(Si quieres empezar por el principio: Prólogo. Antes de todo)
Dos años antes.
Hay veces en las que me pregunto qué coño hago aquí, conduciendo una Transporter, acompañada de estos cuatro tíos sin dios ni patria. ¿Para esto sirve el título de Psicología? Hubo un tiempo, allá por los noventa, en el que deambulaba por los pasillos de la Complutense haciendo ver que me labraba un futuro. Ese futuro era convertirme en una escritora con cierto prestigio y varias novelas traducidas a diferentes idiomas. El escritor Paul Pen dijo que sentiría que había tenido éxito cuando viera alguna de sus novelas en el expositor de un aeropuerto. Bien, a eso aspiraba yo. Entonces, ¿Por qué estudiaba Psicología si me quería dedicar a la literatura? Es una buena pregunta y tengo dos respuestas. La primera, que descarté estudiar ninguna carrera de letras puras a pesar de mi afición a la literatura porque no soportaba las clases de griego. Sí, lo sé. Pero reconozcamos que es una putada tener que tomar las decisiones que marcarán el resto de tu vida cuando aún no tienes todas las piezas del puzle en la cabeza. Y las que hay, están revueltas por las hormonas. La segunda y algo menos pedestre, era que estaba convencida de que lo que realmente hacía un escritor era meterse en la mente de los personajes y describirla. Por tanto, ¿qué mejor forma de conocer los recovecos de la psique que estudiarla a fondo? Bonita teoría que de nada me sirvió, como se verá. Jamás escribí una novela que se adentrara en los recovecos de la mente de nadie. Escribo artículos. Escribo sobre música y lo que nos hace sentir. Y mientras estudiaba la carrera, ponía copas en los bajos de Argüelles. Los bajos era un lugar en el que había peleas casi todas las noches porque alguien tuvo la brillante idea de poner a los heavys y a los bakala en el mismo complejo, unos en la planta de arriba y los otros en la de abajo. El trayecto desde el metro de Moncloa hasta los bajos era como cruzar la franja de Gaza. Ponía copas, decía, para pagarme la carrera y no depender de nadie, aunque no hacía ninguna falta porque a mis padres no les importaban las razones peregrinas por las que estudiaba Psicología. Me habrían pagado cualquier carrera mientras fuera feliz. Sí, pertenecían a esa generación en la que todavía se creía que la felicidad era un estado que alcanzar. Lo cierto es que me gustaba trabajar en esos antros en los que sonaba tanto Black Sabbath o Motley Crüe, como Héroes del silencio y la gente meneaba su melena con unos y con otros. Pero en aquellos tiempos jamás imaginé que mi destino sería relatar los vaivenes de esta banda.
Mi primer trabajo recién licenciada fue escribir reseñas de discos y conciertos en el periódico de mi pueblo porque mi mejor amigo era editor. Aquel nepotismo marcó mi destino. Y resultó ser ajeno a mis sueños de ser novelista. Una de los motivos para trabajar en el periódico fue que había perdido a mi padre de un infarto un par de meses atrás y la música era nuestro nexo. Lo echaba de menos. Mi madre aun le reprocha la inconveniencia de haberse muerto. De morirse en ese momento. Decía que cincuenta y dos años era una edad estúpida para quedarse viuda. Supongo que necesita enviudar a la edad adecuada. Cuando volvimos del entierro, saqué la caja de madera en la que guardaba sus vinilos, bajé las persianas y me puse a escucharlos una y otra vez. Dejé que Van Morrison me hablara de Belfast y que Bob Dylan dijera que podíamos ser jóvenes para siempre. Escribir sobre música en el periódico me pareció una forma de tenerlo cerca. Al final, hice de ello mi forma de vida.
