HEAL THE WORLD

O “Cuando los monstruos hacen arte”

Por Diana Benayas

            Michael Jackson quería curar este mundo enfermo y dedicó su talento y su dinero a intentarlo. Lo hacía mientras desfilaba por tribunales. Canciones como Heal the World, Earth Song o We are the world conmueven corazones y ayudan a aflojar pasta en eventos caritativos. La Heal the World Fundacion creada por él ha ayudado a miles de niños por todo el mundo víctimas de violencia, pobreza o enfermedades. Todo eso salió de la misma persona que fue acusada hasta en dos ocasiones de abuso a menores. Hoy trataremos de separar el grano de la paja metiéndonos en el tortuoso dilema que supone que los artistas puedan ser monstruos. ¿Es posible separar al individuo de su legado artístico? ¿Es necesario, por otra parte?

            Vamos a aclarar, antes de nada, que, para que mi línea argumental funcione, no voy a dar por hecho ninguna de las acusaciones que hayan pesado sobre los ejemplos que use y, al mismo tiempo, daré por hecho que todas ellas son ciertas. Esta suerte de artículo de Schrödinger se va a mantener en un limbo judicial y así me veré libre de escarbar en el fondo del asunto sin caer en el servilismo de lo políticamente correcto. Por sistema, procuro desconfiar de la corrección política que está agarrapatada al momento presente, ya que considero que esa corrección sólo resulta útil cuando ha pasado el filtro de las generaciones y sirve para ampliar la mente, no para restringirla. Sólo me pregunto cosas y, a veces, las respuestas resultan ser más desconcertantes que las propias preguntas. Dicho, esto, vamos allá.

            Tenemos a Wagner, tenemos a Bukowski, tenemos a Caravaggio, tenemos a Polanski. Antisemita, maltratador, asesino, depredador sexual. Los cuatro crearon obras inconmensurables, perpetuamente suspendidas en un lugar sin tiempo ni normas llamado transcendencia. ¿Cómo imaginar un mundo sin el legado que dejaron? ¿Son las almas más oscuras las únicas capaces de crear la más absoluta iluminación? ¿Qué debemos sentir cuando nos enfrentamos a esa luz, sabiendo de quién viene? ¿Y si no lo supiéramos? En cierto modo, podemos pensar que justificar este tipo de arte blanquea al artista. Aunque el arte no legitima a la persona ni, por supuesto, la redime. No es un acto de contrición que haya que aprobar. Y, desde luego, no es una doctrina a la que haya que afiliarse. No se apoya el suicidio leyendo a Virginia Woolf. Y, en cualquier caso, ¿dónde está la relación entre una cosa y otra? En una entrevista, Alex Fidalgo le preguntó al director Rodrigo Cortés, a propósito de este tema, qué pasaría si descubrimos que Scorsese (por el que Cortés siente una confesa admiración) es un asesino. Cortés, no sin ironía, respondió que le daría mucha pena, pero que eso no cambiaría el hecho de que Goodfellas seguirá siendo una obra maestra.

         Y mí me pasó una cosa curiosa hace poco. A pesar de que Kevin Spacey se ha confesado como un ser depreciable, he vuelto a ver a ver Seven sin el más leve cargo de conciencia. Ni de consciencia. En ningún momento se me ocurrió relacionar al asesino John Doe con un depredador sexual. Es difícil blanquear los abusos sexuales de Polansky viendo La semilla del diablo o apoyar el Holocausto escuchando La cabalgata de las Valquirias al comienzo de la ofensiva en Apocalypse Now.

            Otro punto importante es la intensidad del delito en cuestión (que a veces es sólo ofensa). Tenemos ejemplos que van desde meros rumores (el asunto de Morgan Freeman resultó ser un fraude periodístico) hasta los que se pudo demostrar judicialmente los hechos (el poeta Verlaine estuvo en prisión por agresión a Rimbaud). Y esto es importante porque nos sirve para dilucidar si el arte y su creador deben ser tratados aparte ya que, en realidad, nunca tendremos la verdad de los hechos, sólo el espejismo de la polémica. Y, aun cuando tengamos esos hechos, nunca estará claro dónde poner la barrera de lo soportable. ¿En lo ético, que siempre depende de cada persona? ¿En lo aceptado socialmente, que depende del tipo de sociedad? ¿En lo penado judicialmente, que va cambiando con el paso de los años? Habrá gente que sólo llegue hasta la repulsa, por ejemplo, en caso de crimen grave. Otros, ya sentirán la náusea por un comentario racista.

