cuarenta kilómetros para llegar al hotel y estamos muy cansados. Nos bajamos de la furgoneta entre quejas y balidos. Manu y Gael sopesan si llamar a la grúa o ponerse a la tarea ellos mismos. Como se les ocurra echarlo a piedra, papel o tijera los reviento. Teniendo en cuenta que no vemos una ciudad desde hace más de una hora, deciden arremangarse y cambiarla ellos mismos. Miro alrededor y sólo veo arena y rastrojos. Recuerdo que allí se rodaron la mayor parte de los wésterns en los años setenta. Sergio Leone decía que Clint Eastwood tenía dos expresiones, una con sombrero y otra sin él. La luna llena aún está baja e ilumina bastante. Decido estirar un poco las piernas. Salgo del asfalto y las brozas secas crujen bajo mis pies. Ayer fue la noche de San Juan, que nos pilló en Cádiz. Hasta entonces no sabía que esa noche podía ser tan mágica. Las playas se llenan de fogatas y la gente mete los pies en el agua para atraer a la buena suerte. Todos hemos quemado nuestros deseos en la hoguera a la espera de que se cumplan. Luego nos hemos cogido de las manos y hemos dejado que nos embargara el sentimiento de hermandad que se ha ido instalando en este viaje poco a poco y sin avisar. Estos hijoputas a veces me emocionan cuando hacen que me sienta parte de todo esto. Luego hemos corrido hacia el agua y, en lugar de meter los pies, nos hemos metido enteros.

            Voy pensando en esas cosas cuando, de pronto, noto como se mueven los rastrojos a pocos centímetros de mis sandalias. A pesar del aire caliente que me rodea, un viento helado me entra por las venas. No será lo que creo que es. Otro movimiento y veo un resplandor pardo a la luz de la luna. Pego un respingo y la cosa se mueve hacia mí. Sí, es justo lo que creo que es. Entonces estallo en pánico, un grito se abre paso por mi garganta y mis manos se mueven sin control. Odio las cosas sin extremidades. Los gusanos me dan grima, las babosas me estremecen, las anguilas me angustian, las culebras me dan pavor. Si alguna vez me encuentro con una pitón es posible que entre en estado catatónico.

          Mi problema ahora es que no sé si me enfrento a una culebra o a una serpiente. Tuve un novio que aseguraba que en España no había serpientes venenosas. Lo comprobé y, por lo visto, sí las hay, sólo cinco especies, lo que pasa es que no son mortales. A mí tanto me da. Quién me dice que a uno de esos gilipollas que compra animales importados de forma ilegal no se le puede escapar una de las chungas. Lo primero que sucede es que me sale un chillido entrecortado que creo que no podré parar jamás. Lo segundo, es girar y poner pies en polvorosa. He distinguido por el rabillo del ojo claramente la forma alargada. No me entretengo en comprobar a qué me enfrento, me limito a salir corriendo y chillando. No me doy cuenta de cuánto me he alejado hasta que compruebo lo pequeña que se ve la furgoneta. Mientras corro enloquecida, creo seguir oyendo la hierba seca crujir al paso de mi horripilante asaltante y puedo imaginarla reptando hacia mí a esa velocidad infernal a la que se mueven las cabronas. A lo lejos, los chicos se han percatado de mis gritos y me gritan a su vez. Bobby parece que se ha dado cuenta de que algo grave me pasa y corre hacia mí. Lo alcanzo segura de que el puto animal está a punto de morderme el tobillo y salto hacia él. Me coge al vuelo, agarro sus hombros y enrosco las piernas en su cintura sin dejar de chillar. Los demás se acercan todos preguntando a la vez.

           —¿Qué pasa?

           —¿Qué ha pasado?

           —¿Pero qué coño…?

           —¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡Vámonos! —grito.

            Bobby, sin soltarme la cintura, da media vuelta y me lleva a paso ligero hacia la cuneta.

        —¿Pero qué coño hay? —pregunta Dani oteando la maleza.

       —¡Una puta serpiente! —respondo sollozando contra el cuello de Bobby.

        —¡Aaarrgg…! —exclama Manu, aligerando el paso con pequeños saltitos que elevan sus rodillas casi hasta el pecho.

            Cuando llegamos a la furgoneta, Bobby me deja en el suelo. Yo me apoyo en ella tratando de contener los chillidos que siguen escapando de mi garganta. Miro el suelo, alrededor, y noto el miedo subiendo de nuevo por los pies. Me empieza a faltar el aire. Me meto de un salto en el asiento trasero, llorando, ya del todo histérica. Sé perfectamente que estoy teniendo un ataque de pánico y no hay una mierda que pueda hacer para remediarlo.

            —¿Cómo era? ¿La has visto? —pregunta Gael en la puerta.

          —¿Era muy grande? —añade Manu.

          —¡¿Queréis dejarme en paz de una puta vez?! —grito metiendo la cabeza entre las rodillas.

          —A ver, echaros a un lado —dice Dani.

          Él mantiene la calma en contraste con los aspavientos de los demás. Comprende mejor que nadie lo que me está pasando. Entra en la furgoneta y se sienta a mi lado.

