Capítulo 1. Empecemos por el principio

(Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo)

            Hay veces en las que me pregunto qué coño hago aquí, conduciendo una Transporter, acompañada de estos cuatro tíos sin dios ni patria. ¿Para esto sirve el título de Filología? Cuando deambulaba allá por los noventa por los pasillos de la Complutense, haciendo ver que me labraba un futuro, y ponía copas en los bajos de Argüelles (en la parte de arriba, la heavy, no la bakala) para pagarme la carrera, nunca imaginé que mi destino sería relatar las mamarrachadas de esta tropa. Cada tanto hay que bajar las ventanillas y ventilar porque huele a porro. La parte de atrás está hasta arriba de maletas, instrumentos y artilugios propios de una banda de rock. Del espejo retrovisor cuelga una cabeza de Eddie, el icono de Iron Maiden, que baila endemoniado sin parar al son del traqueteo de la carretera.

            En un par de horas llegaremos a Vigo, tercera parada de una gira llamada No hay lugar que durará tres meses. Abarca casi todos los rincones del país. Prácticamente, todo el equipo ya estará montado cuando los chicos lleguen al lugar. Ellos enchufarán sus instrumentos, probarán sonido durante lo que parecen milenios (buscando un nivel de perfeccionismo que roza lo compulsivo) y se pondrán a tocar. La mayoría de sitios cuentan con sus propios técnicos de sonido; en los que no, nos acompaña el equipo de Nachete. De vez en cuando viene con nosotros un fotógrafo. En alguna parte hay un mánager de gira que se llama Luis y que va con su propio séquito; viaja por su cuenta porque también lleva otros grupos. Aparece aquí y allá y siempre está pendiente de ellos. Se supone que es la persona encargada de que todo el mundo esté donde tiene que estar y a la hora que debe, todo ello coincidiendo en el tiempo y el espacio pertinentes. Es, básicamente, un hombre estresado. Los sitios donde estos chicos tocan son salas de conciertos (por lo general, ubicadas en los polígonos), auditorios y algún palacio de deportes. También en festivales indies y de rock. Los hoteles son asépticos y funcionales. La música es épica. Hace tiempo que no se les pueden encasillar porque se salieron del patrón y son dueños y señores de un sonido propio. Se llaman Sonder, palabra que inventó John Koenigs, escritor y diseñador. Creó un diccionario particular para definir sensaciones o sentimientos que no tenían palabra propia. El significado de Sonder es: «la comprensión de que cada persona tiene una vida tan intensa y compleja como la nuestra». También significa especial en alemán. Su último disco, Difícil de encajar, está arrasando en las listas de ventas, todo un logro teniendo en cuenta que son un grupo que hace de todo menos música convencional.

            Pero empecemos por el principio. La historia de estas Crónicas comenzó hace unos días cuando Dani, el líder de la banda, leyó alguno de mis artículos musicales en la revista Mondo Sonoro. Le gustó mi estilo, haciendo gala de un criterio que deja mucho que desear, y se puso en contacto conmigo. Quedamos en una cafetería de Tribunal. Cuando apareció, me asombraron dos cosas: su voz cavernaria para ser alguien con aspecto de niño perdido y su trato perfectamente natural para ser alguien que se había tenido que tomar fotos con media parroquia antes de llegar a sentarse. Me explicó su idea.

            —Quiero que nos acompañes en nuestra próxima gira —dijo—. Necesito que alguien la documente.

            Yo ya conocía su trayectoria ascendente de los últimos diez años y los había seguido de cerca como estudiosa de las joyas que, de vez en cuando, nos regala el mundo underground. La gira en la que se iban a embarcar, incluyendo festivales, era el proyecto faraónico de Dani, la primera tan larga de su carrera y la única que se había hecho que abarcara casi todas las provincias. Por lo menos, en una banda de su nivel. ¿Para qué me quería a mí? Yo no entendía nada. Me dio la sensación de estar delante de un enajenado, así que le seguí la corriente para no enfadarlo. Me daba miedo que se exaltara. Es pequeño, pero se le pone una mirada extraviada que da bastante yuyu cuando tiene una idea. Después he podido comprobar que su forma de actuar es poner los medios necesarios, sean cuales sean, para materializar su idea por muy descabellada que esta sea. Es lo que ha venido haciendo en los últimos años y, normalmente, tiene éxito; así que yo qué sé, será que a la gente le va la marcha.

            —Busco a alguien que viaje con nosotros y escriba una especie de diario de a bordo. Nunca se había hecho algo así. Y quiero que se llame Crónicas de una gira.

