Aún juega sin avergonzarse con nosotras, sus muñecas. Sus niñas, sus putas. Diferente nombre dependiendo de la noche. Cuando está tierno, somos sus muñecas. Nos viste con paciencia a las cuatro. Nos peina, nos perfuma. Luego nos mete en la gran cama juntitas, reza y nos da las buenas noches una por una. Apaga la luz al salir y dormimos abrazadas. Otro día somos sus niñas. Entonces no nos viste ni nos peina ni nos perfuma. Nos coloca en las sillas alineadas, tan pegadas una a la otra que se tocan los antebrazos. Coge la vara. Manos. El sonido nos hace saltar. Una. Dos. Tres. Cuatro. Luego se queda ahí de pie con la vara en la mano, la mirada ausente. Nos quedamos quietas esperando la segunda ronda porque el juego nunca acaba ahí. El pánico es huérfano a veces. No sabes dónde ponerlo. Más tarde, en la cama, nos ponemos el ungüento de árnica unas a otras en las manos, en las piernas, en la espalda, en la cara. Otras noches no somos sus muñecas ni sus niñas. No hay vestidos ni vara. Esas noches somos sus putas y los gritos atraviesan la noche. Pero hoy acaba todo. Anoche Carmen no paraba de sangrar por sus partes. Esta mañana está ida, no responde, no nos ve. Le cambio las compresas cada media hora y chisto a las otras dos para que dejen de llorar. Siempre lleva la llave al cuello. No me ha visto guardar el cuchillo de la cena. Esta noche acaba el juego de las muñecas.
