Que esté dormida

         (que esté dormida)

         Cerré la puerta con cuidado. Bien sabía que no lo estaría, pero abrigaba la esperanza. El reloj de la entrada daba las tres y cuarto. La madrugada y su determinación. La hora dormida, la llamaba ella. Para mí era como si las cosas sólo pudieran ser reales a esas horas —teñidas de azul— y el resto del día fuera un espejismo con demasiada claridad. Me había duchado y el olor a jabón era peor que cualquier otro. Si ella estaba dormida,

         (Dios, que esté dormida)

         me acostaría en el sofá y por la mañana, nada de todo esto sería real. Podría hacer café y convencerme a mí mismo de que no era bueno hablar de ello. Que, en realidad, la estaba protegiendo. La cena con la gente del trabajo se había alargado, cosa rara, y ya está. A oscuras, fui hasta el dormitorio. Ella estaba sentada en una silla frente al balcón, abierto de par en par. La luz de la farola proyectaba en el suelo su sombra, que estaba lejos de ser ominosa. Estaba allí porque, de madrugada, todas las cosas son

         (azules)

         reales. Fumaba en bragas y camiseta, con las piernas recogidas al pecho. Mi intención había sido entrar en la habitación, pero me quedé en el umbral. Un paso más supondría hablar con normalidad, lo que estaba muy lejos de poder hacer. Ella giró un poco la barbilla y mostró el perfil al estirar el brazo para echar la ceniza en la maceta del helecho. Era una manía que ella también adquirió cuando empezamos a vivir juntos. La ceniza del tabaco no es mala, toda la mierda nos la quedamos en los pulmones, le dije la primera vez que me recriminó por hacerlo.

         —Míralo —dijo.

         Observé el helecho. Hacía menos de seis meses estaba en las últimas y ahora las hojas desbordaban la maceta. Ella lo había traído desde su antiguo apartamento en un estado lamentable. Me gustó recuperarlo. La recordé justo donde estaba, agachada viendo los nuevos brotes, asombrada.

         —Hay que trasplantarlo —dije—. Mañana me pongo.

         —Lo hiciste.

         Era una afirmación. No estaba seguro porque

         (no lo sabe)

         era aficionada a mantener dos conversaciones a la vez, una banal y otra importante. Normalmente la seguía sin dificultad, pero hoy debía caminar por un campo de minas, así que pregunté:

         —¿El qué?

         —Dijiste que lo salvarías y lo hiciste.

         —No sé. Creía que se podía hacer algo.

         —Yo me encargo, dijiste.

         Me quedé callado. Ella continuó allí sentada, mirando hacia la calle. El umbral de la puerta parecía ser el único sitio al que yo podía aspirar de momento, hasta recibir una invitación o una venia. La distancia de tres metros que nos separaba parecía intransitable, llena de clavos.

         —¿Ahora ya estás seguro? —añadió al cabo de un rato.

         —Seguro, ¿de qué?

         Una calada.

         —Si ya estás seguro de que no es lo que querías.

         Ahí estaba la mina. Ella sabía lo que había hecho y con quien lo había hecho. Mentir no era una opción. Quería una alternativa y

         (dormida)

         decir la verdad sin más se me antojaba una empresa imposible. Habíamos hablado de ella al principio, las primeras semanas. Yo, como quien menta a los muertos que se resisten a descansar en paz. Ella, con curiosidad malsana. Demoraba, simplemente, el momento de decir algo definitivo.

         —Nunca dije que fuera lo que quería.

         —Y, aun así, tenías que hacerlo. ¿Por qué?

         —¿Cambiaría algo saberlo?

         Agachó la mirada de nuevo hacia el helecho.

         —¿Cómo lo hiciste?

         —No sé cómo hago la mitad de las cosas.

         —Estaba medio muerto.

         —No lo sé. Supongo que pensé que tenía arreglo. Si funcionaba, habría merecido la pena. Y si no, estaría muerto igualmente.

         —Yo me encargo, dijiste.

         Guardé silencio de nuevo. Ella daba caladas lentas y miraba por el balcón. Al fin, dijo:

         —Sí, creo que cambiaría algo. No querías hacerlo y ni siquiera eres capaz de dar una razón. No te pido que seas sincero, tan sólo algo coherente.

         —¿Desde cuándo me ha caracterizado la coherencia?

         Ella soltó una risa por la nariz.

         —Lo vas a hacer hasta el final, ¿verdad?

         —¿El qué?

         —Tomarme por tonta.

         No sonaba enfadada. Sólo curiosa. Pero como aún no veía nada más que su perfil, no estaba seguro.

         —Jamás te he tomado por tonta.

         —Lo haces cada vez que intentas usar el lenguaje para retrasar una respuesta.