Y ahora conduzco por una carretera que ha visto tiempos mejores. En el espejo retrovisor un colgante de la cabeza de Eddie, el icono de Iron Maiden, baila endemoniado al son del traqueteo de la carretera. Cada tanto hay que bajar las ventanillas y ventilar porque huele a porro. La parte de atrás está llena de maletas e instrumentos propios de una banda de rock.
En un par de horas llegaremos a Vigo, tercera parada de esta gira que durará tres meses llamada «No hay lugar». Abarca casi todos los rincones del país. El equipo estará casi todo montado cuando los chicos llegan al lugar. Ellos enchufan sus instrumentos, prueban sonido durante lo que parecen milenios (buscando un nivel de perfeccionismo que roza lo compulsivo) y se ponen a tocar. La mayoría de sitios cuentan con sus propios técnicos de sonido y para los que no, vendrá Nachete y su equipo. Nachete es uno de los mejores técnicos de sonido del país y un alcohólico funcional. Luce calva por arriba y coleta por abajo. Lo conozco desde que empecé en esto porque siempre nos cruzarnos en los festivales. Ha sido una alegría saber que está aquí.
Cuando me vio, me cogió a parte y susurró:
—Oye, de lo del Sonar ni pío.
—¿Estás loco? ¿Quieres que me quede sin trabajo antes de empezar?
Asintió y se alejó más tranquilo. El Sonar no es un buen sitio para probar las setas por primera vez. Nachete no es la mejor compañía para probar las setas por primera vez. Treinta y cinco años no es la mejor edad para probar las setas por primera vez.
También vendrá con nosotros de vez en cuando Ismael, un fotógrafo profesional que dejará constancia de algunas de las paradas más emblemáticas. En alguna parte, hay un mánager de gira que se llama Luis y va con su propio séquito; viaja por su cuenta, lleva a otros grupos y siempre está dando tumbos por todas las esquinas del país. Aparece aquí y allá y está pendiente de ellos. Se supone que es la persona encargada de que todo el mundo esté donde tiene que estar y a la hora que debe, todo ello coincidiendo en el tiempo y el espacio deseables. Es, básicamente, un hombre estresado. Lo conocí en la oficina de Madrid antes de embarcarme en la gira. Tiene la vista permanentemente en el teléfono.
—¿Tú eres la escritora que va a acompañar a estos gilipollas por toda España?
—Joder, Luis —murmuró Dani desde el sofá del despacho—, que eres nuestro responsable.
Luis lo ignoró. Cambié el chicle de sitio en la boca.
—Ajá —asentí.
Levantó la vista del móvil y me miró de arriba abajo.
—No sé de qué me extraño.
Una vez sentadas las bases de la relación, seguimos cada uno nuestro camino.
Los sitios en los que estos chicos tocan son salas de conciertos (por lo general, ubicadas en los polígonos de las afueras), auditorios y algún palacio de deportes. También en festivales indies y de rock. Los hoteles son asépticos y funcionales. La música es épica. Hace tiempo que no se les pueden encasillar porque se salieron del patrón y son dueños y señores de su propio sonido. Se les conoce como el grupo que ha resucitado el glam metal, etiqueta que se les queda ridículamente pequeña y que patean en cada disco. Se llaman Sonder, palabra que inventó John Koenigs, el escritor y diseñador que creó un diccionario particular para definir sensaciones o sentimientos que no tenían palabra propia. El significado de Sonder es: «la comprensión de que cada persona tiene una vida tan intensa y compleja como la nuestra». También significa especial en alemán. El último disco de Sonder, Difícil de encajar, está subiendo por las listas de ventas a pesar de que estos chicos hacen de todo menos música convencional.
Pero, ahora sí, empecemos por el principio. La historia de estas Crónicas comienza hace dos semanas cuando Dani, el cantante y líder de la banda, me contactó porque había leído alguno de mis artículos musicales en la revista Ruta 66. Le gustó mi estilo y quería proponerme un trabajo, decía su mensaje. Quedamos en una cafetería de Tribunal. Cuando apareció, me asombraron dos cosas: su naturalidad a pesar de haberse visto obligado a tomarse fotos con media docena de personas antes de llegar a la mesa y su voz cavernaria para ser alguien con aspecto de niño perdido en Nunca Jamás.
