LOUIE, LOUIE o “Libertad, qué bonito nombre tienes”

            Hablemos de censura. Hablemos de libertad. Hablemos de ficción.

            Pero, sobre todo, hablemos nosotros.

            La historia de esta canción es fascinante. Hay canciones que nacen y alcanzan el estrellato sin haber tenido siquiera tiempo de ser conscientes de sí mismas. Otras, en cambio, pasan por incontables travesías tempestuosas hasta hacerse su hueco en la Historia de la música. Louie Louie es una de éstas últimas. Originalmente, la compuso y grabó Richard Berry en 1957. Creó la primera versión en forma de rhythm and blues en la que contaba la historia de un marinero que regresa a casa. Berry se había inspirado en un bolero llamado El loco cha-cha, del cubano afincado en Miami, René Touzet, que, a su vez, bebía de otro bolero de Rosendo Ruiz Jr. Como una Matrioshka musical. La canción de Berry no tuvo gran repercusión y fue pasando de mano en mano durante unos años y sufriendo diferentes versiones. Entonces, llegó un grupo de Portland llamado The Kingsmen, que ya tenían un disco de relativo éxito. El cantante, Jack Ely, había escuchado una de las versiones en el jukebox de una cafetería y pensó que era justo lo que necesitaban para poner a la gente a bailar en sus actuaciones. Empezaron a tocarla y vieron que la gente se volvía loca. Su mánager, Ken Chase, con buen olfato, decidió que tenían que grabarla. Como iban cortos de pasta, alquiló un estudio de grabación sólo por una hora e hizo las veces de productor. Se le metió en la cabeza que la canción debía sonar a directo, así que colgó los micrófonos del techo, con lo que el cantante tenía que alzar la cabeza y desgañitarse para que se le oyera. Además, en aquella época, Jack llevaba aparatos correctores en los dientes, por lo que se le entendía aún menos. Cometió un error (se puede oír hacia el minuto 2.00) al entrar antes a la estrofa y el batería hizo un redoble para disimular. En fin, que todo era un desastre. Cuando se disponían a hacer una segunda toma, Chase anunció con alegría que se había acabado la hora. A él le pareció que había quedado de lo más auténtico. Y, como estamos hablando de canciones que tuvieron que sufrir para triunfar, por supuesto, ésta no fue un éxito de ventas inmediato. Vendieron unas pocas copias y ahí quedó la cosa. Entonces, un DJ de Boston la pinchó en su programa “Las peores grabaciones de la semana”. A partir de ahí, empezó su carrera meteórica hasta los primeros puestos y, posteriormente, a la transcendencia. La paradoja es que uno de los motivos por los que la gente empezó a hablar de ella y que contribuyó a su éxito, fue que el FBI se interesó por el «contenido obsceno» de la canción. A pesar de que la letra es prácticamente ininteligible, se extendió el rumor de que se podía oír la palabra «fuck» y sus derivados. Todo el mundo hablaba de eso. Se abrió una investigación que duró la friolera de dos años y que se saldó con cero resultados.

            Existen más de cuatro mil versiones de esta canción, está en el puesto número cuatro de Las cuarenta canciones que cambiaron el mundo según la revista Rolling Stone, en el once de las 100 mejores canciones de VH1, está incluida en el Rock & Roll Hall of Fame… Y casi fue víctima de la censura de la época. Si realmente hubiera incluido la palabra fuck en la letra, nos habríamos perdido este éxito que tanto ha influido a músicos posteriores. Así que, yo me pregunto: ¿en qué ayuda la censura? ¿Cuál es su papel en el devenir filosófico de la humanidad? ¿Quién decide lo que debe pasar a la historia? Pero, a medida que escribo, se me mezclan los temas. Se me junta la censura con lo manoseada que tenemos la libertad de expresión y dónde hay que ponerle límites a los contenidos de ficción.

            A priori, parece que si le metes la palabra libertad a cualquier sintagma, ya parece buena. «Libertad de expresión» suena a cosa buena, necesaria quizás. Pero, si partimos de la premisa de que tu libertad termina dónde empieza la del otro, los contornos ya no están tan delimitados; empiezan a difuminarse en ese pantano tan abyecto que es la sensibilidad. Y, si «libertad de expresión» suena a bueno, por el contrario, «herir sensibilidades» suena a malo. En principio, digo. Porque no a todos nos duele lo mismo, ni con la misma intensidad. Cuando mi hermano pequeño viene y me clava los dedos en los costados quiero matarlo. Sin embargo hay gente que tiene esa zona llena de tatuajes. Valga ese ejemplo para los sentimientos. Lo que te hiere a ti, no tiene porqué herirme a mí. Cuestión de sensibilidad. Entonces, bajo esta premisa, los baremos que califican lo que es inaceptable no pueden ser únicos, ¿no?

