A cuento de nada. Vol 2.

                                                                                                            Si quieres leer la primera parte:        A cuento de nada. Vol 1.

     Solo por charlar, te dije la última vez. Porque necesito escribir. Desde entonces, un par de relatos y una idea obsesiva que llevo pegada como brea. Hubo un tiempo en el que de esa idea salían, con más o menos esfuerzo, noventa mil palabras. Ahora queda el penoso intento de revivir aquella sensación, como hacerle el boca a boca a un cadáver reciente. Como una relación que debió terminar en su momento. Si dejo esa idea como está y no hago nada, pronto empezará a hincharse y a oler. Luego se irá secando. Abarco la autocompasión de relato en relato, pero ya está. No venía a hablar de eso, en cualquier caso. Venía a hablar de lo otro, lo de la insensibilidad.

          Estoy preocupada. O lo estaría si pudiera. Uso las mismas palabras pero están vacías. Qué ilusión. Me alegro. Estoy preocupada. Iré encantada. Lo digo cuando toca pero no lo siento. Las últimas emociones que permanecen son el sexo y la ira, aunque empiezan a ensordecerse. La diferencia entre el nihilismo y la fobia social es que con lo uno se puede hacer vida normal y con la otra. Yo soy perfectamente capaz de hacer vida normal, pero con una mochila de diez kilos. Una sonrisa: diez kilos. Ir a la peluquería: diez kilos. Abrirle la puerta para que pase y me quite la ropa: diez kilos. Contestar al mensaje mensual que me manda mi madre para comprobar que estoy viva: diez kilos. Tomamos decisiones por una razón. Ganar dinero, la opinión de tu pareja, el futuro de tus hijos. Aceptas un puesto de trabajo (o permaneces en él), compras un sofá. A veces, uno deja de comer carne, pero no por el medioambiente (pides veinte paquetes a Amazon), sino por compasión. Es importante saber por qué hacemos las cosas. La razón que nos impulsa o que nos limita. La mía, es reducir al mínimo las interacciones personales. Las cajas de autopago son un problema porque colisionan con mi conciencia de clase. La otra razón es el dinero; no en tenerlo, sino en no necesitarlo. Lo aborrezco. Compro cosas cuando no tengo más remedio y procuro que sean cosas que ya existen y nadie quiere. Vivo desde hace cinco años en una casa de cuarenta metros cuadrados y cada vez tengo más espacio. Viajar me parece de mala educación. Pronto se va a poner de moda decirlo, hacer proselitismo, incluso; pero yo ya lo odiaba de antes y es lo único que no me atrevía a confesar. Cuando trabajaba poniendo copas, aceptaba las noches imprescindibles para sobrevivir, mientras que mis colegas aprovechaban para ganar toda la pasta posible. Ellos son ahora propietarios de preciosos adosados y yo estoy atrapada en una más de las absurdas burbujas del capitalismo. Así que hago mi mundo más pequeño: menos dinero, menos personas. Pero estoy divagando, perdona. Son las dos de la mañana. In the dead of night, como canta Orville Peck con esa voz de ultratumba. La insensibilidad, como iba diciendo. Había una chica divertida por aquí. Se rompió y con los trozos formaron otra. Imita muy bien a aquella. Quiero volver atrás para hacerlo todo diferente y saber que habría dado igual. El otro día me hicieron un regalo sin venir a cuento. Fue especial, muy personal e íntimo. Algo que me habría hecho llorar en otra época. Me han publicado otro relato. También tendría que estar emocionada por eso. No lloré por la muerte de Lynch, lloré volviendo a ver The Straight Story. Solo conecto con las cosas que no laten, como el anillo que llevo en el anular desde que tengo memoria y que siento como un talismás, como un ancla que me retiene en este mundo y sin el que saldría volando. He leído Réquiem por un campesino español y me ha dado ganas de escribir una historia pequeña y terrible. Una sola verdad. Es la idea obsesiva de la que hablaba al principio, la que no se me despega. Quiero armarla, darle vida y luego, quitarle todos los artificios. Pero, sobre todo, quiero sacármela de aquí dentro. Quiero que vuelvan las ganas de escribir, aunque lo que vuelva sea una cosa terrible. Vonnegut dijo que, ahora que había terminado su libro de guerra, el próximo sería divertido. Tengo que escribir mi libro de guerra pero tengo miedo. O lo tendría, si pudiera.

          Espero que estés bien. Me gusta hablar contigo.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable>>> .
Finalidad>>> Gestionar el comentario que dejes aquí después de leer el post.
Legitimación>>> Consentimiento del usuario.
Destinatario>> Los datos que me vas a facilitar a través de este formulario de contacto, van a ser almacenados en los servidores de enelapartamento.com, mi proveedor de email y hosting, que también cumple con la ley RGPD. Ver política de privacidad de enelapartamento> https://www.enelapartamento.com/privacidad.htm
Derechos>>> Podrás acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos personales escribiéndome a dianabenayas@enelapartamento.com.

error

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!