Capítulo final. El paraíso de un melómano

Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo.

            Han pasado unos días desde el WiZink. Cada uno ha estado en su casa y en su vida digiriéndolo. Tengo una resaca emocional que me ha dejado hecha polvo. Han sido demasiadas emociones, demasiados abrazos y demasiadas despedidas. Al publicar la última Crónica, alcé mi cerveza al vacío y brindé por ellos.

            Pero, entonces, Gael me llama para decirme que nos invita a su casa a comer cordero a la pastora, su especialidad. Cualquiera diría que deberían estar hartos unos de otros después de tres meses metidos en la misma furgoneta, pero no. Las dotes culinarias de Gael son gloriosas y no se pueden rechazar. Yo sospecho que echan de menos la sensación del obligado vínculo que tienen cuando están juntos en carretera. Allí no hay nadie más. En esos momentos están aislados del resto del mundo, saltando de escenario en escenario. Sale la parte más auténtica de su ser, la que no da explicaciones ni rinde cuentas; la que no depende de nadie. Hacen lo que saben, para lo que han venido aquí y sólo se entienden los unos a los otros. Yo me he colado en esa habitación y he contado lo que he visto. Tal vez por ello, necesitan que siga aquí un tiempo más.

            Gael vive en las afueras y, como ni Dani ni Bobby tienen coche y Manu está agotado por las noches que le da su hija, los recojo a todos en mi Fiat 500. Nos dirigimos los cuatro a las Rozas. Bobby y Manu están embutidos en la parte de atrás mientras nuestro líder estira las piernas en el asiento del copiloto.

            —No entiendo nada —dice Manu con las rodillas casi rozándole la barbilla.

            Bobby me da un par de toques expeditivos con el dedo en el hombro.

            —Oye, bonita, ¿se puede saber por qué este cabrón va ahí delante tan pancho y nosotros estamos hacinados en esta puta lata de sardinas? —pregunta.

            —¿Y a mí que me dices? —repongo—. El jefe es él.

            —Oh, no hay jefes, no hay jefes —apunta Dani sonriendo muy ufano.

            Un par de horas después, mientras me limpio con una servilleta y me acaricio la barriga, doy fe de que Gael es un puto amo en la cocina. El cordero está increíble, pero es que también ha preparado unas cosas deliciosas que dice que se llaman chiretas. Él las prepara en rodajas y rebozadas y yo prefiero que no me diga de qué están hechas. Aun así, me lo dice. Como soy buena, os lo voy a ahorrar. Y de postre, trenza de Almudévar. Ya me puedo morir. Después de comer, Gael sirve café mientras Manu nos enseña chorrocientas fotos de su pequeña.

            La casa de Gael es un chalecito con sótano que él ha convertido en el paraíso de un melómano. Hay un pequeño estudio de grabación donde los chicos preparan todas las maquetas y prueban los sonidos que luego llevarán al Estudio Brazil, que es donde han grabado sus dos últimos discos. Tiene una biblioteca musical que también es sala de vinilos, con paredes forradas de estanterías a medida, alfombras mullidas y sofás de cuero. Todo muy british. El guitarrista me enseña una caja donde guarda las entradas de todos los conciertos a los que ha ido en su vida. Me quedo de piedra cuando veo un folleto de un concierto. Yo sé qué concierto es. No podía haber entradas, claro, porque el acceso era libre.

            —¿Estuviste en el concierto de los Smiths del 85?

            —Ah, sí. En el Parque del Oeste. Y fue gratis, ¿te lo puedes creer?

            ¿Que si me lo puedo creer? Ese concierto fue antológic, todo el mundo aseguraba haber estado ahí. Eran las fiestas de San Isidro en plena movida madrileña y nadie, mucho menos el alcalde de aquel entonces, Tierno Galván, se esperaba la cantidad de gente que hubo allí. Ese alcalde fue el mismo que gritó aquello de: «¡Roqueros, quien no esté colocado, que se coloque! ¡Y al loro!». Aquel concierto fue una locura que se recordaría décadas después.

            —¿No pillarías tú un trozo de aquella camisa que lanzó Morrisey?

            El cantante de los Smiths se despojó de su camisa y la arrojó al público, que enseguida la hizo jirones. Gale ríe.

            —No, qué va. No tuve esa suerte. Uf, qué recuerdos. Tenía quince años —me cuenta—. Me llevó mi tío, que era un poco mayor que yo y con el que más música he escuchado de pequeño. Me quedé alucinado. Sus letras me marcaron, como a muchos de los que estábamos allí, y lo siguen haciendo a día de hoy.

