Santos se preparó porque a las siete y veintisiete de aquella tarde iba a morir. Era el último de la aldea y debía dejarlo todo listo. Al despertar, se había visto a sí mismo ya frío, sentado en el banco de El Cerro. No se sorprendió tampoco. Setenta y un años ya está bien. Además, una muerte tranquila. Se vistió y desayunó sopas de pan con leche. Observó por la ventana de la cocina el rocío brillando bajo los primeros rayos de la mañana. Ese día se permitió maravillarse. Cada día no te puedes maravillar pero el día que mueres, sí. Limpió la paja del establo, llenó el abrevadero de agua y le dio un par de topetazos en el hocico a la mula a modo de despedida antes de soltar el amarre. Llenó también los baldes de agua de las gallinas y repartió el pienso. Dejó la cancela abierta. Poco más podía hacer. Cuando tuvieran hambre, saldrían. Volvió a entrar en la casa, se puso otra taza de la cafetera que había dejado en la estufa caliente y se sentó a la mesa de la cocina con las cuartillas de papel. Escribió la carta para Camilo San Roldán, el notario de Orense. Camilo había firmado las escrituras de la casa familiar. También fue con quien abrió los testamentos; primero de su padre, después de su madre y por último, de su hermano Siro.
Al mediodía almorzó las últimas rebanadas de pan que quedaban con un poco de lacón y queso y se echó vestido sobre la cama, pero no pudo dormir. Recorrió la casa por hacer algo y vació la nevera antes de apagarla. Siro era el único de la familia que se había quedado por allí después de morir. Unos se quedaban y otros, no. Ahora mismo estaba en el prado. Santos lo veía a través de la ventana de la sala. Siempre estaba allí, en medio del prado mirando hacia arriba. Santos miró al cielo también. Llovería esta noche, pero él ya no lo vería. O a lo mejor sí, pero a través de la niebla. No trató de llamar a Siro. Nunca hablaban.
El niño de Palades fue al primero que vio. Siempre los veía por la mañana al despertar. AL principio no podía distinguirlo de un sueño. El niño de Palades y él era amigos de la escuela. Esa mañana, muy quieto en la cama con los ojos cerrados, lo vio tirado bajo el castaño del pazo. Sería a las siete y media de la mañana. No se asustó. Tampoco se lo dijo a sus padres ni a nadie. El niño de Palades no fue a clase. Por la tarde, Santos fue al pazo y lo vio ahí, yendo y viniendo del castaño al río. Le pareció raro que no le hablara. No lo comprendió hasta que al día siguiente su padre lo llevó a iglesia para dar el pésame a los padres del niño. No entraron a la misa porque eran ateos, pero su padre cogió del brazo al Señor Palades y le dijo que el niño no había sufrido al caer del árbol. El padre de Santos era el médico. Desde entonces, Santos iba al pazo casi todas las tardes. Se sentaba bajo el castaño y lo observaba al niño. Iba y venía del riachuelo al castaño. Todos ellos hacían un camino, uno solo, repetido sin descanso. Le contó a su padre lo que había visto y ya en la aldea se lo tomó siempre por el vedoiro, el que puede ver.
Dejó la carta para Camilo, el notario, en la mesita de la entrada y salió de casa. Matías, el cartero, pasaba los lunes. La puerta de la casa no se había cerrado con llave nunca y no vio motivo para cerrarla ahora. Además, así su sobrina podría entrar sin llamar a ningún cerrajero. No pensó en llamarla para despedirse. La última vez que hablaron fue en Navidad. Y la vez anterior, la otra Navidad. Ya se enteraría cuando la llamara Camilo para abrir el testamento. Santos se preguntaba a veces por qué su hermano Siro se había quedado allí en el pazo y no con su hija en la ciudad, que es donde murió. La vieja de los Carrando había muerto en la residencia de Lugo y Santos la veía cada día en misa cuando pasaba por delante de la iglesia. Aunque no era una misa exactamente lo que daba Don Jesús, que también se había quedado. El cura iba del altar al sagrario, trasteaba ahí y vuelta. Don Jesús había muerto hacía muchos años en la sacristía de un tiro que se pegó en el ojo. La gente de la aldea nunca se lo creyó porque los católicos no pueden suicidarse pero Santos lo vio todo, como siempre, al despertar. Don Jesús se pondría la escopeta en el ojo y apretaría el gatillo. Luego supo que buscaba algo parecido a la redención en el cañón de la escopeta. La mancha de la pared de la sacristía nunca salió del todo. Pintaban encima y al cabo de unos días, asomaba el color pardo. La razón por la que Don Jesús había renunciado a entrar en el cielo se la contó Julia una noche que la llevó al banco de El Cerro después de la feria.