Nos saludamos. Vio mi Voll-Damm y pidió otra.
—Así que escribes sobre música —dijo.
—Culpable.
—He visto que te has especializado en crónicas de conciertos.
—Principalmente, pero también escribo artículos de opinión. Además, he publicados dos monográficos.
—Sí, los he leído. De Michael Jackson y de Freddy Mercury. Son interesantes. Tienes un humor algo ácido.
—Eso dice mi madre. No sé en qué se basa.
—¿Conoces nuestra música?
Asentí.
—Habéis puesto patas arriba el mundo del rock. Hay gente reuniendo firmas para echaros del país.
Lanzó una carcajada.
—Y tú, ¿qué opinas?
—Que a los puristas les molesta que se vendan discos de algo que no saben catalogar. Siempre ha sido así. La hegemonía de un estilo musical es sagrada. Si te vuelves inclasificable, como estáis haciendo vosotros, no lo entienden y se enfadan. Pero eso habla más de sus limitaciones que de las vuestras. Por lo demás —me encogí de hombros—, me flipa vuestra música desde el primer disco.
Asintió como si supiera más o menos que iba a responder eso. Entonces, me explicó su idea.
—Quiero que nos acompañes en nuestra próxima gira —empezó—. Necesito que alguien la documente.
Como estudiosa de las joyas que, de vez en cuando, nos regala el mundo underground, conocía su trayectoria de los últimos diez años y los había seguido con interés. También había oído hablar de la gira en la que se iban a embarcar. Era el proyecto faraónico de Dani, la primera gira tan larga de su carrera y la única por una banda de su nivel que abarcara todas las provincias. Normalmente, ellos ya estarían tocado tres o cuatro provincias importantes y un par de festivales. ¿Para qué me quería a mí? No entendía nada. Mientras Dani me contaba sus planes, tenía la sensación de estar delante de un enajenado. Le seguí la corriente. Era pequeño, pero se le ponía una mirada extraviada inquietante. En los meses venideros pude comprobar que era su forma de actuar: poner los medios necesarios, por locos que fueran, para materializar sus ideas. Es lo que ha venido haciendo en los últimos años con bastante éxito.
—Busco a alguien —continuó— que viaje con nosotros y escriba un diario de a bordo a tiempo real, parada a parada. Nunca se ha hecho algo así. Tendrás acceso total. Y quiero que se llame Crónicas de una gira.
A mí me pareció una mierda de nombre y aquí estamos. La mirada enloquecida iba acompañada de un carisma brutal; ya os iréis enterando.
Este proyecto, justo por descabellado, me hacía hormiguear los dedos. Abracé la sensación con una pizca de alegría, preguntándome si esta anhedonia podría tener solución. O, por lo menos, un apaño temporal.
El punto muerto en el que me encontraba inundaba todas las partes de mi vida pero tenía su origen, como canta Hank Williams, en un corazón frío. Ese invierno había sufrido una ruptura sentimental. Ni mucho menos había sido mi relación más duradera pero, por algún motivo, había sido la más profunda.
Lo vi por primera vez en un concierto en el Contraclub, de Malasaña. Sus amigos y mis amigos se conocían. Nos presentaron y luego nos estuvimos mirando toda la noche. Y así tres noches más, en otros tantos locales. Reconocimiento, mirada, sonrisa. A la cuarta noche, lo asalté porque sabía que él no iba a dar el paso. Conocía el tipo de tío. Lánguido, mirada triste. Espera su momento. Produce su momento. Te hace sentir que tú eres el momento.
En un momento dado, le vi reprimir un bostezo desde el otro lado de la barra. Vio que lo veía y puso los ojos en blanco hacia el escenario. Me acerqué.