            ¿O sí? Todos (por todos, me refiero a la gente de bien, ya me entendéis) estamos de acuerdo en que no se puede menospreciar ni vejar a nadie por su raza o etnia. Por eso, llegó un momento en el que la palabra «negro» ya no se podía usar a la ligera. Por cierto, se produce un ciclo muy bonito con ciertas palabras. Comienzan siendo meramente descriptivas (persona con la piel de color oscuro) y se usan con la impunidad propia de la inocencia del momento. Luego, cuando el colectivo al que nombran es oprimido, se vuelven peyorativas. Tornan a insulto cuando el opresor ve peligrar su hegemonía de poder. Quedan relegadas al ostracismo por la gente temerosa de ser confundida con ese opresor. Y, al final, en algún momento, vuelven a ser usadas sin complejos por una parte de la sociedad que evoluciona a un estado de normalidad en el que se puede volver a llamar por su nombre a las cosas, ya que el insulto queda tan lejos de su intención que ni lo contemplan. Por eso, algunos nos permitimos el lujo de decir que Idris Elba es el negro más macizo del panorama actual (lo de mi afición a cosificar lo dejamos para otro artículo). Decía, pues, que hay ciertas cosas que hieren todas las sensibilidades y que, por eso, deben someterse a protección. Pero esto sólo se aplica cuando la parte herida es vulnerable. Porque hay un vasto páramo de insultos que no van dirigidos a oprimir sino, simplemente, a expresar disconformidad. Por ejemplo, podemos consensuar que la Casa Real no es un sector vulnerable ni oprimido, ¿no? Sin embargo, está terminantemente prohibido en este Reino insultar, calumniar o vejar en modo alguno a cualesquiera de sus miembros. No tiene sentido. Los católicos tampoco parecen una comunidad a la que haya que proteger. Por mucho que sea una religión, no son una religión orpimida. Sin embargo, Dani Mateo se vio en la delirante situación de tener que dar explicaciones ante un juez (que tuvo los santos huevos de admitir a trámite la querella) por ofensa al sentimiento religioso por un chiste sobre la cruz del Valle de los caídos. Y aquí enlazamos con el maravilloso mundo de los límites de humor que son, en definitiva, los límites de la ficción.

            Y sobre eso, mi alegato es, más menos, ese: que es ficción. ¿Sobre qué no deberíamos bromear, cantar o escribir? Sobre nada. El ser humano está dotado de algo maravilloso que lo diferencia de los animales y lo hace extraordinario: la imaginación. Es maravillosa porque, al carecer en esencia de márgenes, nos permite expandirnos más allá de nuestros límites físicos, morales y sociales. Lo que pase en un contexto ficticio, ya sea musical, cinematográfico o literario, debe regirse por sus propias normas. Es decir, ninguna. Se viene opinión polémica, agárrense a la barandilla y no saquen los brazos: bajo el paraguas de la ficción, se debe poder hacer una canción sobre la muerte de un político (por ejemplo). Igual que se debe poder filmarla o pintarla en un cuadro. Eso no la va a hacer real. El que la haga real, será un asesino y, para ellos, tenemos unas leyes muy bonitas y disuasorias. Si no las hubiera, no quedaba ni Cristo en el Parlamento después de algunas sesiones. ¿Herirá sensibilidades una obra así? Absolutamente. Igual que yo me sentí herida cuando vi Hotel Ruanda. Que aún me acuerdo y me entran ganas de vomitar sobre la humanidad entera. Porque hay una cosa que me taladra el cerebro y es que, si por tener leyes restrictivas sobre lo que hacer o no en el ámbito de la ficción, los artistas empiezan a autocensurarse, creo que en ese momento empezaremos a morir como sociedad librepensadora.

            Censura, qué bonito nombre tienes. El racismo de Lo que el viento se llevó, la sexualidad de las Lolitas de Balthus, unas cuantas pelis de Disney que, al parecer, nos debieron de pudrir el cerebro a los de mi generación (como se ve claramente a lo largo de este y otros artículos), ahora, la irreverente Dragon Ball. El que ejerce censura quiere ocultarnos algo deliberadamente. Por lo tanto, no es de fiar. Eso, para empezar. En cualquier caso, la censura siempre estará sujeta a la condición moral del tiempo presente. Por eso mismo no es posible la eliminación, el maquillaje o la prohibición de hechos artísticos pasados, presentes o futuros sin caer en la contradicción misma del paso del tiempo: la paradoja irresoluble de que la humanidad sigue evolucionando pero sus huellas permanecen como cicatrices. Pretender que, con la ocultación deliberada de lo que nos es incómodo en un momento dado (ojo, en un momento dado), dejaremos de ser la sociedad que nos repugna es cerrar los ojos a nuestra misma evolución. Como ese niño que se tapa los ojos para que no lo descubran. El niño sigue estando ahí, siempre estará ahí. Tú y yo no somos los mismos que antes. Habrá cosas que hicimos con veinte años que nos avergonzarían ahora. Si hubiera alguna forma de borrar esas cosas de tu memoria, ¿lo harías? ¿Quién te dice, entonces, que no volverías a hacerlas?

            Hoy no hay moraleja final panfletaria. No tengo ni puta idea de lo que hay que hacer con respecto a esto. Pero de un burro no me apeo: la libertad antes y por encima de todo lo demás. Y digo de todo.

2 comentarios en “LOUIE, LOUIE o “Libertad, qué bonito nombre tienes””

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