A cuento de nada.

         A cuento de nada. Solo charlar. Porque necesito escribir. Pero eso es mentira y lo sabes. Nunca es a cuento de nada. Pero sí necesito escribir, ni que sea estas cosas vacías. Las palabras quedan limpias de polvo y brea cuando salen. Que le pregunten a Salinger y a Melville. Uno porque no quiso publicar más y otro porque no le dejaron, pero ninguno de los dos pudo dejar de escribir. Es lo único que me mantiene cuerda. Como todo el mundo, he perdido la capacidad de concentración. Al fin estamos enganchados a algo todos juntos. Por lo menos, fumar era sexy. ¿Qué tiene de sexy abrir una aplicación por un par de notificaciones y levantar la vista una hora después parpadeando y con dolor de cabeza? Necesito escribir, decía, porque es lo único que me mantiene lejos de pensamientos intrusivos como el fracaso o el rechazo. Hace tiempo que no consigo comprometerme con una novela. Tampoco con una relación. Estoy metida en una a trompicones. Una novela, digo. Consigo sacar cien palabras un día, quizás quinientas una buena noche. Tengo el principio y el final y me falta todo lo de en medio porque escribir una novela no es más que rellenar huecos. Antes, me ponía por la mañana y levantaba mil o mil quinientas palabras. ¿Recuerdas aquella época? Tres novelas en el cajón. Y dos más a medio terminar. Y en el cajón se quedarán porque las escribió otra. Pero solo el hecho de estar aquí ya me hace bien. En el prólogo de La familia de Pascual Duarte, Cela dice que las novelas se están escribiendo mucho antes de plasmarse físicamente. Quiero ser como el protagonista de Perfect Days. Quiero hacer cosas sencillas de forma pulcra y obsesiva y dejar hueco para lo que de verdad importa.

         Nunca llevé un diario, ni de niña, tú lo sabes. Me daba pánico encontrármelo al cabo de los años y leer que en realidad me gustó El Código da Vinci. Y bien podría dejar esto guardado en la carpeta ESCRITURA, pero el compromiso con uno mismo es papel de fumar y cartas sí puedo escribir. Así el compromiso será contigo. De la misma forma que me hago fotos para distanciarme de mí misma, dejaré esto aquí. Para verme desde fuera. Te contaré nimiedades a ver si se cuela alguna verdad, como que hoy hace calor y me siento sola. Pero no de esa forma en la que echas de menos a alguien. Cosas como que sigo intentando que la carbonara me quede bien aunque sea un plato para niños, nada sofisticado. Cosas como que ella y yo estamos intentando arreglar lo nuestro pegándolo con celo. Cosas como que en mi cine saben que me gusta la butaca del pasillo. Cosas como que soy alérgica a los gatos y ya me jode porque quería mucho a la mía. Cosas como que creo en fantasmas y en el amor porque son invisibles. Cosas como que acaba de sonar una canción de Warren Zevon. La otra tarde saltó en el aleatorio mientras follábamos y la experiencia se volvió extracorpórea. No tenía ni puñetera idea de quién era, pero no haber conocido las cosas antes ya no me acompleja. Cerré los ojos y la música me llevó a un lugar dentro de mí misma en el que no tengo dolor. Porque me gusta todo lo que me saque de mí o me meta del todo. Todo lo que me niegue. Deseo desaparecer sin dañar a nadie. Pero permanezco. Las cuerdas aprietan. Hoy me han dicho: «Es que muy difícil ser tu amiga». Y aunque estábamos entre más gente y el tono era jocoso, el poso de amargura que noté me rompió un poco. Mira, ahí lo tienes. Entre tanta tontería, se ha colado una verdad.

         He leído Drácula por cuarta o quinta vez. Y volveré a hacerlo porque siempre vuelvo a lo que me da placer. He leído Carpas para la Wehrmacht porque alguien me dijo que era un libro que solo recomendaba a personas especiales. Ojalá no fuera una frase hecha. De vez en cuando dejo el cinismo a un lado para creer en alguien sin saber si lo merece. Pero lo que realmente quería contarte es que acabo de terminar Imposible vivir así. Es la historia del concierto que dio The Band en 1973 para despedirse. Es la historia de una ruptura. Holden dice en El guardián entre el centeno que los libros verdaderamente buenos son aquellos que te gustaría que el autor fuera amigo tuyo y poder llamarlo siempre que quisieras. El caso es que lloré cuando narran la muerte de Manuel. Sabía que moría. Ya sabemos que todos los miembros de The Band menos uno están muertos y aun así he llorado. Lo siento mucho por la gente que no llora con los libros y también por la que no recuerda lo que ha soñado. Hay libros que estimulan la vocación de escribir y otros la matan. 2666 mató mi vocación. A pesar de lo que diga Holden, nunca querré hablar con Bolaño. No podría. Me ha hecho tanto daño a un nivel tan profundo que no sabría qué decirle. Él no tenía miedo. O tenía muchísimo. No lo sé. O quizás mataba el miedo escribiendo. Odio saber la vida de la gente que admiro. No quiero que sean reales porque para empezar, nunca pertenecieron a este mundo. El caso es que Bolaño me hizo sufrir y por eso lo amo. Y con las cosas que se ama tan profunda y dolorosamente no se habla. Pero este libro sobre The Band es todo lo que soy. Podría escribir así. Lo hice, de hecho. Quizás no del todo bien y por eso este libro me llena de vida. Es tierno y nostálgico y cuenta de una forma dulce y preciosa la historia de una música que ya no existe ni jamás existirá. La nostalgia es quedarte para siempre en el lugar que te corresponde. La vida es muy larga. Horriblemente larga. Mi padre se sienta en la mesa de la cocina y, con la cabeza entre las manos, dice que lleva demasiado tiempo en este mundo, que no lo comprende. Mi nostalgia es de un tiempo que no he vivido. El presente me abruma. Me siento torpe en este mundo. Me sentía ajena de adolescente. Me escondí en un matrimonio. Nunca estoy dónde debería o cuándo debería. Escribo mirándome la piel por dentro, ajena al tiempo. Por eso prefiero las películas en blanco y negro, sobreactuadas, en las que detectives con sombrero y cigarrillo, asesinas de satén y el sonido de la campanilla sobre la puerta de un establecimiento me llevan a otro lugar. A veces lamento no tener un cuchillo como Marlene Dietrich en Testigo de Cargo para matar el dolor. Durante una época, coleccioné las pastillas que me recetaron. No las tomaba. Hacía acopio. Para nada, porque soy más fuerte de lo que debería. Romperse no es para mí y vivir es agotador. La vida es demasiado larga pero, oh, tan bonita. The Band dijeron adiós y se hicieron eternos.

        Creo que eso es lo que quería decir. Gracias por estar ahí. Me gusta hablar contigo.

         Espero que allá donde estés, te encuentres bien.

         Beso.

2 comentarios en “A cuento de nada.”

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