Suena Neil Young y eso siempre hace que vuelva la ternura. Miro alrededor buscando asidero y veo varios libros que dan vueltas por casa sin llegar nunca a ocupar su lugar. Uno es el de las conversaciones de Truffaut con Hitchcock porque me pongo sus películas cada vez que me peleo con el mundo. Otro es Archipiélago, de Mariana Enriquez, que tiene un glosario al final con los libros de su vida y yo los voy tachando a medida que los leo. También hay un ejemplar ajado de El concepto de la angustia en la mesilla de noche porque necesito entender algo y creo que es ahí donde está la respuesta. Pero el que más tiempo lleva dando vueltas es el Zaratrustra de los cojones. Hace un millón de años, cuando lo empecé, escribí sobre la soledad. Entonces creía que sabía lo que era, pero fue cuando me vine a vivir a mi montaña que escuché el verdadero silencio. Él pasó diez años; yo estaré aquí cinco, lo que ampara la ley de arrendamiento. Luego veremos si estoy fingiendo que quiero estar sola o si llevo fingiendo toda la vida que puedo no estarlo. Justo entra un mensaje de mi exmarido. Que si estoy bien, que ha tenido aquella vieja pesadilla en la que me persiguen. Me parece providencial que interrumpa cuando estoy hablando de fingir porque no consigo recordar haber estado enamorada de él. Sé que lo estuve, pero no lo recuerdo. Tampoco recuerdo mi infancia. O sea, no recuerdo que fuera mía; veo fotos y me parecen historias que me contaron. Hay gente que se ve a sí misma en los sueños, yo no. La gente recuerda lo que recuerda. Yo recuerdo lo que pasó, pero no siento que estuviera ahí. Así que no sé si he vivido o fingido. En una entrevista, Philip Seymour Hoffman dudaba si había sido feliz o si simplemente no había sido consciente. Siento que hace cinco años desperté o me caí o me ahogué y que al abrir los ojos, había perdido la capacidad de fingir. Reduje las interacciones a lo imprescindible para satisfacer mi deseo y a que la gente que me quiere no muera de preocupación y empecé a escribir por escribir y a leer por leer, no por gustar. Nietzsche llegó a la conclusión de que todo aislamiento es culpa pero yo floto hace tiempo en una bañera de culpa espesa y acogedora. La culpa me abraza y me define porque cuanto más la siento, más cerca estoy de mí misma. Ya no lucho. Bajé las manos y me dejé hacer. Abro una aplicación que me ayudará pisar lo menos posible la calle porque apenas soporto el cielo sobre mi cabeza y veo a un desconocido con los ojos tristes que me recuerda a alguien, a un momento en el que fui feliz o no me había despertado aún, quién sabe, y me acerco en la forma que nos acercamos ahora, dando like y esperando que suceda algo. Porque, aunque no quiera, sigo esperando cosas que no van a suceder, como que me escriba solo porque ha pensado en mí y quiere sentirme cerca y me echa de menos aunque no sea de echar de menos y tal vez así sienta de una puta vez que no soy una más. De vez en cuando, alguien traspasa la línea y lo dejo entrar. Ayer caminaba delante de mí, se giró, sonrió y pensé, pobre, ojalá me hubiera conocido cuando era divertida. Cuantas más amigas tienen hijos, mejor comprendo que nunca fue lo mío atar mi existencia a la de otra persona, aunque tuviera mis ojos. Cuantas más presentaciones de libros asisto, más siento que el fracaso es equivocarte de deseos. Deseo desaparecer, siempre lo he deseado más que nada. Si me hubiera elegido entonces, cuando más necesitaba que me eligiera, ahora seríamos extraños porque lo cierto es que necesito echar de menos. Amar es lo contrario a desaparecer. Bajaré de la montaña algún día, cuando me hunda en mi ocaso y averigüe si he estado dormida o solo fingiendo. Siento pocas cosas pero aún me queda la ternura. Espero que estés bien. Me gusta hablar contigo. Beso. 

Diana

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