Capítulo 1. Empecemos por el principio

(Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo)

            Hay veces en las que me pregunto qué coño hago aquí, conduciendo una Transporter, acompañada de estos cuatro tíos sin dios ni patria. ¿Para esto sirve el título de Filología? Hubo un tiempo, allá por los noventa, en el que deambulaba por los pasillos de la Complutense haciendo ver que me labraba un futuro. Ese futuro era ser una escritora de prestigio con varias novelas traducidas a diferentes idiomas. Ponía copas en los bajos de Argüelles (en la parte de arriba, la heavy, no la bakala) para pagarme la carrera y nunca, nunca, imaginé que mi destino sería relatar las mamarrachadas de esta tropa. Cada tanto hay que bajar las ventanillas y ventilar porque huele a porro. La parte de atrás está llena de maletas, instrumentos y artilugios propios de una banda de rock. En el espejo retrovisor hay un colgante de la cabeza de Eddie, el icono de Iron Maiden, que baila endemoniado sin parar al son del traqueteo de la carretera.

            En un par de horas llegaremos a Vigo, tercera parada de este gira, llamada No hay lugar, que durará tres meses. Abarca casi todos los rincones del país. Prácticamente, todo el equipo ya estará montado cuando los chicos lleguen al lugar en el que tienen que tocar. Ellos enchufarán sus instrumentos, probarán sonido durante lo que parecen milenios (buscando un nivel de perfeccionismo que roza lo compulsivo) y se pondrán a tocar. La mayoría de sitios cuentan con sus propios técnicos de sonido; en los que no, nos acompaña el equipo de Nachete. De vez en cuando viene con nosotros un fotógrafo. En alguna parte hay un mánager de gira que se llama Luis y que va con su propio séquito; viaja por su cuenta porque también lleva otros grupos. Aparece aquí y allá y siempre está pendiente de ellos. Se supone que es la persona encargada de que todo el mundo esté donde tiene que estar y a la hora que debe, todo ello coincidiendo en el tiempo y el espacio pertinentes. Es, básicamente, un hombre estresado. Yo lo conocí en la oficina de Madrid.

—¿Tú eres la escritora que va a ir con éstos gilipollas por toda España?

—Ajá —asentí cambiándome el chicle de sitio en la boca.

Él levantó la vista del móvil un momento y me miró de arriba abajo.

—No sé de qué me extraño…

Seguimos cada uno nuestro camino.

Los sitios donde estos chicos tocan son salas de conciertos (por lo general, ubicadas en los polígonos), auditorios y algún palacio de deportes. También en festivales indies y de rock. Los hoteles son asépticos y funcionales. La música es épica. Hace tiempo que no se les pueden encasillar porque se salieron del patrón y son dueños y señores de un sonido propio. Se les conoce como el grupo que ha resucitado el glam metal. Se llaman Sonder, palabra que inventó John Koenigs, escritor y diseñador. Creó un diccionario particular para definir sensaciones o sentimientos que no tenían palabra propia. El significado de Sonder es: «la comprensión de que cada persona tiene una vida tan intensa y compleja como la nuestra». También significa especial en alemán. Su último disco, Difícil de encajar, está arrasando en las listas de ventas, todo un logro teniendo en cuenta que son un grupo que hace de todo menos música convencional.

            Pero empecemos por el principio. La historia de estas Crónicas comenzó hace unos días cuando Dani, el cantante y líder de la banda, me contactó porque había leído alguno de mis artículos musicales en la revista Mondo Sonoro. Al parecer, le había gustado mi estilo, haciendo gala de un criterio que deja mucho que desear, y quería proponerme un trabajo. Quedamos en una cafetería de Tribunal. Cuando apareció, me asombraron dos cosas: su voz cavernaria para ser alguien con aspecto de niño perdido y su naturalidad teniendo en cuenta que, antes de llegar a sentarse, se había visto obligado a tomarse fotos con media docena de personas.

            —Así que escribes sobre música —dijo después de los saludos.

            —Culpable.

            —He visto que te has especializado en crónicas de conciertos.

            —Principalmente, pero también artículos de opinión. Además, tengo dos monográficos.

            —Sí, los he leído. De Michael Jackson y de Freddy Mercury. Tienes un humor pelín ácido.

            —Eso dicen. No sé en qué se basan.

            —¿Conoces nuestra música?

            Asentí.

            —Claro. Estáis poniendo patas arriba el mundo del rock. Hay gente reuniendo firmas para echaros del país.

            Lanzó una carcajada.

            —Y tú, ¿qué opinas?

            —¿Yo? Que a los puristas les molesta que vendas discos. Siempre ha sido así. La hegemonía de un estilo musical es sagrada para muchos, si te vuelves inclasificable, como estáis haciendo vosotros, el que no lo entiende se enfada. Pero eso habla más de sus limitaciones que de las vuestras. Por lo demás —me encogí de hombros—, me flipa vuestra música desde el primer disco.

