NO QUIERO QUE SE ACABE

                 —Tengo que irme—dijo mientras seguía buscando las zapatillas por el salón.

                 La observé entre el humo del cigarrillo recoger sus cosas por el piso. Miré por la ventana tratando de averiguar si se podía estar más roto. En circunstancias de extrema crudeza, la vida te deja ver un tráiler de lo que te espera. Cabía todo en esa bolsa de deporte. La gente que puede empacar su vida así, en cinco minutos, me causaba una profunda admiración. Aplasté la colilla en el cenicero y me levanté.

                 —Una vez más—pedí.

                 Ella detuvo su deambular y, por un momento, creí tener una oportunidad. La vi dudar más allá de lo que le estaba pidiendo. Finalmente, sin mirarme, empezó a desabrocharse los vaqueros de nuevo. Los dos íbamos descalzos aún. Me acerqué a ella y apoyé mi frente contra la suya. Dije:

                 —¿Por qué no me dices que no, aunque sólo sea una vez? Sería más fácil.

                 No contestó. Nunca lo hacía. En cambio, se deshizo de sus pantalones y me quitó la camisa, que yo no me había abrochado. Dejé que me recorriera cada rincón del torso porque me daba la sensación de que era un mapa que ella tuviera que grabarse. A lo mejor, esos meses no había sentido la necesidad de grabarse nada porque sabía que siempre estaría ahí para ella. Eso era lo que quería pensar, en cualquier caso. La ayudé a quitarse la camiseta por la cabeza. Ella alzó los brazos, obediente. Luego, el sujetador. La besé el cuello dejando marcas de guerra con la barba que le durarían hasta el día siguiente, con suerte. Aparté las cosas de la mesa, pero no como en las películas; me limité a echar a un lado el cenicero y la taza del café. Ya no cabían más dramatismos en esos cuarenta metros cuadrados. La agarré por la cintura y la subí a la mesa. Me tomé un momento para cogerle la cara y volver a mirarla, hacer que ella me mirara. El último beso sabe amargo. Ya lo sabía Chavela. «Esta noche no voy a rogarte» , cantaba. Bueno, yo no rogaría. Pero deseé que flaqueara. Lo deseé con amargura, que anula el deseo en sí. La agarré por la nuca obligándola a alzar la barbilla y fui bajando por el cuello. Sabía que aún no podía morderlos y chuparlos como me gustaría, así que rodeé los pezones, ya erectos de esa puta sensibilidad, la que tenía en la piel pero no en ese corazón de alquitrán, y seguí bajando por el costado. Ella apretó las rodillas contra mis costillas, anticipando. Me solté y le besé la cadera, el muslo, la rodilla y el tobillo. En ese orden preestablecido. Paradas conocidas, obligadas, señalizadas con balizas de lunares. Siste viator. Volví a subir, haciendo el camino inverso de saliva por el interior. Puse la boca en la entrepierna y, apretándome contra la tela, dejé escapar el aire. Ella soltó el que había en sus pulmones. Me incorporé, con un brazo la elevé en el aire y con el otro le bajé las bragas con brusquedad. La dejé de nuevo en la mesa y ella terminó de deshacerse de la ropa interior. El día que nos encontramos, lo hicimos también sobre la mesa. La del bar que ella tenía que cerrar. Creí ser un tío con suerte esa noche. Bien. Esa suerte venía con ponzoña porque acercarse a ciertas criaturas tiene un precio. La rocé, pero ella notó los vaqueros y se encogió. Volví a centrarme en su boca. Con una mano en la nuca, bajé la otra para tocar su sexo que, ahora sí, al reconocer piel humana y calidez, se entregó. La acaricié y luego la exploré. La busqué como se buscan los secretos a las cuatro de la mañana. Ella tiró de mí, queriendo y sin querer que esa tortura terminara y la llenara de verdad. La hice recostar en la mesa, me arrodillé como un penitente y, sin más, enterré la cara en sus muslos. La besé como la había besado en la boca. Me sentí un hombre torturado. Lamí cada pliegue, impregnándome de un sabor que vendría a mí en las noches venideras. Y busqué. Un espasmo (apenas una vibración en el vientre) me dijo que había encontrado. Reacomodé la postura y ya no me moví más. Ella empezó a retorcerse, huyendo sin huir, abriéndose. Pasó el tiempo preciso; entonces, ella se contrajo, se incorporó a medias, me agarró del pelo y apretó aún más las piernas, mirándome con la incredulidad que acontece en el placer extremo. Cerró en su garganta el grito que quería dar mientras se corría. Yo quería que gritara, que hablara. Que nada de lo que tuviera dentro siguiera enterrado. Quería abrir su cabeza, deshacer ese cubo de Rubik y esparcir los restos por la mesa de la cocina. Los gritos terminarían saliendo, bien lo sabía; pero las palabras no. Alcé la vista sin dejar mi trabajo hasta que ella empezó a empujarme, rechazando más roce. Me incorporé y la dejé encogerse de lado como solía hacer mientras me limpiaba con el dorso. Fui a buscar el condón a la mesilla y volví. Me incliné sobre ella y, sabiéndome perdido, le dije al oído con una voz que no reconocí:

                 —Te odio.

                 La cogí de las muñecas para incorporarla. Ella se me enlazó al cuello y enterró la cara. Luego apoyó su frente en la mía tal y como había hecho yo antes y dijo:

                 —Yo también.

