LLORAR ES DE COBARDES

                                                                                                                                                                     Foto de @ruidoperro         

   

 

  Es la misma música, sí. Pero otra vez estaba allí, así que otra vez tiene que estar aquí. Espero que la repetición signifique algo, de verdad que lo deseo. Y lo peor es que ni siquiera soy fanática. No me sé su vida ni tengo sus discos insertados bajo la piel como tendría alguien para el que Tom Waits fuera importante. Pero estaba allí otra vez. Hacía juego con el haz de luz de una farola que pretendía ser solitaria pero que luchaba por meterse entre la persiana. Yo miraba el techo y hacía lo imposible por no llorar mientras sonaba una lista de reproducción psicodélica hecha ad hoc para una noche de primeras veces que sabía a revancha. La canción se colaría en el aleatorio posterior, a traición, supongo. A estas alturas, ya sé reconocer cuando no van a ser dos o tres lágrimas, así que me concentraba. Como cuando tienes ganas de vomitar. Unas veces funciona y otras, no. Esta vez, sabía a ciencia cierta que ese nudo enraizado en el centro mismo del estómago, tal y como lo hacen los árboles, iba a abrir las compuertas de algo sombrío. Y no estaba en posición de llorar. No, señor. Porque esas cosas se hacen a solas, como tantas otras escatológicas. Y aunque la escatología de las lágrimas tiene más que ver con el final y el principio de las cosas que con la definición excremental, sigue siendo una función corporal de desahogo que debe suceder en la más estricta intimidad. Nadie tiene por qué asistir a ese espectáculo. Estaba conteniendo ese llanto, decía, y entonces, sin más, perdí la batalla. Su voz cascada, pero no tan cascada aún, hizo esa puta cuenta hasta cuatro y trajo el primer espasmo de los hombros. Una frase, y las dos primeras lágrimas rodaron y cayeron al pecho. Lloramos por tres motivos: las lágrimas basales, que son para mantener los ojos hidratados, las que son por reflejo ante agentes externos y, finalmente, las emocionales. Estas últimas contienen más cantidad de proteína y sirven para estabilizar nuestras emociones y para comunicarnos con los demás. En ellas segregamos hormonas calmantes, las venas y arterias se dilatan, se aceleran los latidos del corazón y el ritmo respiratorio se espacia. Esa noche no me hacía falta más de todo aquello, así que ese llanto no cumpliría ninguna función más que la de hacerme enseñar las vergüenzas. La ropa interior se cuelga en la cuerda de adentro, decía mi abuela. Siempre he creído que los abrazos calman lo que sea, así como las palabras, pero en ese momento no podía aceptar ninguna de las dos cosas. La rebeldía es la amiga a la que le gusta ponerte las cosas difíciles porque cree que así te protege. Si lloro de alegría o placer extremo, no me importa, pero este llanto lóbrego lo censura el mismo tipo de bigote ceroso y dedos maculados que mutila una película para no alterar la estabilidad del espectador. Y es injusto para el espectador ver que se cortan partes importantes. Había que romper el bucle. El placer mata los vértigos por los que nos despeñamos, aprendí entonces.

         Llorar no sosiega, me da igual lo que diga la ciencia. No lloramos para comunicarnos, me da igual lo que diga la sociología. Porque mi llanto era antiguo, traído de lejos por un pensamiento del que no se habla porque sería como decir un nombre tres veces delante del espejo; y mi llanto era reciente, tanto que me desconcertaba los labios. Así que la comunicación y el sosiego no tenían cabida. Uno se comunica con palabras, me digo a mí misma una y otra vez. Pero, ¿qué pasa cuando las palabras se atascan en las puntas de los dedos, como ahora? Supongo que, entonces, las que sí decimos suenan más bastardas aún.

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