          Nuestro pequeño dictador es un experto en situaciones de descontrol de las emociones. A lo largo del último año ha sabido lo que se siente cuando la mente se apodera del cuerpo y te traiciona. Tras una acumulación de épocas de trabajo sin descanso en las que no tenía tiempo ni de preguntarse quién era, sufrió varios episodios de ansiedad. Algunos de ellos culminaron en ataques de pánico que lo tumbaron sin respiración en mitad de un ensayo. ¿Quién dice que una estrella del rock lo tiene todo? A veces, la transcendencia es una manzana envenenada de angustia. Si no la controlas, puede resultar peligrosa. Dani es demasiado sensible para su propio bien, las emociones tienden a saturarle y necesita épocas de soledad para curarse. Lo malo es que, en ocasiones, esa soledad le ha llevado a estados depresivos más peligrosos. Un frágil equilibrio que lucha por controlar. En su canción Las arañas saben dónde estás hizo un ejercicio de catarsis contando lo cerca que estuvo de comerse una caja de antidepresivos. Dani tiene encima la presión de las expectativas, la responsabilidad de llevar la banda, la incertidumbre de no saber si el próximo disco será el que les haga caer, todo ello unido a un carácter controlador y perfeccionista. resultado: bomba de relojería. Si bien sus ataques no han sido de naturaleza tan histérica como el que estoy teniendo yo ahora, ni por una razón tan absurda, lo cierto es que se puede poner en mi lugar.

        Empiezo a sentir que me ahogo. Un puño me está comprimiendo la garganta impidiendo que pase el aire.

           —Escúchame —dice Dani—, incorpórate.

           Me empuja con suavidad por el hombro hasta que apoyo la cabeza en el respaldo. Intento dar bocanadas, pero nada. El pánico es una nebulosa en mi cerebro. Quiero salir afuera, pero sé que ese bicho puede aparecer en cualquier momento y eso me pone peor. Dani se gira hacia mí en el asiento. Me coge una mano, se la pone en el pecho y la cubre con la suya. Me pone su otra mano en el estómago y yo se la cojo desesperada. Noto las lágrimas cayéndome por la cara.

            —Estás teniendo un ataque de pánico, ¿vale? Vamos a respirar.

            Asiento frenética mirando el techo.

            —Tú sólo escúchame —dice tranquilo—. Crees que no puedes respirar, pero de hecho sí puedes. Lo estás haciendo. No te estás desmayando. Es tu cerebro el que te dice que no te entra aire.

            Niego con la cabeza. No hay aire. No hay aire. Él asiente a mis negaciones.

            —Vamos a hacerlo juntos. Primero pequeñas bocanadas.

            Hincha su pecho cogiendo aire y lo suelta rápido; lo hace varias veces.

            —Hazlo conmigo. Vamos.

            Me esfuerzo por seguir el ritmo que me marca. Noto que me tiembla todo el cuerpo. Me doy cuenta de que tiene razón, algo de aire debe de entrar porque no me desmayo. Poco a poco y con mucho esfuerzo, acompaso mi respiración a la suya, concentrándome en su voz. Este tono grave va haciendo mella poco a poco en mi neurosis.

           —Eso —dice—, como cuando hacemos yoga.

           Va espaciando las respiraciones y yo puedo notar que mis espasmos remiten. Pasan varios minutos en los que me dedico a tratar de respirar con normalidad y a estabilizar mis constantes vitales. Al cabo de un rato, mi cerebro se relaja lo suficiente para que pueda tomar aire profundamente. Al expulsarlo sale entrecortado. Entonces me echo a llorar, pero ahora notando el alivio de bajar la presión. Él se pone a mi lado y me rodea con un brazo. Yo me encojo sintiéndome la persona más estúpida del mundo.

           —Lo siento —sollozo.

        —No digas tonterías. Era una puta serpiente.

            —A lo mejor sólo era una culebra.

            —¿Y eso qué más da?

          Cuando me siento lo bastante recompuesta, bajo de la furgoneta. Me noto la cara hinchada y las rodillas flojas. Los tres me miran con cómicas caras de preocupación. Yo oteo el suelo, buscando, sin tenerlas todas conmigo.

            —No te preocupes —dice Bobby—. No anda por aquí.

            Miro a este licenciado en contrabajo que lleva la cabeza rapada y una camiseta de Manowar rota, y siento algo más cálido que el agradecimiento: la confianza.

         —Gracias por cogerme.

         Él asiente con una sonrisa compungida.

         —Qué susto me has dado, hermanita.

            Manu le palmea la espalda.

            —Joder, tío —dice—. Parecías el puto Kevin Costner.

          Bobby se yergue satisfecho. Gael me rodea los hombros con su brazo y su peso me reconforta.

         —En realidad, tu miedo está perfectamente justificado —dice—. Esta es la zona autóctona de la víbora de Soane. No es mortal en personas sanas, pero muerde.

            —Joder, —Entierro la cara en las manos—. Gracias, Gael.

         —Anda —dice Manu—, vamos a terminar con la rueda para sacar a esta chiflada de aquí cuanto antes.

            Me río sin ganas. Dani y Bobby montan guardia a mi alrededor por si vuelve la cabrona. Nunca me he sentido tan agradecida de tenerlos cerca.

            Seguid con nosotros, nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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