                 Se quedó así, recuperándose. Buscó con los dedos los botones del pantalón. Lo desabrochó y me agarró la erección. Reaccioné inspirando de golpe. Comenzó a acariciarme hasta que la dureza se hizo insoportable. Terminé de quitarme los pantalones, los aparté de una patada y me puse el condón. Me coloqué en la abertura y empecé a acariciarla con la punta. Ella seguía sensible por el orgasmo y gimió. Me rodeó con las piernas y echó la cabeza hacia atrás. Volví a cogerla del cuello y ordené:

                 —Mírame.

                 Obedeció, quizás sabiendo que era el precio que yo quería que pagara. Se iba y quería asegurarme, si no la eternidad, por lo menos el recuerdo. A veces era lo mismo. A lo único que podía aspirar en esa aura de cinismo que la rodeaba y la cubría como la niebla era a ser una puta polaroid de las que ella hacía con la cámara de su madre muerta. Lógico, porque coleccionaba fotos de momentos muertos. Ese era el nombre de su álbum. Cuando me lo enseñó, me vino a la memoria la frase de alguna novelucha cuyo título no recordaba: «Todas, fotografías tomadas por razones perdidas y encerradas allí, en el álbum de un niño muerto»*. Empezó a llegar el sonido de una ambulancia a lo lejos. Los dos sabíamos que se iría acercando y acercando hasta ensordecer cualquier otra cosa porque la casa estaba junto al hospital regional. La primera vez que la oímos, ella se levantó de la cama y empezó a correr en bragas por la habitación con las manos en los oídos gritando: «¡No me lleven! ¡Aun no! ¡Sólo soy mentalmente divergente!». Es un privilegio saber exactamente el momento en el que te enamoras de alguien.

                 Sin dejar de mirarla a los ojos, la penetré despacio. Me abrí paso notando la contracción de los músculos entorno a mí. Salí a medias y volví a entrar de un empujón. Ella gimió, abriéndose y, entonces, pude penetrarla del todo. Llegué hasta el fondo, retrocedí, embestí de nuevo. Noté sus uñas. Aun tenía la mano en el cuello porque no quería que dejara de mirarme. Me sentía enfermo y me daba igual. Continué haciendo movimientos lentos y fuertes. El tiempo se volvió líquido, todo se suspendió a nuestro alrededor. El estruendo de la sirena ya llenaba todo el espacio. Las palabras no pronunciadas caían en círculos helicoidales. Los juramentos que ella no quería oír me picaban en el paladar. Toda la verdad estaba ahora mismo a nuestro alrededor, entre nosotros. El único momento en el que ella no ocultaba nada era cuando se entregaba de ese modo. El terror era lo que la estaba obligando a huir. No le faltaba práctica, pero me creía distinto, como el pésimo héroe anacrónico que siempre quise ser. No se puede decir que no lo sabía. Un día supe, cómo se saben las cosas horribles de la vida, que ella se revolvería para no ser de nadie, nunca. No lo entendía. La odiaba por eso. La amaba por eso. La follaba por eso. Seguí golpeando con la sirena ensordeciéndonos hasta que, de pronto, el orgasmo la sorprendió, haciendo que soltara un alarido, deshaciéndola. Como en una coreografía perfectamente sincronizada, el grito murió en su garganta al mismo tiempo que la sirena enmudecía. Había llegado a urgencias y el problema ya era de otro. La dejé caer hacia atrás despacio y, sin dejar de moverme suavemente dentro, la recosté. Le acaricié el vientre, el pecho y, ahora sí, saboreé y chupé creando para ella corrientes de placer que conectaron todas sus terminaciones nerviosas, afinándolas como las cuerdas de un violín. Bruscamente, salí y la agarré por las caderas. Le di la vuelta y me pegué a su espalda. La cogí por la barbilla con rudeza e hice que girara la cabeza para besarla. Nuestras lenguas jugaban la última partida con cartas amañadas, pero eso no quitaba ni un ápice de verdad. Más bien, al contrario. La empujé contra la mesa y la penetré de golpe, ya sin necesidad de contemplaciones. Empezaba el castigo, empezaba el desahogo. Me agarré a sus caderas y dejé que toda la ira fluyera de un cuerpo a otro. Creí notar que volvía a correrse, pero eso ya no importaba. Futuro muerto. Presente agónico. Pasado en descomposición. Todo cuanto creía saber del amor nacía y moría en ese minuto. La embestí con fuerza sabiendo que era mi última oportunidad de pertenecerla. Noté que me sobrevenía el orgasmo y, cuando supe que no había vuelta atrás, la agarré por un hombro y me dejé ir en tres golpes violentos. De inmediato, sentí ganas de llorar. Me incliné y respiramos juntos. Metí una mano bajo ella y la agarré un pecho. Ella aferró esa mano. Al cabo de un rato, salí, me quité el condón y lo eché a un lado. Hice que se diera la vuelta, la cogí en vilo y ella me rodeó con las piernas. La llevé hasta el sofá y la senté sobre mí a horcajadas.

                 Nos quedamos así un buen rato hasta que dejamos de llorar.

*It. Stephen King.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Responsable>>> .
Finalidad>>> Gestionar el comentario que dejes aquí después de leer el post.
Legitimación>>> Consentimiento del usuario.
Destinatario>> Los datos que me vas a facilitar a través de este formulario de contacto, van a ser almacenados en los servidores de enelapartamento.com, mi proveedor de email y hosting, que también cumple con la ley RGPD. Ver política de privacidad de enelapartamento> https://www.enelapartamento.com/privacidad.htm
Derechos>>> Podrás acceder, rectificar, limitar y suprimir tus datos personales escribiéndome a dianabenayas@enelapartamento.com.

error

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!