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Hay un momento para leer a Faulkner.

           Hay un momento para leer a Faulkner pero no sé decirte cuál es. Es un poco como enamorarse, que llega cuando quiere. La primera vez que lo intenté no pasé de la página tres. No entendía nada. Lo dejé. Pensé que Cuerda nos había tomado el pelo a todos (después comprendí que no era más que una declaración de amor). Esa primera vez no era mi momento. No dormía más de tres horas seguidas y lloraba mucho. Una serie de desgracias vinieron a visitarme como en Cuanto de Navidad y tal vez habría podido lidiar con ellas de una en una, pero todas juntas, no. Mi cerebro sorbido y regurgitado gemía de dolor ante ese tipo de lectura. Ante cualquier lectura, en realidad. Un ser ojeroso y desquiciado escondió con mucha pena el libro entre la montaña de pendientes sin descartarlo del todo porque, de alguna manera, intuía que ahí había algo que me concernía. Pasó el tiempo. Poco a poco recuperé mi peso, la autoestima y mi coche (historia para otro día). Entonces, en algún momento, el momento llegó. Cogí el libro. Leí. No entendía nada. Lo cerré. Lo abrí. Seguí. Llegué a la página diez; volví al principio. Llegué hasta la treinta. Empecé de nuevo. Algo comenzó a pasar. Como en esos libros que tenías que bizquear para ver una imagen, algún tipo de horizonte se abría camino. Hay una escena en la peli El guerrero Nº 13, de John McTiernan, en la que el guerrero y el grupo de vikingos con el que viaja pasan una noche alrededor de la hoguera. Él se pone a observar sus gestos, el movimiento de la boca, los fonemas que emiten y cuando amanece, ya les entiende. La escena que a todo el mundo enfureció, representa una elipsis de varios meses en la que el guerrero aprende el nuevo idioma. Eso es lo que sucede con Faulkner. Según lees, te vas amoldando hasta que las piezas se sitúan como las tenía él. No sabes cómo, pero ahora comprendes el orden y el caos. Ahí empezó uno de los enamoramientos más fuertes de mi vida. El placer de leer a Faulkner tiene que ver con traspasar algún tipo de umbral. Y no es que el placer después del dolor sea mejor, es que está hecho de otra cosa. En algún momento yo lo traspasé y ese bastardo borracho sentado hace casi un siglo delante de su máquina de escribir se comunicó conmigo. Lo mejor es que no hay artificio ni ambición de asombrar. Era lo que sabía hacer y era como lo hacía, nada más. Sus primeras novelas se las editaban a conciencia (por eso resultan algo más sencillas) pero llegó un momento en el que las editoriales le cerraron las puertas. Entonces, dijo: ahora puedo escribir. En los siguientes años creó cuatro maravillas del siglo XX: El ruido y la furia, Mientras agonizo, Luz de agosto y Santuario. Mientras en su país le ignoraban, en Europa le daban el Nobel. No le gustaba teorizar sobre la escritura pero durante una charla, unos estudiantes le preguntaron por su estilo. Él se limitó a contestar: el estilo es incidental, algo sobre lo que piensa el que no tiene demasiado que decir. A lo mejor es que escribir es eso, un accidente. Algo que no puedes evitar y sobre lo que no deberías pensar demasiado. Hay un momento para leer a Faulkner y hay un momento para sentarse a escribir, pero no sé decirte cuál es. Y como enamorarse, también hay que saber cuándo dejarlo.

Diana

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  • No encuentro palabras para expresarlo, pero que ha sido el momento de leerlo. Concreto y directo al sentimiento que va y viene.

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Diana

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