—Una noche apasionante —dije.
Se inclinó hacia mí y respondió en tono conspiratorio:
—Si tú no se lo dices a nadie, yo tampoco digo lo tuyo.
—¿Lo mío? —pregunté.
—Cuando el bajo se ha comido dos tiempos casi escupes la bebida.
—Qué puedo decir. Me gusta que los músicos tengan, si no talento, un mínimo de sentido del ritmo.
Lanzó una carcajada que me cosquilleó en las clavículas. Días después escuché ese mismo sonido en la cama y supe que estaba perdida.
—Para que luego digan que el bajo no se escucha —dijo.
—Sin frecuencias bajas, no hay profundidad.
Se giró hacia mí con un destello en la mirada. Allí mismo, entre el ruido y la furia, se formó algo. Sólo nosotros fuimos testigos. Quedamos a solas al día siguiente. Cena y copa. Pero como soy una chica fácil, en realidad fue cena, copa y cama. Veníamos de mundos diferentes. Él quizás demasiado indie y yo demasiado nostálgica. Pero nos sentíamos unidos por una cosa: éramos unos apasionados. Los apasionados se reconocen entre ellos. Pueden serlo cada uno en lo suyo, pero no importa. Lo que importa es el brillo en los ojos cuando explicas lo que te emociona.
Seis meses duró aquello. Entonces, una bronca, un silencio. No hay explicación satisfactoria de por qué personas que apenas rozan tu vida dejan daños irreparables. Quizás, los espejos rotos no se arreglan. Dejan para siempre una imagen distorsionada, como el de Shirley MacLaine en El apartamento. Es inútil buscarle una explicación cuando alguien se te mete en las venas, pero más inútil aún es buscársela a por qué tú no. Desamor, lo llaman. Puta mierda, lo llamo yo. Y si aquella noche alguien me hubiera dicho lo que aquello iba a durar, me habría acercado a él igualmente.
Me encontraba, pues, en un estado lamentable. Lo que me dejaba mucho margen —y grandes excusas— para empezar a beber cuando aún era de día o para escoger al ligue de esa noche en función de lo desenfocado que lo viera. Tenía la sensación de que la música sobre la que se supone que tenía que escribir era tediosa y hecha ya mil veces. Los conciertos parecían siempre los mismos, me saturaban de aburrimiento. Sólo sé escribir de las cosas que me apasionan y como no me pasaba, escribía mecánicamente. Muy de vez en cuando, se descolgaba aquí y allá un grupo que daba visos de algún cambio y me hacía permanecer aquí un poco más. Ellos eran un ejemplo. Los escuché con atención en sus comienzos y los he seguido en la distancia con ligero asombro al comprobar que, disco tras disco, su capacidad de evolucionar aumentaba. Eran lo más parecido a una novedad que veía en mucho tiempo. Tal vez, ese viaje descabellado era lo que necesitaba para salir de mi letargo y, a lo mejor, para dejar ciertos espectros atrás.
Di un sorbo a mi cerveza, me encogí de hombros y acepté. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer ese verano y mis obligaciones con mi editor podía cumplirlas por el camino. No tener que concentrarme en olvidar a cada minuto también sería un alivio.
—Me apunto —dije.
Dani se recostó en el respaldo como si no esperara otra cosa.
—Perfecto.
Cerramos las condiciones que abarcaban sueldo, dietas y, ante todo, libertad creativa. Las Crónicas se iban a publicar en formato blog, tal y como quería Dani, pero yo decidiría el contenido. Llevaba demasiado tiempo haciendo lo que me daba la gana para plegarme a estas alturas a un publirreportaje encubierto. No quería censura de ningún tipo. Al oír la palabra, Dani se rio como si hubiera pronunciado un insulto en desuso. Me pareció un buen comienzo.