            A mí me pareció una mierda de nombre, y aquí estamos. La mirada enloquecida va acompañada de un carisma brutal, ya os iréis enterando.

            Di un sorbo a mi cerveza, me encogí de hombros y acepté. No tenía nada mejor que hacer ese verano y el resto de mis obligaciones con la revista podía cumplirlas por el camino. En ese momento de mi vida, me embargaba una anhedonia sin explicación que me impedía disfrutar como antes de las cosas; en especial, de mi trabajo. Todo a mi alrededor me parecía aburrido y hecho ya mil veces. Sólo sé escribir de las cosas que me apasionan y hacía tiempo que eso no me pasaba. Así que, al cabo de unos días, agarré mi portátil, metí en una mochila unos cuantos libros y ropa de festival (vaqueros rotos y camisetas) y me subí al carro. A la Transporter. A la puta Transporter azul bebé.

            Antes de subir ya empezó la primera polémica. Nadie quería conducir. Bueno, Bobby sí, pero los demás se oponían. Todavía no sé por qué. Dani no tiene carné. Increíble y, sin embargo, cierto.

            —Estoy a otras cosas —afirmó examinando el horizonte.

            Gael lo estaba echando a piedra, papel o tijera con Manu. Al parecer, son ellos dos los que suelen turnarse al volante. Cualquiera diría que a estas alturas ya deberían tener road manager, pero no. Es una de las deliciosas peculiaridades del amado líder. «Aún no», decía. ¿Aún no? A qué coño está esperando sólo lo sabe él. De momento, siguen conduciendo y llevándose las maletas ellos solitos. Llevábamos veinte minutos bajo el rutilante sol de las once de la mañana de un quince de junio, y a mí se me hincharon las pelotas. Cogí las llaves y me puse al volante. Los cuatro se miraron rascándose la cabeza sin entender, como los Dalton en el desierto. Los pobres aún no sabían que adoro conducir.

            —Subid de una puta vez.

            Lo hicieron, quizás pensando que, a lo mejor, no había sido tan buena idea traer una escritora a la gira.

            Al poco rato ya se había instalado un precario buen rollo cogido con papel de fumar, pero parecía que congeniábamos. Me hablaron un poco de ellos, yo a ellos de mí, nos pusimos al día en cuanto a preferencias de cerveza. Se putearon contando anécdotas vergonzosas del estilo diarreas inoportunas antes de un concierto y caídas al foso. Dani, cantante, compositor y corazón al mando, es el protagonista indiscutible. De presencia arrolladora y bondad intrínseca; un pequeño dictador extrañamente dulce. Gael, el guitarra, es el mayor y habla con mucha calma mientras se pasa la mano por su prominente barriga. La barba y el sombrero que lleva permanentemente contribuyen a qué parezca el papá de todos ellos. Es el alma musical del grupo. Bobby, bajista y segunda voz, es amigo de la infancia de Dani y un loco funcional; un Murdock de la vida. Roza casi todos los trastornos sin caer del todo en ninguno. Tiene cada uno de los músculos de su cuerpo perfectamente definidos y cubiertos de tatuajes; la marihuana lo mantiene a raya. Creo que esa puede ser la razón por la que no lo dejan conducir. Manu, batería y el último en entrar en la banda, es un peluche gigante, tierno como un filete de babilla de ternera y demasiando inocente para su propio bien. Yo no lo dejaría solo en según qué barrios. En la cárcel duraría virgen treinta segundos. A media tarde llegamos a nuestro primer destino y ya intuimos que seríamos amigos.

            Ahora, después de tres días de viaje, hago un primer balance. Sí, hay veces en las que se ponen a discutir, como músicos temperamentales y mimados de los cojones que son, y me sacan de quicio. Dani y Gael suelen enzarzarse en unas broncas extenuantes que nos hacen perder a todos el tiempo y las ganas de vivir. Manu suele apaciguar los ánimos y Bobby los exacerba de nuevo sólo por pura diversión. Hay otras ocasiones en las que su interminable conversación sobre música me hace coquetear con el homicidio. Teniendo en cuenta que me dedico a la crónica musical desde hace quince años, cualquiera diría que puede resultar difícil agotarme. Pues lo consiguen.

            Pero luego me dejan de piedra con su talento, sobresaliente en cada uno de ellos por diferentes motivos, y que converge en algo prodigioso cuando se juntan: una magia insólita. O me hacen reír con sus chifladuras y tengo que perdonarles todo. Todavía no sé si embarcarme en esta gira ha sido buena idea, pero lo que sí sé es que con esta tropa me aguardan unas cuantas historias. Si os parece, os las iré contando.

            Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

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