Entonces me explicó su idea.

            —Quiero que nos acompañes en nuestra próxima gira —dijo—. Necesito que alguien la documente.

            Como estudiosa de las joyas que, de vez en cuando, nos regala el mundo underground, efectivamente, yo ya conocía su trayectoria ascendente de los últimos diez años y los había seguido de cerca. Había oído hablar de la gira en la que se iban a embarcar, incluyendo festivales. Era el proyecto faraónico de Dani, la primera tan larga de su carrera y la única que se había hecho que abarcara casi todas las provincias. Por lo menos, en una banda de su nivel. ¿Para qué me quería a mí? Yo no entendía nada. Me contó sus planes y me dio la sensación de estar delante de un enajenado, así que le seguí la corriente por si acaso. Era pequeño, pero se le ponía una mirada extasiada que daba bastante yuyu. Después he podido comprobar que su forma de actuar es poner los medios necesarios, sean cuales sean, para materializar su idea por muy descabellada que esta sea. Es lo que ha venido haciendo en los últimos años y, normalmente, tiene éxito; así que yo qué sé, será que a la gente le va la marcha.

            —Busco a alguien que viaje con nosotros y escriba una especie de diario de a bordo a tiempo real, parada a parada. Nunca se ha hecho algo así. Y quiero que se llame Crónicas de una gira.

            A mí me pareció una mierda de nombre, y aquí estamos. La mirada enloquecida iba acompañada de un carisma brutal, ya os iréis enterando.

            Había algo en el proyecto que, precisamente por descabellado, me hacía hormiguear los dedos. En esa época estaba en un punto muerto; me embargaba una anhedonia que me impedía disfrutar como antes de las cosas; en especial, de mi trabajo. La música que se hacía me parecía tediosa y hecha ya mil veces. Los conciertos eran siempre lo mismo, me saturaban de aburrimiento. Sólo sé escribir de las cosas que me apasionan y hacía tiempo que eso no me pasaba. Pero de vez en cuando, se descolgaba un grupo aquí y allá que daba visos de algún cambio, como ellos, y me volvía algo de esperanza. Los escuché con atención cuando empezaron y los he seguido en la distancia con ligero asombro al comprobar que, disco tras disco, la calidad aumentaba. Eran lo más parecido a una novedad que veía en mucho tiempo y tal vez, esa propuesta era lo que necesitaba para salir de mi letargo.

Di un sorbo a mi cerveza, me encogí de hombros y acepté. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer ese verano y mis obligaciones con la revista podía cumplirlas por el camino.

—Me apunto.

Dani se recostó en el respaldo como si no esperara otra respuesta.

—Perfecto.

Cerramos las condiciones y, al cabo de unos días, agarré mi portátil, metí en una mochila unos cuantos libros y ropa de festival (vaqueros rotos y camisetas) y me subí al carro. A la Transporter. A la puta Transporter azul bebé.

            Conocí al resto de la banda justo antes de salir. Gael, el guitarra, me quitó galantemente la mochila del hombro y la metió en el maletero, que ya estaba hasta los topes. Bobby, el bajo que reconocí por sus tatuajes del cuello, me dijo:

—¿Has firmado el pliego de descargo?

Escupí el chicle en el arcén.

—¿Y tú has hecho pipí antes de salir?

Soltó una carcajada y se pasó el porro de la oreja a la boca.

Para saludar a Manu, el batería, me tuve que poner de puntillas.

—Se agradece un toque femenino entre tanto mamarracho. Bienvenida —dijo.

Antes de subir a la furgoneta ya empezó la primera polémica. Nadie quería conducir. Bueno, Bobby sí, pero los demás se oponían. Todavía no sé por qué. Dani no tiene carné. Increíble y, sin embargo, cierto.

            —Estoy a otras cosas —afirmó examinando el horizonte.

            Gael y Manu empezaron a echarlo a piedra, papel o tijera. Al parecer, son ellos dos los que suelen turnarse al volante. Cualquiera diría que a estas alturas ya deberían tener roaddie, pero no. Es una de las deliciosas peculiaridades del amado líder. «Aún no», decía. ¿Aún no? A qué coño está esperando, sólo lo sabe él. De momento, siguen conduciendo y llevándose las maletas ellos solitos. Al cabo de veinte minutos de discusión bajo el rutilante sol de las once de la mañana de un quince de junio, a mí se me hincharon las pelotas. Cogí las llaves y me puse al volante. Los cuatro se miraron rascándose la cabeza sin entender, como los Dalton en el desierto. Los pobres aún no sabían que adoro conducir.

            —Subid de una puta vez.

            Lo hicieron, quizás pensando que, a lo mejor, no había sido tan buena idea traer una escritora a la gira.

            Al poco rato ya se había instalado un precario buen rollo cogido con papel de fumar, pero parecía que congeniábamos. Me hablaron un poco de ellos, yo a ellos de mí, nos pusimos al día en cuanto a preferencias de cerveza y luego se putearon un poco entre ellos.