         Quería reír y me salió un suspiro. Todo mi ser me pedía usar las viejas armas. En el fondo —muy en el fondo, casi enterrado en un sitio que ya no visitaba nunca—, me sentía más listo que ella. Más listo que nadie. Años de terapia habían ayudado a templar la ira, pero no a rebajar un alto concepto de mí mismo. El ego; el más odioso de los sentimientos. Había conseguido aplacarlo usando y perfeccionando la falsa modestia hasta convertirla en auténtica. Creía haber tenido bastante éxito hasta que llegó ella; cuestionándolo todo, rebatiendo, preguntando, obtusa; por momentos, soberbia. Puede que yo pensara en mi fuero interno que la aventajaba en intelecto, pero ella me aventajaba en una cosa: veía lo que los demás no veían. Veía bondad, veía belleza, sí; pero, a veces, también veía la verdad. No siempre, y eso yo lo utilizaba a menudo para rebatirla. Si ella creía algo, por muy equivocada que estuviera, seguía incidiendo en lo mismo. Muchas veces, sin escuchar más. Pero cuando sí veía,

         (lo sabe)

         era escalofriante. Ahora mismo, estaba seguro, veía. Quizás, mucho más de lo que había pasado esa noche. Algo a lo que jamás llegaría por mí mismo. De pronto, una fatiga inmensa me inundó y supe que no quería luchar. Me desmoroné, pero traté de no exteriorizarlo. La tensión que tenía momentos antes se deshizo y todos los órganos y los músculos y las manos, quedaron laxos. Apoyé el hombro en el marco de la puerta, a riesgo de caer al suelo si no.

         —Lo siento —dije, como respuesta a todas sus preguntas, pasadas y futuras.

         Ella volvió a girar un poco la cabeza.

         —¿Por qué lo sientes, exactamente?

         ¿Había algo de furia residual en su tono? Quizás. Podían ser imaginaciones mías. Prevalecía la curiosidad distraída, en cualquier caso. Yo no quería decir en voz alta por qué lo sentía. Eso habría sido escabroso. Cruel. Y no podía ser cruel con ella porque la amaba.

         —No quiero discutir —dije, en cambio.

         —No estamos discutiendo.

         —Te quiero.

         Se abrazó un poco más las piernas.

         —Lo sé.

         —Y, ¿no es eso suficiente?

         Silencio. Otro poco de ceniza en el helecho. Pasó tanto rato que quise repetir la pregunta. El cansancio que se había apoderado de mí se estaba transformando en malestar.

         —No —dijo, al fin—. Creo que ya no.

         Me enderecé un poco. Las pocas veces que le había dicho te quiero —ya fuera follando, muerto de risa o gritando—, ella me había abrazado. Haberlo dicho y que ella siguiera a tan absurda distancia me hacía sentir desorientado. La debilidad muscular me estaba irritando, además. Sabía que la pregunta era injusta y aún así la hice.

         —¿Por qué no?

         Ella apagó entonces el cigarro, se levantó y se giró hacia mí. Su sombra casi me alcanzaba. Podía verle los pezones a través de la camiseta y sentí una excitación muy distinta a la que había sentido horas antes. Este sentimiento era pleno, fresco e irrebatible. Me hacía sentir redimido, como toda ella. El de antes, en su

         (tengo un libro para ti)

         casa, era parecido a la sensación barrosa y ajada de llevar veinticuatro horas drogándote. Nada más tocarla, supe que no quería más de eso. Y, aún así, lo hice. Porque los errores están para regodearte en ellos y, quizás, hasta que no caes al fondo, la subida es en falso.

         —Porque no me quieres lo suficiente para cuidar de mí —dijo.

         —¿Cuidar?

         Ladeó la cabeza.

         —Sí, cuidar. ¿Te resulta extraño?

         —¡No tengo que cuidar de ti! ¡Ni de ti, ni de nadie! Joder, no es mi responsabilidad.

         Ella abrió mucho los ojos ante el exabrupto y luego asistí a una transformación espectacular. Tras la sorpresa inicial, casi de inmediato, una compresión antigua —vieja, diríamos— se abrió paso en su semblante. Esa compresión fue lo que me rompió. Pude ver, entonces, lo preparada que había estado siempre para ese momento. Yo no lo estaba. Ni siquiera sabía lo que iba a hacer esa noche hasta que lo hice. Sólo quería zanjar, de una vez por todas, una obsesión de ambos. Una cabeza en la que nunca pude entrar.

        ¿Por qué habíamos follado? ¿Para intentar cerrar un capítulo que siempre había sido inevitable? ¿Para destrozar cualquier posibilidad de que la mujer que tenía delante me quisiera? ¿Para destruir la sensación de pertenencia? Había sido un estúpido por creer en algún momento que sí sabría cuidar de ella. Puede que usara el lenguaje para manipular, puede que la ira se adueñara de mí a veces pero creía ser, a pesar de todo, un buen tipo. Lo pensaba porque todas las cosas de las que me arrepentía en la vida habían sido fruto del momento, del carácter, de los impulsos que me esforzaba por dominar. Pero esa mirada me dijo que, si ella se había preparado para ese momento —quizás sin saberlo—, yo también. Esa mirada llena de comprensión y compasión me dijo que no; no era un buen tipo.

      Supe —tal y como se saben las cosas horribles de la vida— que, esta vez, había roto algo que jamás podría reparar.

         Ella cubrió la distancia que nos separaba sin poder cubrirla en absoluto, nunca más. Apoyó su frente en la mía y yo le cogí la mano.

         —Lo siento —repetí.

         Y los dos comprendimos que era cierto por primera vez.

         —Salvaste el helecho.

         —Lo siento.

         Diez, quince veces. Lo dije tanto como para que empezara a significar algo.

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