NO TODOS SON BUENOS

               Una noche puede torcerse hasta dar la vuelta sobre sí misma. Como las personas, en cierto modo.

              Un fin de semana. Eso era todo lo que yo iba a tener este año de vacaciones y me pensaba poner hasta el culo. Situación vital: treinta años, trabajo relativamente interesante en una agencia de casting, soltera desde hacía unos meses tras siete años de un noviazgo que era mi propia Crónica de una muerte anunciada, y una amiga salida muy insistente y recién mudada a la capital. Madrid tenía dos cosas que ofrecer en agosto: calles vacías y locales llenos de residentes, todos ellos locos por pulir su verano abrasador. El ambiente era propicio y yo estaba lista para el viaje que iba a suponer el principio del resto de mi vida. La última vez que había pisado una discoteca sonaba Poker Face. Mi maleta era exigua: un vestido, unos tacones y mi mejor vaquero, en el que, contra todo pronóstico, había vuelto a entrar. Me había quedado flaca, que no delgada. La diferencia es la que hay entre Courtney Love y Audrey Hepburn. Al bajar del tren, 38 grados me azotaron la cara que, acostumbrada a la brisa marina, se resecó de inmediato como un papiro. Mi amiga me esperaba en el andén de la estación dando saltitos. Cómo había odiado ella mi antigua vida. Contemplar a un encierro voluntario es duro. Llevaba ya tres meses en la ciudad y me la enseñó por encima. Un poco del Retiro, un poco del Barrio de las Letras. Pero yo no había venido a hacer turismo. Lo importante era que ella ya se conocía todos los garitos dignos de mención gracias a su amigo gay. Por suerte, siempre hay un amigo gay.

              Comenzamos la noche de tapas por la Latina. El amigo de mi amiga ya era mi amigo y, después, llegaron más amigos que estaban como una cabra. Las cervezas fueron cayendo. No sé cómo, al llegar a la discoteca ya éramos doce. En la cola había un grupo de chicos esperando a que el gorila les diera el visto bueno. Uno de ellos me miró varias veces; una, por casualidad, las demás, adrede. Llevaba el pelo rapado y un tatuaje le recorría todo el brazo. Su seguridad era insultantemente atractiva. El codazo de mi amiga me confirmó lo que yo pensaba, que era guapo. El amigo de mi amiga llevaba la voz cantante y, tras escanear al del tatuaje, asintió.

              —De noche y maquillada, pasas por veintiséis —dijo.

              Suficiente. Ya en la barra, pedí una copa de vodca con limón. El primer sorbo me puso los vellos de punta porque el refresco estaba caliente. La segunda estaba más fresquita y entró mejor. Una tercera me dio ganas de ir a la pista de baile. Bailar entre desconocidos bajo luces estroboscópicas, con el ritmo retumbando en mi estómago, era lo más parecido a la libertad que había experimentado en siete años. En mi antigua vida, bailar o llevar escote eran cosas que hacían otras. Las que no tenían a nadie que las quisiera. Nadie que las cuidara. Nadie que les dijera eres mía y de nadie más. Cerré los ojos, alcé los brazos y me mecí al son de ritmos atávicos, como en viejas tribus. Al abrir los ojos, sentí el mareo que da hacer algo al unísono con la masa. El chico del tatuaje me encontró y yo le di pie a que se acercara, sosteniéndole la mirada. Una de las canciones disminuyó la cadencia y él aprovechó para hacer que era una lenta y pasarme el brazo por la cintura. Olía muy bien, lo que tomé como una buena señal. La canción aumentó de ritmo y me soltó, pero seguimos bailando muy cerca, rozando nuestras mejillas. Me miró a los ojos. El ambiente se había vuelto sofocante; una perla de sudor bajó por su sien y yo me quedé hipnotizada.

              —¿Quieres otra copa?

              Negué con la cabeza.

              —¿Vamos fuera?

              Me sentía ligera. Asentí.

              Salimos por la puerta trasera y me llevó hasta un callejón donde había muy poca luz y mucha intimidad. Nos colocamos entre dos coches. Mi bolsito le estorbaba para rodearme con los brazos. Lo dejé sobre el capó del coche contra el que me puso entre risas. Sabía a whisky. No me gustaba el whisky. Qué pena, porque besaba muy bien. Enseguida, sus manos pasaron de estar sobre mis tetas a debajo de mi falda, buscando con los dedos entre mis piernas. Mucha prisa. No quería prisas. Yo no iba a follar en la calle. Se lo dije y puso cara de perplejidad.

              —Entonces, ¿para qué has salido aquí conmigo?

              Para que nos enrollemos, idiota. Pero sólo lo pensé. En su lugar, dije:

              —Vamos a dejarlo.

              Lo aparté con un brazo y le sentó mal.

              —No se puede ir de calientapollas.

              —No se puede dar todo por hecho —repliqué.

              Entonces, su cara mutó. La expresión de chico adorable de hacía cinco minutos se había desdibujado en una de lasciva urgencia. Me dio un empujón más brusco contra el coche y me miró fijamente. Vi el movimiento de un músculo en su mandíbula y supe que no estaba de broma. Al momento, su cremallera estaba bajada. La situación se aclaró de pronto y un dedo frío me tocó la columna. Me sujetó sin equívocos las dos manos a la espalda con una suya. Mi vestido no le estorbaba, así que empezó a tantear las bragas.

              —Déjame —dije sin llorar.