            Luego me enseña su colección de guitarras que tiene colgadas en fila en una pared y capto enseguida en qué se deja la pasta nuestro escocés. Hay unos huecos para la Rickenbacker y la Eiphone Les Paul que lleva a los conciertos y que aún están descansando en el recibidor en sus respectivas fundas. Además, se ven, entre otras, una Martin D-45 preciosa y una flamenca Camps.

            —Joder, Gael, ¿tienes una White Falcon? —digo.

            Una preciosidad de Fender denominada en su momento el Cadillac de las guitarras. «La guitarra más bonita que jamás se ha fabricado», rezaba su publicidad en 1962. Me acerco y noto que es una original de la época, antes de que pasaran a fabricarse en Japón en los noventa.

            Él asiente sonriendo con apuro. Silbo de admiración. Gael va cogiendo las guitarras con mimo y me hace una disertación sobre Fender versus Gibson. Para variar, su voz cavernaria divagando por mil cerros de Úbeda, no me da sueño. Disfruto como una enana. En el fondo, todos los aficionados a la música llevamos un músico frustrado dentro y yo siento que mi instrumento habría sido la guitarra. Aprendí lo básico en mis años de instituto, bueno, en mis años de fumarme las clases del instituto, pero nunca ahondé demasiado. Al tener esas joyas en las manos lamento profundamente no saber tocarlas como se merecen. Gael tiene unos dedos prodigiosos y sabe sacarle a cada una el partido que tienen.

            Después, me embebo en las docenas de vinilos que atesora. Me hace llorar de forma literal porque, entre joyas de Pink Floyd y Miles Davis, que hoy en día valen una pasta, encuentro el Rainmaker de Keb´Mo´, su primer disco. Le pido, por favor, que lo ponga. Me siento en el sofá y cuando llega Anybody seen my girl se me humedecen los ojos recordando un chico y un baile.

            Manu se ha tumbado en la moqueta y se ha quedado frito. Normalmente, puede quedarse dormido en un rastrillo, pero es que, además, están siendo días agotadores para él. La pequeña Abril es una guerrera que no escatima en esfuerzos a la hora mostrar que sus pulmones están desarrollados a la perfección. La han llamado así a pesar de que le he dicho que nació en agosto. Me ha mirado con sus ojos inyectados en sangre y no se le ha movido ni un ápice el rictus.

          -Antes te hacía reír, Manu, ¿te acuerdas?

         No sabía que ser padre te atrofia el sentido del humor. Dani  está apoltronado en una butaca y ojea el hilarante Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock de Ian Svenonius. Se descojona él solo con las sesiones de espiritismo que invocan a Jimi Hendrix o Brian Jones. Cuando Keb´Mo´ acaba y Gael da paso a Richie Havens con su Alarm Clock, el sonido Woodstock invade el estudio. Hasta Bobby está relajado. El porro que tiene en la mano ayuda.

            Observo, como tantas veces he hecho este verano, a estos cuatro especímenes de músicos tan distintos, incluso contradictorios y, a pesar de ello o por ello mismo, tan armonizados entre sí. Siento de nuevo que la música es capaz de elevar a algunos por encima de la condición de simples habitantes de vidas efímeras, para convertirlos en creadores de transcendencia. ¿Qué hace que un grupo se desmarque de los miles que tratan de hacerse un hueco en la historia de la música? Es una conjunción planetaria, no hay más explicación. Brian y Roger se cruzaron con Freddie. Lars se cruzó con James y ellos con Clif. Y así sucede. Que se quieran y se lleven bien hace mucho. Las bandas pasan por momentos muy malos, conciertos vacíos, gente indeseable y mucho estrés. La fe que tienen unos en otros y el amor los ha mantenido unidos. Yo creo que lo estarán para siempre.

            Manu es capaz de caer en ese trance cada vez que coge las baquetas, con su bombo de Slayer y metrónomo de Rammstein; aunque a mí su dureza y sus cambios rabiosos siempre me traen ecos del gran Bonzo. Gael viene de dónde viene, ha estudiando en las mejores escuelas y, por eso, las canciones tienen esas capas que hacen que no te limites a escucharlas, sino que bucees en ellas, haciendo que cada milimétrico detalle tenga sentido a un nivel sensorial. Bobby, con su formación clásica y su eclectismo, es capaz de esas líneas melódicas al bajo que entran con la rotundidad de un rompehielos y de hacer esas armonías a las voces que muy pocos grupos tienen. Y Dani es un talento de los que se ven dos o tres veces en cada generación, un visionario de conjunto que escribe con las tripas y vive todo lo que canta. Es por todo ello que esto tiene sentido.

            Se juntaron, hicieron historia, yo los vi. No sabéis lo afortunados que sois de haber sido testigos.

            Es el final de trayecto.

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