Al cabo de unos días, metí en una mochila mi portátil, la cámara de fotos Polaroid, unos cuantos libros y ropa de festival (en esencia, vaqueros rotos y camisetas), y me subí al carro. A la Transporter. A la puta Transporter azul bebé con lo que aún no sabía que era esta panda de inadaptados. Conocí al resto de la banda justo antes de salir. Gael, el guitarra, un enorme pelirrojo tocado con un sombrero fedora, me quitó galantemente la mochila del hombro y la metió en el maletero, que ya estaba hasta los topes.
—¿De qué Highland sales? —pregunté.
—Exacto —respondió.
Bobby, el bajista, al que reconocí por sus tatuajes del cuello, me dijo:
—¿Has firmado el pliego de descargo?
Escupí el chicle en el arcén.
—¿Y tú has hecho pipí antes de salir?
Soltó una carcajada y se pasó el porro de la oreja a la boca.
Para saludar a Manu, el batería, me tuve que poner de puntillas. Antes de hablar ya estaba rojo como un tomate.
—Se agradece un toque femenino entre tanto mamarracho —dijo—. Bienvenida.
La primera polémica comenzó antes de subirnos a la furgoneta. ¿Quién conducía? Bobby quería pero los demás se oponían. Todavía no sé por qué. Dani no tiene carné. Increíble y, sin embargo, cierto.
—Estoy a otras cosas —afirmó examinando el horizonte.
Gael y Manu empezaron a echarlo a piedra, papel o tijera. Al parecer, son ellos dos los que suelen turnarse al volante en los viajes. Pensé que a estas alturas ya deberían tener roaddie, que es la persona encargada de la logística en general y de conducir en particular, pero no. Me enteré de que era una de las deliciosas peculiaridades del amado líder.
—Aún no—decía.
¿Aún no? A qué coño está esperando, sólo lo sabe él. Tiempo después, lo averigüé. De momento, siguen conduciendo y llevándose las maletas ellos mismos. Al cabo de veinte minutos de discusión bajo el rutilante sol de las once de la mañana de un quince de junio, a mí se me hincharon las pelotas. Cogí las llaves y me puse al volante. Los cuatro se miraron rascándose la cabeza sin entender, como los Dalton en el desierto. Aún no sabían que adoro conducir. Más tarde, Gael me contó la historia de cómo murió su tío y me sentí identificada con el viejo escocés. Sentado al volante me parece un buen sitio donde morir, con toda la carretera por delante. Una metáfora como otra cualquiera.
—Subid de una puta vez —dije.
Lo hicieron, quizás pensando que a lo mejor no había sido tan buena idea traer una escritora a la gira.
Pero al poco rato se instaló un precario buen rollo cogido con papel de fumar. Cada uno habló un poco de sí mismo, como una breve presentación el primer día de instituto. Nos pusimos al día en cuanto a preferencias de cerveza y luego empezaron a contar anécdotas para putearse un poco entre ellos.
—Dani, por ejemplo —contaba Bobby—, lleva los nervios de los conciertos, sobre todo, en el tren inferior.
—Bobby, ¿te puedes callar?
—Déjale, Dani —intervino Manu—. Nuestra escritora tendrá que saber todos los detalles de la gira, ¿no?
—Para eso la has contratado —añadió Bobby.
Por el espejo retrovisor, vi como Dani se replegaba hastiado en el asiento de atrás con una mano sobre los ojos.
—No, para esto no.
