Escribir también es una cuestión de ritmo.

             Escribir también es una cuestión de ritmo. Alguien me dijo que lo tenía. Cómo deseo que sea verdad. Será por eso que escribo con música. O debido a eso. Sí, debido a eso. Muevo el pie tocando una pedalera invisible. Mientras, en mi cabeza aún suenan las teclas de la máquina de escribir con la que aprendí a mecanografiar. Por encima de eso está Eddie Vedder y es todo lo que necesito para sentirme inspirada. Bien por Dylan, bien por Waits, bien por Young. Sois indescriptibles, sois planetas. Inspiráis vidas enteras. Pero mis referencias no son intelectuales. Quiero gritar en el vacío porque los sitios llenos son sordos.

             Me gusta escribir en un estado alterado de las emociones y poner esa sensación en el papel. ¿Es así? Nunca es así. Estoy yo, el emisor y estás tú, el receptor; usamos el mismo código pero el canal diluye la euforia. Y no importa si estás cenando o tienes prisa o estás cansado. El escritor que mantiene la euforia intacta es aquel que merece tal trato.

               Quiero escribir algo certero, como: «Cuando tienes insomnio todo es una copia de una copia de una copia. Nunca estás realmente dormido ni realmente despierto».

               Algo resonante, como: «Pero no dudes, mi querido Moritz, los hombres mueren, algunas veces, antes de poder probar su muerte con un cadáver».

                O algo simple, como: «Abrazó al chico que tiritaba y contó cada frágil respiración en medio de la negrura».

                Quiero, en definitiva, que te mantengas cerca.

             La escritura automática (sin corregir, sin volver atrás) deja la pantalla llena de subrayado rojo y destruye años de condicionamiento perfeccionista. Me convierte en escritora de facto. Me da igual si tú no te consideras escritor. Si la modestia imprescindible y el terror a la comparación no te da permiso para pensar que sólo eres eso, nada más que eso. Una vez dije que escribo porque no puedo no hacerlo. Si me adentro en ese pensamiento, me caigo como Alicia en la madriguera y me hago bola en un rincón. Adoro ese rincón. Soy más libre en ese rincón de lo que puedo llegar a ser en ninguna otra parte. Esa libertad tiene un porqué: salirse de uno mismo o desdoblarse, lo que más te guste. A veces quiero que me peguen como en El club de la lucha y a veces lo consigo. En esos momentos puedo salirme de mí misma y ser yo. Desdoblada. Porque la que está dentro de mí me condiciona demasiado para ser libre y hay que sacarla a hostias. De nuevo la pelea contra el condicionamiento. Soy hija de mi tiempo, pero hija bastarda porque ese tiempo ya no se acuerda de mí. Me salgo de mí misma para crear algo, lo que sea. Ya no hablamos de follar, hablamos de escribir. Porque, si no sueltas las riendas, ¿de qué sirve todo esto? Nunca emocionarás a nadie con sexo protocolario. Nunca mutilarás la poesía sin cortes a cuchilla. Más te vale sacar algo más que las rodillas magulladas en este paseo. Las palabras no sangran, desengáñate. Laten, como mucho.

             Los halagos son transparentes. Cuando tratas de aprehender uno, se disuelve entre los dedos como el humo de un cigarrillo. En tu fuero interno te dijiste bajito: soy bueno, debo serlo, sino, ¿a qué toda esta pérdida de tiempo? Y ahí se descubre el fraude. Claro que eres bueno. En caso contrario, lo habrías dejado hace tiempo. Pero aterra que nadie se dé cuenta nunca porque no eres lo bastante bueno para poder expresarlo en lo que escribes. Sigue esa paradoja hasta el final y caerás de nuevo por la madriguera. Desdóblate, busca tu rincón y haz ahí lo que quieras. Siempre que quieras. Porque ese halago no te convierte en escritor del mismo modo que un hijo no te convierte en padre. Capote dijo: «Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Claro que también dijo que nunca hubo nadie como él, ni lo habría. Capote era un genio y no le hacían falta los halagos. Sin embargo, los amaba, se sabía merecedor de ellos. Y yo no tengo un don. Lo que tengo es mucho miedo, que es lo mismo.

             Tragarte el humo que no es tuyo forma parte de las cosas recordables. Hazme un favor, deja resonancia. En la medida que puedas.

             Me siento iluminada.

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