            Ese paso de los años nos dificulta, también, los juicios de valor, ya que la moral del momento determina quién debe ser condenado o por qué. Tomás Moro fue acusado de alta traición por no prestar el juramento antipapista frente al surgimiento de la iglesia anglicana en tiempos de Enrique VIII, que ordenó su decapitación. Fray Luis de León pasó un tiempo en prisión por traducir la biblia a la lengua vulgar. Oscar Wilde fue declarado culpable de indecencia o, lo que ahora llamamos, ser homosexual. Los raperos Valtònyc o Hasél son condenados por exaltación del terrorismo por las letras de sus canciones. Las leyes acompañan al hombre por su viaje hacia la sublimación ética ejerciendo un control necesario sobre el individuo para que la masa viva en paz. Y, ya que el ser humano evoluciona, sus leyes lo hacen con él. Por eso mismo no se pueden juzgar hechos del pasado con la legislación actual, pues caemos en la paradoja temporal de que nunca podemos ser el tipo de sociedad que éramos ni que seremos. Esto me lleva a la conclusión de que el arte (que no el artista), al vivir eternamente en la transcendencia, difícilmente podrá avenirse a las normas ni a las leyes del momento que sea.

            Woody Allen.

La escritora Claire Dederer realiza un viaje al interior de sus propios prejuicios en este fabuloso artículo para intentar comprender la figura del cineasta neoyorkino y así saber si puede o no disfrutar de su obra. Mientras lo leo, me voy dando cuenta, para mi sorpresa, de que yo no siento la necesidad de hacer ese viaje. Por alguna razón, mi brújula moral (por lo normal, perfectamente ajustada) se desactiva automáticamente cuando entra en el terreno de lo imaginario (que, por otra parte, para eso es imaginario). Ya, dirán, pero el artista habla en parte de sí mismo en su obra. Deja ahí los residuos de lo que es, de lo que lo forma. En cierto modo, eso es verdad. Las películas de Woody Allen son lo que son porque él es cómo es. Pero no necesariamente. Me explico. Stephen King ordena a uno de sus personajes matar a su hijo y a su mujer con un mazo de roque y podemos comprender muy bien que eso no es una plasmación de su deseo, sino una metáfora de sentimientos tan profundos que escapan al más mínimo control ético. De lo que trata El resplandor es de cómo nuestros demonios son capaces de apoderarse de nosotros y hacer daño a los que más queremos. Él mismo dijo: «Los monstruos son reales. Viven dentro de nosotros y, a veces, ganan». En la película Maridos y mujeres, Woody Allen deja que su personaje seduzca a una jovencita y eso es un reflejo de su propia personalidad, pero también es una historia de ficción. Claire Dederer termina su disertación convencida de que todos los creadores tienen algo de monstruoso en su interior de una forma u otra, por pulsión o egoísmo: «Son genios y son monstruos, y no sé qué hacer con ellos», dice. No nos importa saber que Woody Allen nunca convivió con Soon-Yi, o que era hija adoptiva de Mia Farrow y André Previn, o que su relación empezó cuando ella estaba en la universidad, o que llevan veinte años casados y tienen dos niñas. Eso no es importante porque el legado del director está en un universo y su catadura moral en otro. Discurren paralelas sin tener por qué llegar converger nunca y, al mismo tiempo, entretejiéndose inevitablemente.

            Cada uno de nosotros hace un viaje interior hasta los límites de su propia ética. Con suerte, ese viaje dura toda la vida. El arte no redime al creador. Lo que hace, en cierto modo, es exorcizar sus demonios y ponernos cara a cara con los nuestros. Es el arte el que nos acompaña en esta andadura hacia nosotros mismos, no el artista. Las emociones que sentimos ante un cuadro, en el cine, leyendo un poema o escuchando una canción nos pertenecen a nosotros.

            Las conclusiones son vuestras.

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