—Como iba diciendo —continuó el bajista—, nuestro pequeño dictador necesita unos minutos antes de los conciertos para evacuar los nervios. Aquel día, le dio el apretón demasiado tarde y el único baño que había en la zona de camerinos, por llamar a aquel cuartucho sin ventanas de alguna forma, estaba estropeado. ¿Qué hizo él? Se dirigió hacia los baños de la pista. Pero nosotros no lo sabíamos. Nos pusimos, como siempre, cada uno en nuestra posición pensando que él venía detrás. Los técnicos apagaron las luces y empezamos la intro. Le dábamos una vuelta y eso marcaba su entrada, pero nada. Ni rastro de Dani. Gael y yo nos miramos sin dejar de tocar. Nos giramos y miramos a Manu. Éste se encogió de hombros. Le dimos una segunda vuelta. Entonces, a través de los altavoces, se oyó la voz de Dani cantando la primera estrofa. El foco empezó a buscar y lo encontró entre el público, al fondo, subiéndose la cremallera. La gente empezó a abrirle camino como si fuera el puto Moisés. Había estado oyéndonos empezar la intro desde la taza sin poder hacer nada. Menos mal que tuvo las luces de no encender el micro hasta haber salido del baño.
—Tú hubieras microfonado todo el proceso —repuso Dani.
—Cómo lo sabes —contestó Bobby.
—También está el día que Gael se cayó al foso —intervino Manu.
Gael, que estaba en el asiento del copiloto, lo señaló.
—Cierra el pico.
—Oh, por favor, Manu —dije sin apartar la vista de la carretera—, cuéntame.
Gael me alzó una ceja de reproche.
—Lo siento —me encogí de hombros—, interés periodístico.
Pasan los días y los voy conociendo un poco mejor. Dani es el cantante, compositor y corazón al mando. En las entrevistas utiliza siempre un generoso plural mayestático incluso para hablar de las canciones, aunque él sea el compositor principal. Cuando paramos en una gasolinera, se baja y nos trae chocolatinas; a cada uno, su favorita. Averiguó cuál era la mía. Gael, el guitarra, suele leer durante el trayecto mientras se pasa la mano por la barriga. La barba y el sombrero hacen que parezca el papá de todos. Tiene un conocimiento enciclopédico de música y, si bien Dani es el corazón de todo esto, a mí me parece que él es un poco el alma. Bobby, bajista y segunda voz, es amigo de la infancia de Dani y creo que un loco integrado; una especie de Murdock. Roza casi todos los trastornos sin caer del todo en ninguno. Su poquito de distimia, su poquito de hiperactividad, su poquito de ciclotimia. Gracias a las camisetas de tirantes que lleva, he comprobado que tiene cada uno de los músculos de su cuerpo perfectamente definidos y cubiertos de tatuajes. Parece ser que la marihuana lo mantiene a raya. Creo que esa es la razón por la que no lo dejan conducir. Manu, el batería, fue el último en entrar en la banda. Es un peluche gigante, tierno como un filete de babilla y demasiado inocente para su propio bien. Yo no lo dejaría solo en según qué barrios.
A media tarde llegamos a nuestro primer destino y, de esa forma en la que se juntan los niños en el recreo, ya intuimos que seremos amigos.
Ahora, después de tres días de viaje, hago un primer balance. Hay veces que discuten como músicos temperamentales y mimados de los cojones que son y me sacan de quicio. Dani y Gael se enzarzan en unas broncas extenuantes que nos hacen perder a todos el tiempo y las ganas de vivir. Manu tiende a apaciguar los ánimos y Bobby los exacerba de nuevo sólo por diversión. En otras ocasiones, su interminable charla sobre música me hace coquetear con el homicidio. Si tenemos en cuenta que me dedico a la crónica musical, cualquiera diría que debe resultar difícil agotarme con ese tema. Pues lo consiguen.
Pero luego, en un instante me dejan de piedra con su talento. Es sobresaliente en cada uno de ellos por diferentes motivos, pero converge en algo prodigioso cuando se juntan: una magia insólita. Todavía no sé si embarcarme en esta gira ha sido buena idea, pero lo que sí sé es que con esta banda me aguardan unas cuantas historias. Si os parece, os las iré contando.
Nos vemos en la próxima parada: el infierno.

Qué fácil se lee y que difícil escribir así!
Te transportas de inmediato a la historia, me encanta!
P.D.: los bajos de Moncloa! Qué míticos!!