“… AND I WANT IT NOW”

O “Tiempo del cortoplacismo”

Por Diana Benayas

            Freddie nunca llegó a cantar I want it all en vivo. No le dio tiempo, se fue antes. Y de eso vamos a hablar hoy: del tiempo. A esta canción, escrita por Brian May, se le dieron a posteriori connotaciones más reivindicativas, pero lo cierto es que el guitarrista sólo quería hacer un himno a la ambición: es sólo una oda a la lucha por un sueño. Pasa mucho con Queen. Se le intenta dar transcendencia y profundidad a unas canciones que sólo pretendían entretener. Pero, ya puestos a usurpar intenciones, el título me viene pintiparado para el tema de hoy. Quiero hablar del ansia viva que nos corroe a todos, por todo: información, ocio, ropa, tecnología. Quiero saber el precio que se paga por tenerlo todo y tenerlo ya.

            Entrando en el terreno pedregoso (y a veces engañoso) de la nostalgia juvenil, como hija de los ochenta y los noventa os cuento que vengo de unos años en los que no había tanta prisa. No me voy a poner «abuelito, dime tú», de verdad que no, ni voy a parafrasear a Jorge Manrique y su Cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero dejadme cerrar los ojos por un momento y evocar un tiempo con tiempo. Una época de escuchar un disco entero y ponerlo una y otra vez. De esperar expectantes una semana a que echaran el próximo capítulo de Ally McBeal. Una semana también tardaban en revelarte un carrete de fotos. Era un tiempo de ir a comprar la revista Fotogramas que salía, atención, ¡una vez al mes!. Y en aquel entonces contemplábamos la nada más absoluta durante cuarenta y cinco minutos mientras se cargaba el Donkey Kong en el Espectrum. Cuando veo a algunos fans de Juego de Tronos impeler a George R.R. Martin a que termine de una puñetera vez su obra, me descojono al pensar en el editor de Tolkien (recordemos que el escritor tardó unos veinte años en terminar El Señor de los Anillos) diciéndole a su cliente: «Oye, John, ¿te quieres dar un poquito de brillo? Verás, es que tengo a un puñado de suscriptores de streaming (que pagan todos los meses diez euracos, John, no lo olvides) como pollos sin cabeza porque quieren saber YA, YA, pero YA, cómo termina el puto viaje del hobbit». Tolkien no habría ni pestañeado. Habría cogido un ejemplar del Oxford English Dictionary y, sin mirar, se lo habría tirado a la cabeza. En lo personal (guiño, guiño, Rodrigo Cortés), tiendo a ver las películas una o dos semanas después de su estreno. Las series, varios meses o, en algunos casos, años después. Con los libros, espero a que salgan en bolsillo (también por una cuestión de espacio en mis estanterías). No digo que sea lo que hay que hacer, ni mucho menos; si no, los estrenos no tendrían sentido. Simplemente es mi particular ejercicio de mesura. Sólo clamo por paciencia, por darle espacio a la vida, al arte, para desarrollarse. Cascarse en un atracón de fin de semana La casa de papel es como meterse un donut entero en la boca y tragárselo. ¿Dónde queda el paladeo de los personajes, el rumiar posibles argumentos, la emoción de la espera? Satisfacer los deseos de golpe provoca, a posteriori, una sensación de vacío que exige ser llenada de nuevo inmediatamente. Es el círculo vicioso de los carbohidratos simples.

            Sólo quiero saber qué puñetas ha pasado con nuestro tiempo; y no digo con nuestra Era, digo con nuestras horas. Vivimos más años que nunca y tenemos más prisa que nunca. Hemos creado Netflix y Spotify para no tener que esperar por el ocio, Amazon para no tener que esperar por nuestras posesiones, el AVE para no tener que esperar por el viaje, Tinder para no tener que esperar por el amor. Y todo ello es maravilloso, lo digo sin asomo de ironía, no me opongo a los avances tecnológicos. Creamos una vida a la carta adaptada a nuestros horarios para así poder vivir el tramposo sueño de ser dueños de nuestras horas. Dueños de ese poco y precioso tiempo que nos queda cuando no estamos trabajando, sonándole los mocos a los niños, preparando tuppers, haciendo la declaración de la renta o comprando calcetines. Pero a veces me pregunto si es cierto lo que dijo el poeta persa Omar Khayyam: «Nuestra única posesión es el instante». Estamos llenando de estímulos inmediatos una vida carente de ritmo interior, de pausa, de contemplación, de asimilación.

            El periodismo es el gran damnificado en toda esta prisa. Un niño se cae a un pozo y queremos saberlo todo, y queremos saberlo ya. Y con detalles. Y con imágenes. Y con declaraciones. Pero de esta forma desaforada nunca obtenemos el contexto, ni las razones, ni las consecuencias. No tendremos la verdad, sino el espejismo de la primera impresión. Poco a poco va relegándose al ostracismo ese periodismo lento y responsable (me viene a la mente Spotlight), ese que se tomaba su tiempo para observar con perspectiva todos los puntos de vista y contrastarlos. Gran palabra: contrastar. Los titulares en redes satisfacen la inmediatez de explicación y nos amputan la valentía de verificar si la información que estamos recibiendo es cierta. Y esto es la pescadilla que se muerde la cola: nosotros queremos inmediatez, el mercado manda, así que los medios de comunicación exigen a sus reporteros que tengan la noticia casi en el instante en que ha sucedido. Y luego, ya si eso, contrastamos. O no, que para una conversación a la salida del cole mientras esperamos a los niños ya tenemos suficiente.

           Breve inciso para la política, pero de refilón, que me puede salir urticaria (y lo digo desde mi atalaya misantrópica, dejando caer de vez en cuando mi odiado genérico la gente que, por otra parte, ya se ha ido filtrando bastante a lo largo del artículo). Votamos más que nunca porque la inmediatez no nos permite sopesar qué líder es el adecuado al momento que vivimos. Ojo, no quién es el adecuado para nosotros, individuos, sino para el tiempo que nos toca. Votamos a golpe de Twitter, de fake news, de rótulo de magazine matinal. Y creamos líderes cortoplacistas (si me tomara un chupito cada vez que se dice esa palabra en Julia en la Onda, me pasaría la tarde borracha como un piojo), que buscan sus quince minutos de gloria sabiendo que convence el que mejor sale de perfil. Porque ya no contrastamos.

            Y no vale echarle la culpa al sistema porque, si bien el sistema controla las masas, es el individuo el que controla al sistema. ¿Naif? Bueno, ya le dijimos a las multinacionales que no queríamos más plástico. Ahora, todas pierden el culo por hacer campañas desvinculándose de los envoltorios superfluos. Decidimos que echábamos de menos los discos de vinilo y en 2019 se batieron récords de ventas en tres décadas. Controlamos al sistema cada día mediante sutiles y potentes gestos: apagando la tele cuando el hartazgo de comercialización de la tragedia nos hace vomitar, volviendo a comprar a granel, buscando en varias fuentes antes de compartir una noticia, diciéndole a Netflix que, gracias, pero que el próximo capítulo lo veré mañana.

            El enemigo es grande, pero el poder de uno es inconmensurable. Con paciencia y sabiduría, caen las torres más altas. Lo queremos todo y lo queremos ya, y así la vida se nos diluye en la prisa.

            Recuperemos nuestra única posesión: el instante.

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