—Dani, por ejemplo —contaba Bobby—, lleva los nervios, sobre todo, en el tren inferior.

—Bobby, te puedes callar.

—Déjale, Dani —intervino Manu—. Nuestra escritora tendrá que saber todos los detalles de la gira, ¿no?

—Para eso la has contratado —dijo Bobby.

—No —por el espejo retrovisor vi como Dani se replegaba en el asiento con una mano sobre los ojos—, para esto no.

—Pues eso —continuó el bajista–, que nuestro pequeño dictador necesita unos minutos antes de los conciertos para evacuar los nervios. Pero aquel día, el único baño que había en zona de camerinos, por llamarlos de alguna forma, estaba estropeado. ¿Qué hizo él? Se fue corriendo hacia los baños de la pista. Nosotros ya estábamos entrando al escenario y no nos enteramos de nada, así que nos pusimos en nuestra posición. Los técnicos apagaron las luces y empezamos con la intro. Le damos una vuelta y nada. Ni rastro de Dani. Gael y yo que nos miramos. Miramos a Manu. Se encoge de hombros. Le damos una segunda vuelta. Entonces se oye la voz de Dani cantando la primera estrofa. Un foco empieza a buscar y lo encuentra entre la gente del fondo, subiéndose la cremallera. El muy capullo se había llevado el micro al baño. Por suerte, tiene las luces suficientes para haberlo tenido apagado hasta que salió del baño.

—Tú lo hubieras microfonado —repuso Dani.

—Cómo lo sabes —contestó Bobby.

—También está el día que Gael se cayó al foso —intervino Manu.

—Cierra el pico.

—Oh, por favor, Manu —digo sin apartar la vista de la carretera —, cuéntame.

Gael, desde el asiento del copiloto alza una ceja de reproche.

—Lo siento —me encojo de hombros—, interés periodístico.

Con el paso de los días los voy conociendo un poco mejor. Dani, cantante, compositor y corazón al mando, es el protagonista indiscutible. En las entrevistas que había visto se intuía una presencia arrolladora pero en estos días he descubierto, también, una bondad genuina, difícil de ver en este mundo; es un pequeño dictador extrañamente dulce. Gael, el guitarra, habla con mucha calma mientras se pasa la mano por su prominente barriga. La barba y el sombrero que lleva permanentemente contribuyen a qué parezca el papá de todos ellos. Es el alma musical del grupo. Bobby, bajista y segunda voz, es amigo de la infancia de Dani y un loco funcional; un Murdock de la vida. Roza casi todos los trastornos sin caer del todo en ninguno. Tiene cada uno de los músculos de su cuerpo perfectamente definidos y cubiertos de tatuajes; la marihuana lo mantiene a raya. Creo que esa puede ser la razón por la que no lo dejan conducir. Manu, batería y el último en entrar en la banda, es un peluche gigante, tierno como un filete de babilla de ternera y demasiando inocente para su propio bien. Yo no lo dejaría solo en según qué barrios. En la cárcel duraría virgen treinta segundos. A media tarde llegamos a nuestro primer destino y ya intuimos que seríamos amigos.

            Así que, ahora, después de tres días de viaje, hago un primer balance. Sí, hay veces en las que se ponen a discutir, como músicos temperamentales y mimados de los cojones que son, y me sacan de quicio. Dani y Gael suelen enzarzarse en unas broncas extenuantes que nos hacen perder a todos el tiempo y las ganas de vivir. Manu suele apaciguar los ánimos y Bobby los exacerba de nuevo sólo por pura diversión. Hay otras ocasiones en las que su interminable conversación sobre música me hace coquetear con el homicidio. Teniendo en cuenta que me dedico a la crónica musical desde hace quince años, cualquiera diría que puede resultar difícil agotarme. Pues lo consiguen.

            Pero luego me dejan de piedra con su talento, sobresaliente en cada uno de ellos por diferentes motivos, y que converge en algo prodigioso cuando se juntan: una magia insólita. O me hacen reír con sus chifladuras y tengo que perdonarles todo. Todavía no sé si embarcarme en esta gira ha sido buena idea, pero lo que sí sé es que con esta tropa me aguardan unas cuantas historias. Si os parece, os las iré contando.

 

            Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable>>> .
Finalidad>>> Gestionar el comentario que dejes aquí después de leer el post.
Legitimación>>> Consentimiento del usuario.
Destinatario>> Los datos que me vas a facilitar a través de este formulario de contacto, van a ser almacenados en los servidores de enelapartamento.com, mi proveedor de email y hosting, que también cumple con la ley RGPD. Ver política de privacidad de enelapartamento> https://www.enelapartamento.com/privacidad.htm
Derechos>>> Podrás acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos personales escribiéndome a dianabenayas@enelapartamento.com.

error

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!