A veces, cierro los ojos y los veo.

                 A veces, cierro los ojos y veo a una pareja. Ya no son tan jóvenes, van al concierto de un grupo local. Son los que tocaban en el bar donde terminaron la noche de su primera cita. Les han visto docenas de veces desde entonces. Recuerdan aquella noche. Cerveza, impaciencia y una genuina sorpresa porque la vida les hubiera dejado encontrarse. Se dan la mano entre la gente. Cantan juntos hasta desgañitarse.

                Pasan unos años. Ahora están en el salón, en sus sitios de siempre. Hay una butaca que tapizó ella misma, no demasiado bien, que chirría cada vez que se mueve. Fuera llueve y leen sendos libros que luego se intercambiarán. Cuando ella cambia de postura y dobla las piernas debajo de sí misma, él sonríe para sus adentros. Quiere hacer la enésima broma, algo sobre una garza, que solía provocarle un ataque de risa. Risa que a él aun le remueve la sangre. Por esta vez, simplemente, sonríe. Sabe el mohín que ella pondría y eso le basta.

                Unos años más. Ella está en primera fila y le escucha tocar la canción que le compuso en su primer aniversario. Se le humedecen los ojos de orgullo y de ternura. El domingo por la mañana van al mercadillo a buscar baratijas; él se sigue avergonzando cuando ella regatea. Van paseando por la calle y ella le abraza por la cintura, más amplia que de joven; pero le aprieta el brazo y le gusta notar firmeza. Ella se para delante de un puesto de flores. La mira. Cree ver algunas canas entre su pelo. Pero está perdiendo la vista de cerca, así que simplemente las ignorará, igual que las arrugas que ella jura que tiene junto a los ojos. Igual que ignora ese dolor en el costado, que tendrá que ir a mirarse la semana próxima porque ella no deja de insistir.

                Ahora son más mayores. Están cenando en un restaurante al que solían ir de novios. Ella le cuenta algo que ha leído en el periódico sobre el barrio en el que vivían al principio, donde se vendía droga en esquinas sin ningún tipo de oscuridad. En aquella época, podía derrumbarse el mundo a su alrededor, que ellos hacían barricada desnudos en un colchón en el suelo y con discos de Radio Futura. Él le pide al camarero que se lleve la ensalada al notar que tiene miel, porque a ella le hace vomitar. Ella le roza la mano por encima de la servilleta. Él sigue dejando la ropa por todos lados. Ella sigue siendo una maniática de la última palabra. Él sigue poniendo la tele a todo volumen. Ella aun le prepara el café de la tarde con un poco de canela. Él sigue sin colocar bien los platos en el lavavajillas. Ella sigue hablando demasiado cuando tiene sueño. Él aun le deja besos en el hombro al pasar por su lado. Ella sigue obsesionándose por cada detalle. Él sabe que a ella le gustan los mimos por la noche y ella sabe que, a él, por la mañana.

                Se conocieron, se enamoraron, se perdieron y se encontraron. Se dieron la mano delante de médicos que los miraban con resolutiva preocupación. Provocaban cataclismos por un mal tono que les convertía en extraños al instante, dispuestos a una batalla sin prisioneros. Cuando conseguían salir, volvían parpadeando como quién vuelve de la guerra. Han aprendido a cabecear con condescendencia. Han aprendido a evitar que las luchas que uno tiene consigo mismo manchen el regazo del otro. Hay un sitio al otro lado y ellos están habitando en él, con el cajón de debajo de los cubiertos lleno de cerillas y cierres de bimbo. A veces, se pelean o, simplemente, se enfurruñan; a veces, toman distancia un rato. A veces, se la piden. Pero ya no son enemigos. Hubo un tiempo en el que no paraban de preguntarse: ¿merece la pena? Lo cierto, es que nunca tuvieron elección. Cuando amas a alguien, ¿en qué momento hay que decir basta?

                Cierro los ojos y los veo. Porque ellos no saben de los que no volvieron de la guerra. Porque hay un lugar donde las historias se cuentan para uno.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable>>> .
Finalidad>>> Gestionar el comentario que dejes aquí después de leer el post.
Legitimación>>> Consentimiento del usuario.
Destinatario>> Los datos que me vas a facilitar a través de este formulario de contacto, van a ser almacenados en los servidores de enelapartamento.com, mi proveedor de email y hosting, que también cumple con la ley RGPD. Ver política de privacidad de enelapartamento> https://www.enelapartamento.com/privacidad.htm
Derechos>>> Podrás acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos personales escribiéndome a dianabenayas@enelapartamento.com.

error

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!