            —Tú relájate, lo estás deseando

              Su aliento a whisky me ofendió y terminó por despertarme del estupor. Me sacudí con fuerza intentando soltar las manos. Por su sonrisa, deduje que mi forcejeo le estaba poniendo a mil.

              —No te aviso más —dije, pero la amenaza sonó a súplica.

              —Cállate, te va a encantar.

              Me dio la vuelta haciendo que la cadera golpeara dolorosamente contra el capó del coche. Cuando intenté zafarme por la derecha, me soltó un bofetón desde atrás. Mi oreja comenzó a arder y un pitido trajo de nuevo un miedo azul. Comprendiendo, solté un sollozo que pareció complacerlo. Vi claramente todo lo que me iba a pasar. Me retorció un brazo para agarrarme la muñeca contra la espalda. Con la otra mano, empezó a ocuparse del condón. Un hijo de puta cuidadoso. Intenté zafarme una vez más y me golpeó la cabeza contra el capó. Una imagen del moratón que tendría en el pómulo al día siguiente acudió a mi mente.

              —Estate quieta y será mejor.

              Las lágrimas me corrían por la cara y caían sobre el coche mezclándose con el polvo. Muy despacio, alargué la mano libre hacia el bolso y lo atraje hacia mí. Él seguía intentando ponerse el condón. Me dio una patada en el tobillo para que abriera las piernas y se apoyó de medio lado, ejerciendo peso sobre mí sin soltarme la muñeca. Saqué con cuidado la navaja semiautomática que llevaba desde el invierno pasado.

              Ese invierno, una mañana como otra cualquiera, desayunaba en la mesa de la cocina de mi nueva casa cuando oí una noticia en la radio. Al terminar, estaba llorando sin control. En la radio decían que se había encontrado el cuerpo de una enfermera en el maletero de su coche. Había sido violada y torturada durante tres días. Al fin, la estrangularon y abandonaron su cuerpo. La última vez que la vieron, había salido, como cada noche, a correr. Cuando terminé de llorar, me sequé las lágrimas con el paño de cocina y decidí comprarla. Apertura semiautomática, trece centímetros, ilegal. Resultó muy fácil hacerlo por internet.

              Ya casi había terminado de ponerse el condón. Quitó parte su peso sobre mí. Tenía la navaja debajo de mí. Con cuidado, oprimí el botón de resorte y terminé de sacarla con el pulgar. Como cada vez, respiré hondo, relajé el cuerpo y él, inconscientemente, relajó a su vez la presión de la mano que me aprisionaba. Aproveché ese momento y me giré de golpe. El gesto lo pilló por sorpresa. Deshice la presa de la muñeca y él dio un paso atrás por reflejo pero, de inmediato, me agarró el cuello. Con las manos libres, pude coger bien la navaja y agarrar fuerte el mango. Él vio el movimiento, pero era demasiado tarde. Le hundí la hoja en el cuello, justo dónde empezaba el tatuaje. Abrió mucho los ojos y relajó los brazos. Comprendió tantas cosas en ese momento que resultó precioso. Siempre ocurría. Giré la empuñadura. Me agarró la muñeca, pero sin fuerzas.

              —Pero qué coño…

              Al cabo de un momento, cayó a plomo de espaldas. Yo no solté la navaja y, al salir de la carne, la sangre me salpicó la mano. El mundo desapareció. Sólo podía oír mis jadeos y el latido en las sienes. Lo observé gorjear mientras se desangraba. Fueron cuatro minutos. La yugular sangra mucho y muy rápido. Él no intentó moverse. Había entrado en shock. Era mejor cuando sucedía así.

              Después, cerré la navaja y la metí en el bolso. Con la mano limpia, saqué con cuidado una toallita y me quité toda la sangre que pude. Me temblaba la mano. El bombeo en las sienes era insoportable. Y esa leve sensación de desmayo. Adrenalina vertida a chorros por mi torrente sanguíneo. En unos minutos pasaría. Cogí otra toallita y limpié la navaja. Con otra más, el capó. Lo guardé todo de nuevo en el bolso, que quedaría para tirar. Para quemar, más bien. Me sacudí el vestido y volví dentro. Nadie reparó en mí en la oscuridad. Me dirigí al baño. Había tres cubículos y dos chicas ocupaban uno con la puerta abierta. No me miraron; una, porque tenía la cabeza sobre el wáter, la otra, porque le sujetaba el pelo. Me limpié bien las manos y unas pocas gotas que me habían salpicado en el hombro. Cuando las chicas terminaron, se pusieron en el lavado de al lado. Ya no había rastro de sangre. Les sonreí con solidaridad. La que había vomitado me devolvió la sonrisa, pálida. Busqué a mi amiga. Estaba enroscada del brazo de uno de los chicos con los que habíamos venido. La lengua de él le exploraba la oreja. Le dije que quería irme a casa, que estaba un poco mareada. Asintió y, de inmediato, se soltó del chico y empezó a buscar las llaves de su piso. Me preguntó con ojillos traviesos por el del tatuaje. Me encogí de hombros.

              —Un fiasco, supongo.

              Ella asintió y me gritó al oído:

              —No todos son buenos.

              Me preguntó si necesitaba que me acompañara y yo negué con la cabeza. Encontró las llaves del piso, las cogí y ella cerró su mano sobre la mía. Me miró, preguntando. Yo asentí. Sonrió.

              Volví caminando para despejarme.

                Dedicado a todas las supervivientes de manadas y lobos solitarios

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