—Ayer hablé al fin con ese cerdo.
Santos le pasó el brazo por los hombros y esperó a que dejara de llorar.
—Ya no se lo va a hacer a nadie más —añadió.
Al día siguiente, Don Jesús se pegó el tiro. Fue el único suicidio en la aldea.
Bajó hasta la plaza. Llegó a la Calle Mayor y esperó. Al cabo, apareció Julia. Ella no lo miró; igual que nunca hablaban con nadie, nunca miraban nada. Caminaba despacio. Julia y Santos habían sido novios de críos hasta que ella se fue a Salamanca a estudiar Historia del Arte. Volvió diez años después con un marido, tres niños en edad de necesitarla mucho y cansada de la vida. Su marido se mató al caer de un andamio y los críos se fueron haciendo mayores, marchando cada uno a una punta del mundo. De unos años acá, Julia y Santos solían jugar al mus con Marcela y Faustino los sábados por la noche. Después del mus, iban a casa de ella y Santos pasaba la noche intentando que el calor valiera por los dos.
Una de esas noches, Julia le dijo al oído, haciéndole cosquillas con su aliento.
—Santos, por qué nunca te casaste.
—Y con quién iba a casarme.
—No sé, con una.
Santos cubrió con la suya la mano que ella tenía en su pecho. Afuera, el viento quería llevarse los años gastados.
—No supe.
Ella guardó silencio. Luego, dijo:
—La mañana que me veas, no me lo digas.
Santos giró y la volvió de espaldas, apretándola contra sí.
—Promételo —dijo ella.
Él enterró la cara en su pelo.
—Lo prometo.
Julia murió a los sesenta y tres años ahogada en la bañera después de un ictus. Santos lo vio al despertar. Ocurriría a las ocho y seis. Corrió sabiendo que no llegaría. La noche que le hizo esa promesa ya sabía que iba a ser la única vez que se permitiría creer. Pero no se podía interceder entre el mundo real y la niebla. La sacó de la bañera aún caliente y la abrazó hasta que Ángel, el nuevo médico, se la quitó con suavidad. Desde entonces, la veía cada tarde en la Calle Mayor. Ella se apoyaba un momento en la persiana del ultramarinos y luego seguía andando. Cuando llegó al final de la calle y volvió la esquina, Santos dejó salir el aire de los pulmones.
El último había sido Antonio, de un infarto el invierno anterior. Desde entonces, la persiana del ultramarino permanecía cerrada. Ahí vinieron a llevárselo los de Orense. Le dijeron a Santos que por qué no se iba él también, que ya no quedaba nadie. Santos los observó meter a Antonio en el coche fúnebre y cerrar la persiana del ultramarinos. Fue el último de la aldea con el que cruzó palabra. Desde entonces, tenía que coger la furgoneta cada dos semanas para ir a Polanta por comida y pienso. Allí lo miraban con pena. Pero no estaba solo. Estaba con ellos. Siro, en el prado. Don Jesús, en misa. Julia, por la Calle Mayor. El niño de Palades, en el río. A Santos le daba paz. Nunca se había ido de la aldea por miedo a no sentir esa paz nunca más.
Siguió por el camino de El Cerro. Cuando llegó a lo alto, se sentó en el banco. Desde allí se veía toda la cordillera. El día que el alcalde hizo traer el banco, todo el mundo hizo fiesta. Se trajeron mantas, refrescos y empanada. Unos se habían marchado, otros habían muerto y algunos se habían quedado, deambulando para siempre. Santos observó el cielo. Llovería, sí. Pensó si le darían a elegir su camino eterno y en ese caso, si podía pedir la Calle Mayor. Le cayó la cabeza, la barbilla quedó apoyada en el pecho. El sol se fue entre las montañas. Eran las siete y veintisiete.
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Qué maravilla, gracias Díana.