Había tormenta, eso sí lo recuerdo, una tormenta eléctrica de verano. El cuarto se volvió pequeño y la música muy triste. Me apoyé en la ventana para notar el viento. Rompió a llover y me esforcé por retener el momento porque notaba que hoy iba a ser diferente. En algún momento, la angustia empezó a convertirse en otra cosa. Todo se está convirtiendo todo el rato en otra cosa. Cinco minutos dura el dolor y la incertidumbre y el reloj marca un minuto más y la sangre circula, la mirada se pierde y el viaje comienza. El viento me acariciaba la nuca. La que todo lo controla se hizo a un lado por una vez. Nunca me deja, la muy puta. Me mantiene cuerda y con vida y hace que todo funcione con precisión alemana, pero la mataría con gusto cuando no distingue. Se hizo a un lado, decía, y entonces me inundó un poder antiguo y conocido. El calor empezó a fluir. Yo ya no era Yo, era solo un ser sintiente dominado por el Ello. Amo todo lo que me niegue. Subí a la superficie, cogí aire y volví a bajar para perderme en terminaciones nerviosas y en vasos sanguíneos, en la piel erizada y en el dolor, habité el dolor que se convierte todo el rato en otra cosa. La noche concentró en una minúscula partícula de tiempo todo lo que soy capaz de amar. La tormenta seguía detrás de mí mientras oleadas químicas me empapaban en sudor. Una humedad distinta entre mis muslos, tu mano, la música, mi pecho alzado y anegado, la lluvia, el viento, el cuarto, la sangre, la vida, el dolor. Y el reloj marca un minuto más, la sangre se acalla y estoy en mi habitación; abro el portátil y escribo para no olvidar: había tormenta, eso sí lo recuerdo, una tormenta eléctrica de verano.